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Crítica: Leonidas Kavakos y la Sinfónica de Viena en el ciclo de La Filarmónica

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Autor: Francisco Zea Vaquero

El enigma de la orquesta salvadora

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 17/VI/2019. Auditorio Nacional de Música (sala sinfónica). Felix Mendelssohn: Concierto para violín y orquesta en mi  menor Op. 64. Brahms: Sinfonía nº 1  en do menor Op. 68. Orq. Sinfónica de Viena. Leonidas Kavakos (violín solista y director).

   La Filarmónica en su ciclo musical consagrado al Auditorio nacional de Música en Madrid, casi en su totalidad, nos proponía un concierto interesante para broche final de temporada: un siempre atrayente programa romántico para el gran público, y la visita de una gran centuria sinfónica para los buenos aficionados a la vida musical de la ciudad. La querida Orquesta Sinfónica de Viena, de la que alguno guardamos juveniles recuerdos dirigida por el legendario Georges Prêtre, hace ya casi una treintena de años. La sala estuvo llena, y para mayor alegría de algunos filarmónicos se contó con la presencia de la Reina Emérita, aficionada reconocida y fiel a la filarmonía madrileña.


   El concierto partía con un gran punto fuerte y un peligroso hándicap. El primero; suscitar la emoción de un programa romántico, irresistible para ese público que sigue siendo constante en lo ya conocido, y que sin embargo no se cansa. Muchos otros no podemos decir lo mismo: somos los que reivindicamos el maravilloso repertorio que sigue intacto, o no divulgado, frente al sempiterno, e imponente romanticismo alemán del XIX. En contra; la obra más tocada en la sala sinfónica de nuestro auditorio (la legendaria 1ª Sinfonía brahmsiana), y justo al final de la temporada, cuando la mayoría está ya un poco cansada de oír lo mismo una y otra vez, y los grandes directores ya lo han dicho todo por este año.

   Pero dejando divagaciones de aficionado, vayamos a lo importante. ¿Qué sucede cuando un brillante y titánico solista inicia la compleja carrera de la dirección de orquesta, pero quiere continuar tocando su instrumento? Está claro que en ocasiones, va cimentando sus capacidades musicales y aportando cómo rector el profundo conocimiento de su propio repertorio a las orquestas que dirige. Sin embargo, en otros casos, simplemente naufraga. Su maestría de solista se ve desvaída y relegada por la búsqueda de esa arcadia que no acaba de llegar, braceando entre partituras orquestales, donde ya no basta con la intuición, el talento, o el compás, como dicen los flamencos. En estos últimos casos, las giras atropelladas, a veces casi bolos, los programas socorridos, amados del gran público, y la falta de tiempo para prepararse, son los peores compañeros de viaje. Pues bien, respondiendo a la pregunta, lo que en este caso ha sucedido, es que la orquesta, una buena y grande formación, muy experimentada, acaba por dar la sensación de que el resultado podría ser el mismo sino hubiese nadie sobre la tarima. En ocasiones arropa y protege con su gran sonido al director, pero en otras va un poco por su cuenta. Como diría un aficionado castizo: «esta orquesta toca sola».

   Leonidas Kavakos, que hace años luchó con los titanes del violín en la edad de Oro, y el mismo tocó el fuego eterno, está ahora lejos de las Diosas del Olimpo de este instrumento. Su sonido, aunque sigue siendo grande, ya desesmaltado y con menos timbre, no es el adecuado para las obras más finas y brillantes como la magistral que nos legó Felix Mendelssohn. Nuestro protagonista y director nos propone un concierto con cierto motor, eminentemente lírico e intimista, aunque una extraña agógica discursiva de micropausas imposibles, y cierta laxitud inexplicable desmayan el discurso. Esto se volvió especialmente agudo en el 1er mvto. resintiéndose el legato, rompiéndose la respiración fundamental de la obra, y en definitiva perdiendo la fuerza esencial del marcatto y presto final. Algo se recupero el sentido mendelsoniano en el Andante, y al fin, al llegar al Molto vivace, aunque ayuno de adornos clásicos, pareció cobrar la potencia y vivacidad que se esperaba, pero era un poco tarde para levantar faena tan indecisa. La orquesta cumple y hace que todo parezca normal, jalonado por cierto éxito que el público ya ofrece voluntarioso. Tras el concierto nos fue concedido un andante de Sonata Bachiana, que pasó sin pena ni gloria; aquí es donde se observa que Kavakos ya no está centrado en su carrera de solista.


   Cuando hablamos de él, puramente como director, es conveniente concederle un poco más tiempo pues todavía muestra evidente bisoñez. Su gesto es aun inexperto e impreciso, en ocasiones un poco infantil. Por otro lado, la tremenda Sinfonía en do menor, no es precisamente un banco de pruebas, ni un lecho de rosas, con su sublime materia sonora, que exige privilegiado fraseo, o su métrica, tan variada, que propone uso decidido y convincente del rubato (si se quiere tirar por lo Romántico, caso de nuestro protagonista).

   El enfoque del director es sencillo y efectivo; tempo amplio y sostenido, pero con bárbaras aceleraciones y entusiasmo general en el vibrato y marcatto pedido a la orquesta. No obstante, en las culminaciones (los sforzandi del climax del 1er mvto., o la coda del Andante sostenutto, y por supuesto, la enunciación de los grandes temas del enorme 4º) faltó rotundidad, concisión y convicciones. La orquesta, una vez más, dio la medida para sacarle de los atolladeros en que se metía: agilidades de la cuerda, metal seguro, y un color en estilo (destacó el enorme volumen y gran fraseo del concertino en la citada coda); pero esta tampoco era su guerra. Se limitaron a arroparle, y, como dije anteriormente, no se dejaron dirigir demasiado, lo que podría haber sido comprometido para todos.

   Pues con todo lo dicho y con eso, Brahms, la Sinfónica de Viena, y el público del auditorio Nacional salvan el concierto convirtiéndolo en un éxito potable; tras 3 salidas Kavakos no dudó y «provocó» al enfervorecido respetable de La Filarmónica, «citándolo» con la Danza húngara nº 5 en fa sostenido mayor. Aquí sí, el director se empachó de rubato y contrastes bestiales, la orquesta le dejó gamberrear sobre esta partitura con un poco de esquizofrenia.

   Algunos no recordamos ya este tipo de bis concedido en estado consciente, y en estilo brahmsiano. Pero sí recordábamos a esta orquesta vienesa sin bajarse del pedestal, ni quitarse la púrpura, que hoy, en virtud de un diletante Kavakos, se ha vestido con batín y ropa de andar por casa. Preferible recordarles en otras tardes gloriosas.

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