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Opinión: «Leonid Egorov». Por Aurelio M. Seco

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Autor: Aurelio M. Seco
2 de agosto de 2026

Aurelio Martínez Seco escribe sobre el original pianista ruso Leonid Egorov

Leonid Egorov

Leonid Egorov

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Hay que distinguir entre los artistas irreverentes, a los artificiosos que van de revolucionarios pero que no lo son y a los originales por esencia. Es difícil, a veces imposible, encontrar las diferencias entre la impostura y una visión poética natural. Pero, al fin y al cabo, ¿qué es natural? Tenemos, por un lado, a los artistas más o menos respetuosos con las partituras y, por otro, los que se apoyan en ellas con intención de ofrecer cierta novedad o simplemente ofrecerse. Hay peligros en ambas posiciones: lo rutinario o lo excéntrico. Lo fundamental, como observadores, es acertar con la visión poética, no malinterpretarla ni desvirtuarla, corriendo el riesgo de faltar al respeto a algo valioso, o al contrario, de potenciar el pianismo vacuo, o sea, la impostura y la vulgaridad tomándola como canon virtuoso, algo que también encontramos, a veces encumbrado, en nuestras salas de conciertos.

   Hoy hablamos de Leonid Egorov, pianista poco conocido en las grandes salas, por ser un criterio interesante a la hora de calibrar el mundo del piano del siglo XXI, un mundo en el que se repiten casi siempre los mismos nombres fetichizados, artistas en muchas ocasiones interesantes, en otras no. Lo que nos preguntamos ahora es el porqué de la dificultad del sistema de conciertos de dar su lugar a ciertos pianistas especiales, artistas cuyas redes sociales no están llevadas por el profesional o agente de turno con las características de «seriedad» y equilibro al uso para los malos tiempos que corren, artistas que, cuando hablan o escriben, casi era mejor que no hablasen ni escribieran y que se limitasen a tocar, pero no porque no posea valor su semántica, sino porque ésta se malinterpreta desde la más vulgares y extendidas categorias.

   Cuando observamos la trayectoria de Egorov, entendemos cuando toca de dónde puede venir su perspectiva poética. El pianista ruso aprendió con  Valentina PavlovaAnna Pavlovna Kantor, famosa profesora de Evgeny Kissin cuyas lecciones Egorov entendió en un sentido diferente, yendo en la dirección de Horowitz y Cortot. Hay, en el mundo del piano, como dos corrientes poéticas, la una más exitosa que la otra. Exitosa en un sentido sociológico-administrativo cuantitativo, porque no podemos decir que Horowitz haya tenido menos éxito que, por ejemplo, Michelangeli. Más bien al contrario. Pero ambos podrían tomarse como artistas geniales representativos de dos perspectivas poéticas distintas. La primera da la impresión de proponerse como elemento actualista de la partitura, la segunda, como una especie de mediun entre el plano y el artista. Es una distinción equivocada, porque ambas perspectivas son mediatas, pero desde la perspectiva de los segundos, el arte de de Alfred Cortot, Vladimir Horowitz, Kemal Gekic y Leonid Egorov, parece de una originalidad excéntrica, incluso de falta de reverencia hacia «el mensaje del compositor», anhelo vacuo de la mayoría de los artistas del presente, secundario en cualquier caso, independientemente de que en las partituras se pueda llegar a reconocer cierta adherencia al mensaje divino.

   Lo que nos preguntamos cuando observamos a Leonid Egorov tocar el Estudio número 1 en do mayor de Chopin es, ¿qué hay tras su decisión de romper cierta tradición interpretativa y buscar algo diferente? Es una batalla que nace perdida en la que Egorov parece decirnos: «Olvidaos de lo que esperáis oír y podría hacer y escuchad esto». ¿Es una búsqueda de originalidad, un intento de encontrar un lugar propio en el mundo o una llamada de la naturaleza? ¿Y sería más valiosa una perspectiva que otra? Si la búsqueda original y excéntrica de Egorov viniese de la pureza de espíritu tendría más valor o deberíamos entenderla como una irreverencia desajustada? Hay en numerosos grandes artistas cierta perspectiva sociológica asumida, desde la resignación o la sensación de pertenencia a una clase especial más elevada pero caída. Ya hemos dicho que distinguir es difícil pero necesario e importante y, en cualquier caso, lo que manda es el oído y las ideas musicales expresadas. Hay originalidades impostadas y vacuas que llaman demasiado la atención sobre sí mismas, de una vanidad insoportable, y excentricidades meliorativas tiernas, esenciales y auténticas, que nos regalan nuevas conexiones, detalles preciosos escondidos, y que nuestros principales ciclos musicales deberían poder atender, como cuando oímos la Balada en fa menor de Chopin interpretada por Leonid Egorov.

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