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Crítica: Los Músicos de Su Alteza participan en la 'Primavera Barroca' de Oviedo, bajo la dirección de Luis Antonio González

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16 de mayo de 2014

El conjunto aragonés descubre algunas piezas inéditas del gran José de Nebra en una velada que fue mejorando –algo– por momentos.

UNO DE LOS GRANDES

Por Mario Guada

14-V-2014, 20:00. Oviedo, Auditorio – Palacio de Congresos Príncipe Felipe [sala de cámara]. Ciclo «Primavera Barroca». Centro Nacional de Difusión Musical (CNMD). Entrada 15 €uros. Obras de José de Nebra. Olalla Alemán, María Eugenia Boix, Rocío de Frutos, José Pizarro • Los Músicos de Su Alteza |Luis Antonio González, director.

Basta ya de ambages. Hay que decirlo una y otra vez: José de Nebra [1702-1768] no es solo uno de los grandes compositores en la historia de la música española, sino que su grandeza está a la altura de la de muchos de los considerados figuras intocables en la historia de la música occidental. Y es que parece que parece que en este país seguimos teniendo cierto miedo a decir según qué cosas. Cualquiera que conozca mínimamente la obra del compositor bilbilitano –absténgase, como debería ser norma, la opinión de aquellos que hablan sin saber– se da fácilmente cuenta de ello. Nebra, al que la música le venía de familia –su padre y hermanos fueron también músicos, y de cierta posición, aunque sin el talento de este–, destacó de tal manera que en una fecha tan temprana como 1719 ya se le encuentra ocupando la posición de organista en el madrileño Convento de las Descalzas Reales. En 1724 dará un salto cualitativo considerable al ser nombrado organista de la Capilla Real –puesto que perdería y que estaría esperando a recuperar con anhelo hasta 1736. En ese lapso temporal rechazó algunos cargos de cierta importancia, como maestro de capilla en la Catedral de Santiago o primer organista de la Catedral de Cuenca, los cuales rechazó por permanecer en la capital. Posteriormente, en 1751, sería nombrado vicemaestro de capilla, el cargo más importante que quizá tuvo en vida.

   Quizá los cargos no dan muestra de la importancia que Nebra tiene en la historia de la música española, pero la música–como ha de ser– es la que habla por él. La importancia real de Nebra se observa en el desenvolvimiento de sus trabajos teatrales en los teatros públicos de Madrid, para los que puso música a algunos de los textos más brillantes creados por varias de las mejores plumas del momento y el pasado: Calderón de la Barca o José de Cañizares, por poner dos ejemplos. Fue creador de obras para prácticamente todos los géneros escénicos posibles: ópera, zarzuela, comedias, autos sacramentales, sainetes y entremeses, en las que destaca sobremanera por haber sido capaz de conjugar de una manera magnífica las formas tradicionales españolas –seguidillas y coplas– con la escritura «allaitalaiana» más exquisita –«arie da capo»–, incluyendo pasajes de un colorido instrumental fastuoso, cuyas líneas se diluyen en melodías de una belleza realmente muy difícil de igualar por otro compositor español del momento. Además, Nebra fue maestro en aquello de poner la música más hermosa y expresivamente más adecuada a los textos seleccionados. También destacó especialmente por tratar con excelencia las piezas de carácter litúrgico y paralitúrgico –como cantadas y villancicos, lo más conocido, pero especialmente misas y lamentaciones–, un Nebra quizá menos protagonista hoy día, pero que muestra una genialidad realmente apabullante.

   En este concierto –quinto del ciclo «Primavera Barroca» que presenta el CNDM– se nos presentó un programa titulado Es el día del Corpus tan grande. La fiesta del Corpus Christi entre Madrid y Nueva España, que supuso, en su gran parte, la recuperación y estreno en tiempos modernos de varias piezas de Nebra, rescatadas de los archivos catedralicios de Zaragoza y Cuenca, así como de la Basílica de Guadalupe, el Conservatorio de las Rosas de la Morelia y la colección Sánchez-Garza –estos tres últimos de México–, y editadas por los musicólogos Luis Antonio González, Antonio Ezquerro y Edgar Alejandro Calderón. Se interpretaron así seis obras inéditas, extraídas de algunas de las piezas escénicas y religiosas del maestro. De la primera parte destacaron el «Villancico a cuatro al Santísimo» Caminemos al monte de amores, en un estilo bastante homofónico, en el que el tenor realmente hace las funciones casi de sostén armónico, con un acompañamiento instrumental no especialmente florido. De El Diablo mudo [Loa al auto sacramental de 1751] destacan sobremanera el solo y dúo Naturaleza humana, cuyo llanto –que no era estreno, pues ya estaba grabada anteriormente en un disco por estos mismos intérpretes–, cuyascoplas Vuelve a ver aquel orbe es uno de los más exquisitos salidos de la pluma de Nebra, un bellísimo pasaje para soprano y oboe obligado con acompañamiento de la cuerda en pizzicato y bajo continuo. Sorprendente el «cuatro» –llamado así por ser este el número de intervinientes vocales– Pecado, muerte, error –perteneciente a su Andrómeda y Perseo [auto sacramental de 1744]–, en el que el protagonista reflexiona sobre los avatares de su vida, que son refrendados por tres personajes femeninos, que casi a la manera de las antiguas tragedias griegas actúan como conciencia del que habla –interesante la disposición del lector en escena, con la tres féminas situadas a las espaldas del público. Se cerró esta primera parte con el «Villancico a cuatro al Santísimo» De aquel amoroso sagrado volcán, fabuloso ejemplo de esa gracia y exquisitez melódica que atribuíamos anteriormente a Nebra.

