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Crítica: Lucas Macías y Chen Reiss con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
13 de enero de 2026

Crítica de Álvaro Cabezas del concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla bajo la dirección de Lucas Macías y Chen Reiss como solista

Lucas Macías y Chen Reiss con la Sinfónica de Sevilla

«¿Es esto, tal vez, la muerte?»

Por Álvaro Cabezas
Sevilla, 9-I-2026. Teatro de la Maestranza. Chen Reiss, soprano; Lucas Macías, dirección; Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Programa: Cuatro últimos lieder, TrV296 de Richard Strauss; y Sinfonía nº 5, en do sostenido menor de Gustav Mahler.

   «Ist dies etwa der Tod?» («¿Es esto, tal vez, la muerte?)». Con ese escalofriante verso puesto en música se despedía Richard Strauss de este mundo desde el punto de vista creativo. Cuando la soprano terminó de susurrarlo la orquesta pareció detenerse y "solo dos alondras ascienden todavía soñando en la fragancia" –representadas en los tímidos trinos de las flautas–, difuminando una visión del más allá, de lo que hay al final del camino que parece recorrer la pareja de la que habla la letra de la canción. Escuchando a la Sinfónica de Sevilla en estado de gracia acompañar a Chen Reiss y a un Lucas Macías transido y como flotando en medio de esas largas frases musicales me vinieron a la mente las trazas que hizo Tolkien de las Tierras Imperecederas: "... la cortina de lluvia gris se transformaba en plata y cristal, y que el velo se abría y ante él aparecían unas playas blancas, y más allá un país lejano y verde a la luz de un rápido amanecer" (El Señor de los Anillos, Minotauro, 1995, p. 1.086).

Chen Reiss y Lucas Macías con la Sinfónica de Sevilla

   Sin lugar a dudas, ese fue el gran momento de la noche del viernes. Lástima que no fuera el final de la velada porque nos hubiéramos quedado con mejor sabor de boca que rematándola, nada más y nada menos, que con la Quinta sinfonía de Mahler, virtuosística y triunfalista a más no poder cuando, quizá, lo lógico hubiera sido transitar camino de la muerte con los cuatro últimos lieder de Strauss y resucitar, tras el descanso, con la Segunda sinfonía, cuyos movimientos extremos tienen mucho que ver con esta música. Para dirigir una sinfonía tan compleja, larga y conocida en Sevilla como la Quinta de Mahler es necesario tener un plan preconcebido, es decir, una concepción de la misma y un método para llevarla al público oyente con garantías de que va a seguirte, independientemente de que apruebe o no tu versión de la misma.

   La cuestión aquí es que Macías pareció no tener ningún proyecto ante sí, sino, más bien, el reto de ejercitarse ante tal monumento sonoro. Es cierto que controló en todo momento la partitura (que tenía en su cabeza, ya que dirigió de memoria), pero Mahler tiene que sonar dentro de unos extremos reconocibles que van desde la delicadeza vienesa hasta, por decirlo así, el carácter rústico y sarcástico que rezuma su obra. Muchos directores yerran –sobre todo en esta sinfonía, que consideran más popular y tendente al lucimiento–, dejando a la orquesta hacer y desatando aquí y allá algunos efectos sonoros que provoquen el pathos antes que la meditatio.

   De alguna manera todo se resume en lo que le confesó Gorbachov a Claudio Abbado durante una gira por la antigua URSS de los Berliner Philharmoniker en diciembre de 1991: la música de Mahler le era muy conocida porque, sin saberlo, constituía la banda sonora de su vida hasta entonces. Es decir, que Mahler –compositor versátil donde los haya y que permite mucho margen de acción–, hay que sentirlo y vivirlo, no sólo imitarlo según los referentes disco-videográficos que tenemos todos en la memoria, incluido Lucas Macías a tenor de su gesto absolutamente abbadiano, pero insincero en su mayor parte. Sólo hay que buscar alternativas actuales, ya que los grandes maestros del pasado desaparecieron, por lo tanto, la comparación no hay que hacerla con Mengelberg, sino con Dudamel, Nelsons o Nézet-Seguin y, en ese duelo, sale perdiendo irremisiblemente el onubense.

   Hay que decir también en su favor que en este primer acercamiento que el director titular de la ROSS está haciendo de la música mahleriana en esta su primera temporada sevillana cuenta con el óptimo medio de una formación que pasa por horas altas y que solventó muy bien la inconexa, pero emocionantísima por arriesgada versión de De Billy en noviembre de 2022, pero que no logró reeditar aquella unión de contrarios (desgarrador sonido y evocación poética), que consiguió Pedro Halffter en esta misma página y escenario en abril de 2014. Los metales no tuvieron su noche a la hora de abordar su complicadísima parte, pero hay que destacar el concierto para trompa que nos brindó Joaquín Morillo en el tercer movimiento, situándose de pie con su instrumento para proyectar mejor el sonido. También, como siempre, destacaron las dos Sarahs y el resto de maderas, especialmente las flautas en muchas de sus destacadas intervenciones. Las cuerdas, como es habitual y marca de la casa, resultaron sedosas y fueron encantadores sus glissandi y otros efectos de refinamiento. ¿Qué faltó entonces? Sosiego, pausas retóricas, precisión en el dibujo, contraste entre secciones, menos abigarramiento y una visión de conjunto que dé pie a un planteamiento con el que ser consecuente. Ya digo que esto resultó especialmente lamentable después de escuchar esa despedida del mundo que ofreció Chen Reiss al inicio del concierto. 

Sinfónica de Sevilla

   Está claro que hay repertorios que son más rentables que otros, pero, conociendo ya algo la práctica interpretativa de Lucas Macías, quizá sea más interesante esperarlo en un repertorio en el que pueda ofrecer una voz propia, como el clasicismo y el primer romanticismo de la escuela vienesa y, sobre todo, en el español, donde su fraseo suele ganar en naturalidad como recordamos en la memorable y telúrica La vida breve que ofreció en este teatro en 2023. Lo demás quizá pueda soslayarse, salvo sorpresas que no traerán más que la experiencia y el poso de la vivencia estética. 

Fotos:  Marina Casanova

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