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[C]rítica: Recital del pianista Leo de María en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

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13 de diciembre de 2018

Contundente pianismo

Por José Amador Morales
Sevilla. Teatro de la Maestranza (Sala Manuel García). 3 de Diciembre de 2018. Robert Schumann: Humoreske op.20; Franz Liszt: Vals de Fausto. Enrique Granados: El amor y la muerte, de Goyescas. Maurice Ravel: La valse. Leo de María, piano.

   El tradicional ciclo del Teatro de la Maestranza dedicado a jóvenes intérpretes ha comenzado esta temporada con la presencia de Leo de María y concluirá próximamente con sendas citas del también pianista Álvaro Campos (con un interesante «todo Debussy») así como del Cuarteto SQ4. Conocido también como Leonel Morales Herrero, Leo de María es hijo del pianista cubano Leonel Morales, también presente en la Sala Manuel García acompañado por Pedro Halffter, quien evidentemente ha guiado sus primeros pasos como concertista si bien en la actualidad sigue las indicaciones de Pavel Gililov.

   En esta ocasión, aunque el programa era extremadamente exigente, casi osado, e intenso como pocos, el pequeño recinto del teatro sevillano presentaba una entrada bastante mediocre. Una lástima pues el recital deparó sin duda una grata sorpresa habida cuenta de la valentía y audacia de la actuación del pianista madrileño.

   Tras dirigirse al público para informar de la modificación del programa y reajustarlo con un orden cronológico, una contundente –por sonoridad– y nada liviana Humoreske de Schumann, fue la obra con la que Leo de María asumió el reto de iniciar el recital y que ya le valió, entre otras, el primer premio en la última edición del concurso de piano de El Ferrol. Si le quedó un tanto bisoña en la expresión del convulso y romántico mundo interior schumanniano («he pasado toda la semana en el piano, componiendo, escribiendo, riendo y llorando, todo a la vez.: encontrarás todo ello cuidadosamente escrito en mi opus 20», llegó a escribirle a Clara) y algo académica en lo formal, fue más por contraste por lo que demostró posteriormente. Fue el caso del cierre de la primera parte, con el conveniente desmelene virtuoso en el Vals de Fausto de Fanz Liszt, su genial paráfrasis dela escena del primer acto de la óperaFausto de Gounod así como con sus extremos registros y dinámicas, en el que Leo de María lució su importante técnica no exenta de musicalidad.

   La vuelta del descanso deparó, sin embargo, lo mejor de la velada. «Por fin encontré mi personalidad: me enamoré de la psicología de Goya y su paleta» llegó a señalar Enrique Granados a propósito de sus Goyescas, obra pianística cuyo éxito le llevó a convertirla en una ópera que sería estrenada en el mismísimo Metropolitan de Nueva York y a cuya vuelta moriría ahogado tratando de salvar a su querida Amparo. Precisamente paleta –en este caso pianística- y un sutil sentido del color no le faltó a De María en El amor y la muertedel compositor catalán, dotando a la pieza de un atinado sabor castizo dentro de una cuidada sobriedad emotiva. Perolo realmente extraordinario vino con unLa valse de alto voltaje expresivo en base a sus acertados claroscuros y diáfanas texturas.  Con esta partitura de Ravel el pianista de veintitrés años remató un recital al que añadió dos propinas (entre las que destacó la célebre Malagueña de Lecuona, aquí inevitablemente idiomática) dada la respuesta de un público entusiasmo.

Foto: Teatro de la Maestranza

Autor:José Amador Morales
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