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Crítica: Óliver Díaz dirige 'Los diamantes de la corona'

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22 de mayo de 2015

UNA JOYA

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. 19/5/15. Teatro Campoamor. Festival de Teatro Lírico Español. Los diamantes de la corona, Barbieri. María José Moreno, Ricardo Muñiz, Cristina Faus, Carlos Cosías, Gerardo Bullón, Fernando Latorre, Joseba Pinela, Xavi Montesinos, Antonio Gómiz, Joaquín Mancera, Pablo Jerez, Bosco Solana. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: José Carlos Plaza. Oviedo Filarmonía. Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo.

   Cuenta Emilio Casares en su biografía del compositor, que mientras Francisco Asenjo Barbieri escribía esta verdadera joya musical que es Los diamantes de la corona, oía el sonido de las balas golpear contra el balcón de su casa, en la Carrera de San Jerónimo. Eran los procelosos tiempos del bienio progresista de Espartero y Barbieri estaba poniendo en música el libreto -concretamente al fragmento “Un coche que parte”- de Francisco Camprodón, despreciado en su día por Gaztambide e Inzenga, pero acogido por el compositor madrileño, quien lo engalanó con el bolero más conocido de la época –“Niñas que a vender flores”-, una pieza brillante y escrita desde la más profunda intención españolizante para dos tiples con tanto arte que el día de su estreno tuvieron que repetirla. Porque entonces, y aunque parezca mentira, acusaban a Barbieri de italianismo, cuando no hay autor más español ni de apellido más castizo, y más desde la perspectiva de hoy.

   El título se volvio a programar en el contexto del Festival de Teatro Lírico Español del Campoamor de Oviedo, con un reparto apropiado, una maravillosa puesta en escena y una dirección musical apasionada y de interés. La producción, un encargo del Teatro de la Zarzuela a José Carlos Plaza, se había estrenado en 2010 en Madrid. Plaza realizó para el caso una propuesta inteligente, bella y divertida, tan redonda que parece estar destinada a convertirse en otro de los montajes clásicos del género. No hablamos de risas a mansalva, sino de una inteligencia de lo sutil a la que, como público, también hay que saber estar a la altura. La historia es la más bella en tiempos de crisis política y económica. Nada menos que una reina portuguesa dispuesta a falsificar todas sus joyas y así vender las originales para intentar aliviar las penurias de su pueblo. Imposible que esto pueda llegar a suceder en la realidad. Es una fantasía hermosa, una fábula que no rehúye algún que otro mensaje comprometido, bastante elocuentemente presentado por el director de escena. Llamó la atención la belleza del vestuario de Pedro Moreno, y la ambiciosa, bien pensada y presentada escenografía e iluminación de Francisco Leal. Todo sobre la escena dilataba las pupilas de principio a fin, o por una bonita luz bien puesta, o por los preciosos tocados o por lo adecuado de los decorados, de un expresivo gusto pictoricista a veces y elegantemente lineal otras. Incluso algún personaje secundario parecía diseñado para jugar con las expectativas del espectador, un poco al hilo de lo verdadero y falso de la dramaturgia de la historia.

   Fue un acierto contar con María José Moreno para el papel de Catalina, con su seguridad técnica de notable soprano e indudable capacidad para solventar con aplomo y destreza cualquier envite lírico. A su voz no le sobra presencia, pero su inclusión en el reparto proporcionó gran carisma al personaje, una atractiva veracidad escénica y lírica a sus intervenciones. Cristina Faus dejó su sello como Diana. Nos pareció muy elegante, dulce y de gran presencia su interpretación, hasta el punto de dejarse oír más y mejor que su compañera en el famoso bolero. Ricardo Muñiz fue un Conde de Campomayor solvente y, Carlos Cosías, un modélico intérprete para el Marqués de Sandoval, que cantó con buen gusto y gran sentido del personaje. Ya hemos hablado en otras ocasiones del enorme talento de Gerardo Bullón sobre la escena. Bullón dibujó un Don Sebastián lleno de matices. También realizó un gran papel Fernando Latorre como Rebolledo. En general, todo el elenco resultó plenamente convincente y el nivel sobre el escenario fue muy alto, pero si tuviéramos que destacar el trabajo de alguien, Latorre estaría entre los primeros por la veracidad que aportó a cada una de sus intervenciones, muy diferentes en cada situación escénica. El Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo hizo un gran trabajo actuando y, aunque hacia el final de la obra diese cierta sensación de fatiga vocal y algunos fragmentos se gritasen en exceso, se mantuvo en un nivel estimable durante toda la noche. Atractiva labor de dirección orquestal de Óliver Díaz al frente de la Oviedo Filarmonía, orquesta que bajo su mando matiza su color, afinación e intenciones encontrando el carácter de las piezas y el sabor de la zarzuela. La sonoridad de la sinfónica ovetense estuvo bien modelada por el conocimiento de causa y amor por los detalles expresivos de este director, amante del género y de la musicalidad. Díaz dejó una versión digna del mejor titular.

Autor:Aurelio M. Seco
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