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Crítica: La compañía Loftopera presenta en Brooklyn el 'Otello' de Rossini

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31 de marzo de 2017

CECILIA LÓPEZ, UNA SOPRANO A TENER EN CUENTA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Light Space Studios20/3/2017. Otello (Gioachino Rossini / Francesco Berio di Salsa). Bernard Holcomb (Otello), Cecilia López (Desdémona), ThorsteinnArbjornsson (Rodrigo), Blake Friedman (Iago), Toby Newman (Emilia), IsaiahMusik-Ayala (Elmiro). Dirección Musical: Sean Kelly. Dirección de escena: John de los Santos.

   En la temporada pasada, a raíz de su producción de El Conde Ory de Rossini, presentamos a Loftopera, una compañía que comenzó su andadura hace unos años en el distrito de Brooklyn, y ahí se mantienen haciendo tres o cuatros producciones anuales. No trabajan en escenarios teatrales convencionales sino en locales industriales de compañías de todo tipo donde pueden disponer de un espacio de 200 – 250 m2 en el cual colocan el pequeño escenario, la orquesta y las sillas de plástico o los bancos corridos de madera donde nos sentamos los espectadores. En esta ocasión, la función fue en los Light Space Studios, un recinto situado a mitad de camino entre Williamsburg y Bushwick, dos de los barrios culturalmente más pujantes de la ciudad.

   En sus funciones no vas a oír grandes voces de la lírica ni a ver producciones grandiosas. Aquí lo importante es la labor de conjunto en un ambiente cálido y agradable – a pesar de los -7°C que hacía en la calle – donde a nadie le extraña que tengas una cerveza en la mano, o que saques una foto del escenario en plena representación. Si a estas premisas le sumamos un precio de 30 dólares - lo que en el MET cuesta una entrada en la parte superior del gallinero – y que tienes la ventaja de que te cantan un aria a escasos 5 metros de tu sitio, ya tenemos el caldo de cultivo para que sus representaciones cuelguen casi todos los días el cartel de “no hay billetes”. La mayor parte del público suele ser de la zona, pero la propuesta también atrae a muchos melómanos de la isla de Manhattan que en raras ocasiones cruzan el East River salvo por este tipo de espectáculos.

   Si el pasado mes de junio mostramos nuestro entusiasmo por la representación de El Conde Ory, esta vez el nivel se ha quedado un punto por debajo. El problema principal ha sido la obra en sí. Otello es un miura, una página de belcanto con mayúsculas y para enfrentarse a él, necesitas cinco cantantes de muy alto nivel. Si para un gran teatro es difícil cuajar un elenco, más complicado lo es aquí.

   Otello, una de las primeras óperas italianas con final trágico – Rossini también compuso un final feliz alternativo estrenado en Roma en 1820 donde los dos protagonistas se reconcilian antes de las muertes - fue estrenada en Nápoles en 1816. El libreto, de Francesco Berio di Salsi, está basado en la obra homónima de Shakespeare, pero hasta el tercer acto se aleja bastante de ella. El personaje de Yago, clave en la trama de Shakespeare y posteriormente en la de Arrigo Boito para el Otello verdiano – queda difuminado en beneficio de un Rodrigo que está en el centro de todas las salsas. Musicalmente también se aleja de los cánones. En 1816, en Nápoles sobraban tenores, por lo que Rossini les utiliza para tres de los papeles esenciales - Otello, Rodrigo y Iago – y para otros tres secundarios – Lucio, el gondolero y el Dux de Venecia. La ausencia de un barítono hace que haya poco contraste con las voces graves reducidas al papel de Elmiro, el padre de Desdémona. Sin embargo, en el lado femenino, Rossini crea una Desdémona orgullosa, de carácter, lista para enfrentarse a una sociedad que no acepta su elección de un extranjero, que además es moro. Su personaje se convierte en el verdadero centro de la trama y fue el caballo de batalla de cantantes míticas como Isabella Colbran, Giuditta Pasta, Pauline Viardot o María Malibran. La obra tuvo un gran éxito en la primera mitad del siglo XIX, decayendo a partir de entonces y desapareciendo de los escenarios tras el estreno del Otello verdiano. Volvió a los escenarios un siglo después en pleno renacimiento rossiniano, y en la actualidad se representa de manera algo mas asidua.

   La soprano americana de origen mexicano, Cecilia López, fue una Desdemona inolvidable no solo por su voz, de lírico-ligera con peso en el registro central, y con facilidad para el agudo y la coloratura, sino por su interpretación, cargada de tensión y fuerza dramática. Tras un primer acto algo timorato, y un segundo en que se empieza a calentar con los insultos y menosprecios de su padre, en el tercero se enfrenta valientemente a Otello y le reta de tú a tú insistiendo en su inocencia. Cuando ve que todo está perdido, le vuelve a provocar para que éste la apuñale. Fue la triunfadora de la noche.

   El joven tenor americano Bernard Holcomb se vio sobrepasado por la dificultad de un papel que debutaba aquí. La voz tiene cuerpo y metal pero la emisión no es homogénea y le cuestan las agilidades, algo tirantes y confusas. Hay agudos que entran claros y nítidos, mientras otros entran muy apretados. El centro luce broncíneo y el grave está desguarnecido. El fraseo, pobre de inicio, fue ganando intensidad según avanzó la obra, aunque no alcanzó a dar la réplica adecuada a Desdemona.

   El tenor islandés Thorsteinn Arbjornsson, de voz pequeña e impersonal, blanquecina y un tanto desagradable, sufrió con la inclemente tesitura de Rodrigo. Su cierta técnica le permite frasear con gusto en la banda central y dar casi todas las notas, aunque por arriba hubo abundancia de sonidos abiertos y borrosos. Tanto él como el Sr. Holcomb se dejaron ir una página tan emblemática como el dúo “Ah vieni, nel tuo sangue” donde otros tenores son capaces de poner el teatro boca abajo.

   Tampoco quedó para el recuerdo el Iago de Blake Friedman, con voz de tintes oscuros pero de emisión bastante engolada. Más convincente escénicamente, se sintió muy a gusto manejando los hilos de la trama. Bastante estentóreo el Elmiro de Isaiah Musik-Ayala, poco cuidadoso en el canto y que prácticamente solo destacó increpando a su hija. La Emilia de Toby Newman fue encantadora, cantada con gusto exquisito.

   El director musical Sean Kelly primó el mantener ritmo, pulso y sonido, sobre ligereza o transparencia tan necesaria en Rossini. Si a ello le sumamos que en un recinto tan pequeño es muy complicado mantener el equilibrio entre secciones, sobre todo cuando el sonido de la orquesta no te llega de un foso sino de manera directa, las cosas no fueron bien. A los desajustes orquestales, hubo que sumar varias intervenciones solistas claramente fallidas, algo que quizás se hubiera solucionado con un mayor número de ensayos.

   La puesta en escena de John de los Santos traslada la acción a la Venecia de 1957, durante el “milagro económico”. El escenario se situó en el lado izquierdo del fondo de la sala, donde se suben y bajan mesas, camas, y demás elementos escénicos. Hubo números mejores y otros más discutibles, pero la acción se siguió sin sobresaltos. Los 28 músicos de la orquesta se situaron a la derecha del escenario.

   La reacción del público fue muy positiva aclamando a casi todos los cantantes, con especial mención a la triunfadora de la noche, Cecilia López.

Foto: Robert Altman

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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