La segunda parte, con momentos musicales todavía más brillante si cabe, comenzó con una «Cantada a la Asunción de la Virgen», en la que destacó especialmente el aria Suavidad el aire inspire, uno de los momentos más hermosos de la velada. A continuación, de nuevo de Andrómeda y Perseo, otro recitado –sin música–, acompañado por un curioso dúo de tiples, homofónico y sencillo, que servía de «contrapunto» al texto hablado,  titulado La que nace para ser, cuyo texto es uno de los más bellos y hondos sobre los que Nebra compuso música –no me resisto a traerlo aquí:

La que nace para ser

escándalo de sí misma,

sienta, sufra, llore y gima,

y conformada con que

donde hay culpa no hay desdicha,

sienta, sufra, llore y gima.

La que nace para verse

de su culpa arrepentida,

fíe, espere, venza, viva,

y consola con que,

si ella llora, Dios olvida.

   El concierto se cerró con dos bloques de piezas –estas ya algo más conocidas. Tres números de Amar y ser amada y La Divina Filotea [Loa al auto sacramental de 1745-1756], y finalmente La casa de campo [sainete de 1756], en el que en sus cuatro breves números se nos dio cuenta del perfil más «popular» del autor aragonés, en el que pone música de manera habitual «graciosa» en la época a unos textos que celebran el «Corpus Christi», a una manera andaluza –incluso en alguno de los textos se imita la manera de pronunciar la «s» como «z» de los andaluces. Seguidillas, fandangos y gitanadas acudieron como fin de fiesta de un recital en el que la música de Nebra fue lo mejor de la velada. Como respuesta a los considerables aplausos de un mermadísidimo público –de nuevo vengo a alarmarme ante la constante decadencia cuantitativa de este–, se ofreció una pieza extra, el célebre fandango Tempestad grande amigo, extraído de su Vendado es amor, no es ciego [1744], maravilloso ejemplo del manejo de la escritura rítmica y las formas populares, que fue interpretado, sin embargo, con más brío y gracia de lo que hubiera sido deseable.

   Las interpretaciones servidas por el cuarteto vocal no destacaron especialmente por su brillantez. Las tres sopranos estuvieron correctas, pero dieron muestras de no estar, lamentablemente, entre lo mejor de su voz en el panorama de la música antigua española. Olalla Alemán tiende, con mucha frecuencia, al oscurecimiento y entubamiento, lo que no hace de su línea un ejemplo de belleza canora; sus continuos amaneramientos –entiendo que buscados en aras de una expresividad mayor en este repertorio– resultan absolutamente contraproducentes. María Eugenia Boix, quizá la mejor de la noche en cuanto a su claridad, emisión y belleza vocal, no es, sin embargo, una mujer que se adapte con facilidad a este tipo de repertorios –quizá su camino no vaya por estos derroteros. Rocío de Frutos resulta demasiado estridente en su registro agudo, con una línea poco pausada y nada«arrulladora». El tenor José Pizarro rindió con solvencia en un programa de muy poca exigencia, tanto técnica como de minutaje, para su voz.

   En el apartado instrumental, hay que destacar los claroscuros producidos entre los integrantes de Los Músicos de Su Alteza. Los oboes barrocos Francisco J. Gil y Pepa Megina debieron tener mejores días, a tenor de lo escuchado –muchos problemas de notas y afinación constante–, que hicieron palidecer el resultado general en muchos pasajes. Mejor los violines barrocos de Pablo Prieto y Eduardo Fenoll, aunque con el consabido problema de empastar y afinar cuando es solo un instrumentista por parte, especialmente en los momentos a uno, pero que resultaron bastante precisos en algunos pasajes complejos, y hasta evocadores en algún otro.Bastante mejor el apartado del continuo, con las cuerdas graves bien cubiertas por Pedro Reula [violón] y Roger Azcona [contrabajo barroco], las pulsadas –con Josep María Martí a la tiorba y guitarra barroca– y las pinzadas –con Alfonso Sebastián al clave, también el órgano, que sigue demostrando que es uno de los mejores continuista que hay en este país.

   Al presenciar la labor de dirección de Luis Antonio González tengo que hacerme de nuevo una pregunta que me persigue desde hace tiempo: ¿realmente necesitamos directores así? Me explico, la labor de González como musicólogo e investigador del CSIC está más que comprobada y no hay nada que objetar al respecto. Sin embargo, cuando un investigador –aunque sea intérprete de instrumento– se pone al frente de un conjunto debe tener en cuenta que ser director supone mucha más que mover las manos con cierto sentido. Requiere años de técnica y estudio, que lamentablemente, si bien no digo que no tenga, al menos no se comprueban en su manera de dirigir. Las imprecisiones de gesto en momentos críticos son notables. Y así sucedió algo inexplicable, «a priori», que después de varios ensayos del programa y dos conciertos previos a este, hubo momentos de entradas y finales de frases realmente imprecisos por parte de todo el conjunto, lo que obviamentedebemos achacar al gesto, que no favorecía nada la claridad y la precisión interpretativas. Por lo demás, otros gestos no fueron correspondidos por los que tenía delante, lo cual le hace a uno reflexionar. Quizá tengamos que replantearnos la figura del director en este tipo de conjuntos, al menos sí de esta manera,porque en momentos como el de hoy, es evidente que el aporte es mínimo.

   En definitiva, un concierto en el que Nebra brilló con la luz propia que le caracteriza, pero cuya calidad artística no fue refrendada por los intérpretes encargados de ello. Buena labor de investigación, pero no la deseable a la hora de llevarla a la praxis. Otra ocasión perdida. Seguiremos esperando.

Autor:Mario Guada
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