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Crítica: 'L'elisir d'amore' de Donizetti en el Teatro Campoamor de Oviedo bajo la dirección de Óliver Díaz

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16 de noviembre de 2017

EL QUE BISA NO ES TRAIDOR

   Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Oviedo. 12-XI-2017. Teatro Campoamor. L´elisir d´amore, Donizetti. Beatriz Díaz, José Bros, Edward Parks, Alessandro Corbelli, Marta Ubieta. Dirección de escena: Joan Anton Rechi. Dirección musical: Óliver Díaz. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Coro de la Ópera de Oviedo.

  Hay momentos que marcan toda una ópera. En el Campoamor ya se ha dado algún ejemplo, como  aquella preciosa versión de "Scherza infida" cantada  en 2009 por Alice Coote en la Ariodante de Haendel, no por poseer una voz especialmente bella sino dramáticamente veraz. Algo parecido ha vuelto a suceder en el tercer título planteado esta temporada por la Ópera de Oviedo: El elixir de amor de Donizetti, obra maestra que no gusta a algunos expertos, no entendemos por qué. El pasado 12 de noviembre José Bros cantó tan bien la “Furtiva lágrima”, rodeado de un atractivo contexto visual y con una acompañamiento orquestal tan cálido que entre el público se creó una atmósfera especial, mezcla de precaución, expectación y silencio. Fue lo más llamativo de la noche y tenía que haberse bisado. No vamos a estar esperando toda la vida por el heredero de Kraus para que sea justo conceder un bis, ¿verdad?

   Fue meritorio el trabajo de Joan Anton Rechi. Alrededor de 3.000 copas de plástico que parecían de reluciente cristal engalanaron la ópera de principio a fin, de diferentes formas, coloreadas siempre con buen gusto por la luz de Alfonso Malanda. Fue interesante la idea, que pegaba además con la dramaturgia. Menudo trabajo colgar tantas copas... Aunque no todo funcionase igual de bien, los artistas realizaron un trabajo soberbio actuando, bailando, cantando. Qué gran labor por cierto la del Coro de la Ópera, en una actuación difícil que obligó a sus componentes a cantar realizando exigentes movimientos escénicos, y qué privilegio para el conjunto contar con dos componentes como Estefanía Álvarez y Ana Belén León, soberbias en sus respectivos papeles.  Fue muy llamativo el carisma escénico de Ana Belén León, que cuidó en todo momento hasta el más mínimo detalle actoral. 

   El trabajo de Beatriz Díaz nos pareció admirable. Estamos ante una soprano de gran talento que, a pesar de su juventud, ya cuenta con una interesante trayectoria  -no olvidemos que ganó el concurso de canto Francisco Viñas de manera aplastante y fue seleccionada por Riccardo Muti, entre otras muchas cosas-. Díaz posee una gran personalidad cantando, así como ciertas delicias interpretativas marca de la casa en las que uno puede verla reflejada como artista, como su forma de afrontar ciertos agudos, de manera precisa y cuidada, para acto seguido incrementar su sonido y volumen con un bonito regulador. La voz es bella, de lírica pura, blanca, suave, carnosa, agradable. Son obvios su desparpajo e inteligencia, en escena y cantando. Su Adina fue de quilates. Díaz se relamió en el personaje como si quisiera mostrar todo su repertorio de posibilidades vocales. Fue una hermosa lección de canto, y en su propia casa. Así que la soprano asturiana triunfó en el Campoamor con un gran papel protagonista -antes fue Oscar de aquel Ballo in maschera o la Norina de Pasquale-. ¿Por qué se ha tardado tanto tiempo en apoyar su carrera?.

   José Bros fue un gran Nemorino. Cantando dio otra lección, haciendo fácil lo difícil con tal seguridad y temple que resultaba fascinante observarlo. Es sorprendente su seguridad para cantar perfectamente acoplado con la orquesta. Algún mérito hay que adjudicarle a Óliver Díaz, por supuesto,  joven maestro que sabe muy bien como acompañar. Díaz es ovetense de nacimiento, aunque Gijón ocupe un espacio importante en su corazón tras haber trabajado allí tantos años al frente de la Sinfónica de Gijón. Resultó raro verle debutar en el teatro de su ciudad sólo después de haber hecho historia convirtiéndose en el director musical del Teatro de la Zarzuela. Nos parece que el paso debería haber sido al revés, pero la dirección artística de la Ópera de Oviedo es tan peculiar... Ojalá otras entidades asturianas sepan ver la oportunidad que supone este músico para la región, como también lo es el Principado para él.

   Óliver Díaz se encontró a una Sinfónica del Principado de Asturias que no está pasando por su mejor momento. Desgraciadamente la OSPA ha visto desaparecer a dos de sus más importantes músicos en muy poco tiempo, una situación muy triste, difícil de sobrellevar para cualquier orquesta. Tampoco se puede decir que su actual titular, Rossen Milanov, esté marcando una época en la institución, sino más bien todo lo contrario. El sonido sin embargo no estuvo mal. La versión nos pareció cálida, saludable, reconfortante, gracias en parte a la energía aportada por el director, siempre apasionada y emotiva.

   Encarnó al Doctor Dulcamara un Alessandro Corbelli consistente, aunque también algo plano desde el punto de vista cómico, pues el personaje se presta a una mayor riqueza expresiva, incluso a la exageración de algunos aspectos. Joan Anton Rechi convirtió al doctor en un barman  y dio más protagonismo del habitual al personaje de Gianneta, una Marta Ubieta muy acertada en el papel. Perdonamos los cambios por el gran trabajo escénico general, pero Dulcamara es un doctor y la historia, bien escrita por Felice Romani, parece que pierde un poco de gracia con estas novedades. Se echó en falta una mayor carisma escénico y entidad lírica en el Belcore de Edward Parks. Para cantar “Come paride vezzoso” tan lento se necesita una mayor enjundia vocal.

Foto: Ópera de Oviedo

Autor:Aurelio M. Seco
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