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Crítica: Lucas Macías dirige a la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
5 de marzo de 2017

CON "S" DE SOLVENCIA

   Por Beatriz Cancela
Santiago de Compostela. Auditorio de Galicia 2-III-2017. Concierto de temporada. Real Filharmonía de Galicia. Director: Lucas Macías. Obras de Schwertsik, Schubert y Schumann.

   Y es que la presencia de la vigésima letra del abecedario en el programa parecía querer redirigir las referencias al mismo: tres sinfonías, respectivamente de Schwertsik, Schubert y Schumann y un Lucas Macías que, de un modo más indirecto aportaba severidad, sentimiento y sencillez, subrayando más todavía al más sinuoso de los signos gráficos.

  De nuevo se nos presentaba otro reconocido intérprete español ante la dirección de la Real Filharmonía de Galicia (RFG), demostrando de forma responsable una sólida formación como oboísta y solista que, ahora, aplicaba también a la batuta. Recordemos, sin ir muy lejos, otro asiduo de la RFG como es el flautista Jaime Martín, que este pasado mes de diciembre conducía la orquesta. En el caso de Macías, fue en febrero de 2015, antes de ser nombrado director asistente de la Orquesta de París cuando, como concertista, ejecutaba sendas obras de Bach y Zimmermann. Quizá fruto de este bagaje o debido al hecho de estar acostumbrado al nivel de exigencia europeo en lo que concierne a la seriedad, al nivel musical, a la altura de sus directores o, incluso, a sus salas de concierto, como en alguna ocasión declararía a colación de la fuga de talentos (El Mundo, 11-II-2015), lo cierto es que la noche del pasado jueves aquella platea aceptablemente concurrida del Auditorio de Galicia fue testigo de la templanza y comodidad con la que afrontó el onubense el concierto, logrando un trabajo orquestal de gran sutileza, sensibilidad y gusto sonoro. De nuevo la "s".

   En su intento de ofrecer al oyente un viaje intelectual, K. Schwertsik fue el compositor escogido para inaugurar el recital con la Sinfonía Shrunken, op. 80, compuesta en 1999 y estrenada en Salzburgo ese mismo año. Dirá de Stockhausen, con el cual había estudiado, que era muy alemán, siempre muy reservado, mientras que él, como buen vienés, nunca hablaba en serio, y es que el humor será una cualidad muy referenciada en su obra, como acontece con esta Sinfonía encogida, en cuatro movimientos muy breves, como no podía ser de otro modo. Obra interesante con reminiscencias a la sonoridad de la segunda escuela vienesa, aunque los distintos movimientos fueron afrontados con tranquilidad y homogeneidad, a excepción del último, Avanti, avanti: presto vivace!, que condensó cierta agitación y versatilidad, aunque sin alcanzar la que requería el tempo establecido en la partitura.

   Y de un vienés contemporáneo en plena madurez compositiva a un vienés romántico en el súmmum de su juventud; se cerró la primera parte con la Sinfonía número 2 en si bemol mayor, D125 (1814-1815) de F. Schubert. Amalgamando distintas corrientes e influencias, el compositor ofrece un planteamiento original e interesante sobre el que se aprecia ya una firme personalidad. Grosso modo podríamos establecer una distinción entre los movimientos primero y cuarto, más vehementes; con respecto a la rectitud del segundo, organizado en tema y variaciones, y el tercero, con la inclusión del minuetto. Las cuerdas defendieron un intenso discurso de agilidades y alternancia de arcos y pizzicattos sobre el que se disponían los demás instrumentos en un interesante trabajo de polaridad tímbrica acumulativa. El director supo equilibrar los distintos planos sonoros dando protagonismo a cada papel y creando una colorista unidad. El fraseo en general fue cuidado por el conjunto, aunque las excesivas repeticiones melódicas provocaron en momentos puntuales un palpable automatismo.

   Al parecer Schumann se adentra en la composición de la música sinfónica animado por su esposa Clara a partir de 1841, de modo que así surgen sus cuatro vestigios siendo, la Sinfonía número 2 en do mayor, op. 61 (1845) estrenada en 1846 bajo la dirección de Mendelssohn, al que precisamente había confesado escuchar trompetas y tambores en su cabeza en la época de su elaboración. De hecho serán los metales, presentes desde el comienzo, los encargados de enfatizar los momentos más álgidos y agitados de la composición. Destacamos la realización de transiciones y cambios de secciones de forma pulcra y cuidada, al igual que los matices y acentos, principalmente en los acordes más crudos, con pasajes sombríos de especial dramatismo. En este sentido, merece la pena resaltar el tercer movimiento, Adagio espressivo, donde los violines ejecutaron unas cálidas y lacerantes melodías, sobre unos arpegios en trompas saltos interválicos inquebrantables y delicados y un oboe afectuoso y conciso en su ejecución. El detonante final llegaría con el cuarto movimiento, donde de nuevo aquellos metales y timbales atronadores en la mente del compositor eclosionaron violentos anticipando la grandiosidad final.

   Fue especialmente del agrado del público este tour de force que resultó ser el concierto, alcanzando una gran ovación final. Sin duda una interpretación sublime y sofisticada de un talentoso músico y director que con templanza y seguridad afronta una prometedora carrera que, ojalá, sea valorada y tenga cabida en el panorama musical nacional.

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