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Crítica: 'Lucia di Lammermoor' en el Teatro del Liceo, con Moreno, Jordi, Mimica y Caoduro

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Autor: Raúl Chamorro Mena
22 de diciembre de 2015

ENTREGA Y CREDIBILIDAD

Por Raúl Chamorro Mena
18/XII/2015. Barcelona, Gran Teatre del Liceu. Lucia di Lammermoor (Gaetano Donizetti). María José Moreno (Miss Lucia), Ismael Jordi (Edgardo di Ravenswood), Giorgio Caoduro (Enrico Ashton), Marco Mimica (Raimondo Bidebent), Albert Casals (Lord Arturo), Sandra Ferràndez (Alisa), Jorge Rodríguez Norton (Normanno). Dirección musical: Marco Armiliato. Dirección de escena: Damiano Michieletto.

" Ed io? Ed io?" "¿Y yo? ¿Y yo?" replica Lucia a su hermano cuando le obliga a casarse con un hombre que no ama, por intereses políticos y económicos. "Y yo qué, ¿y mi felicidad y mi vida?". En estas palabras se concentra la clave de la tragedia de la inmortal heroina donizettiana Lucia di Lammermoor, cumbre del melodrama romántico italiano. Una mujer manipulada por todos los hombres que la rodean. Su egoísta hermano no tiene ningún escrúpulo para, mediante el chantaje emocional, obligarla a un casamiento de conveniencia. Para ello cuenta con la inestimable colaboración del confesor de la joven. Imaginen la capacidad de influencia que tenia éste sobre una mujer en esa época. Por si fuera poco, su enamorado la abandona por un largo tiempo y la maldice cruelmente cuando se cree traicionado, sin ni siquiera escucharla. Todo ello tiene unas consecuencias devastadoras para el fràgil e inestable carácter de la joven, que termina, totalmente enajenada, acabando con su vida después de asesinar a su esposo en el lecho nupcial.

   Catorce años después de su debut en el papel en el Teatro Real de Madrid alternándose con Edita Gruberova, la soprano granadina de nacimiento y madrileña de adopción, María José Moreno, completa un muy destacable retrato vocal e interprerativo del legendario papel fruto de una espléndida madurez artística y personal. La Moreno demostró encontrarse en su mejor momento en todos los aspectos, tras una prudente y muy sensata evolución siempre presidida por la prudencia, la sensatez, el trabajo y la impecable profesionalidad, junto a una encomiable fortaleza de ánimo en los momentos adversos, cuando los teatros y hasta los públicos se habían olvidado de ella e incluso creían q ya no cantaba.

   Sus logros en cuanto a expresividad, aquilatamiento del fraseo, desenvoltura escénica y caracterización del personaje se combinaron con una brillantísima prestación instrumental. El timbre fresco, luminoso, la posición alta y la proyección radiante en la zona aguda. Las limitaciones en el centro se encuadran en las propias de su tipogía vocal, la lírico-ligera que encarna una importantísima tradición en la interpretación del papel. De Lily Pons a Roberta Peters, de Gianna d'Angelo a Natalie Dessay, de Dolores Wilson a Margherita Rinaldi... Lo equivocado sería intentar falsear el centro, abombarlo, como tantas otras. Desde su escena de salida fluyó la emisión limpia, sin forzadura alguna, espontánea, el buen legato, el canto siempre cuidado, refinado, musical y la expresión siempre delicada y femenina. Si precisa fue la coloratura en "Quando rapito in estasi", impecable y de una facilidad pasmosa resultaron las notas picadas, escalas, volate, vocalizaciones, de la escena de la locura que culminó con una magnífica cadenza de la flauta y dos rutilantes sobreagudos que coronaron la referida escena y la posterior cabaletta "Spargi d'amaro pianto".

   En el aspecto interpretativo, como ya se ha señalado, resultó indudable la entrega e implicación de María José Moreno, que formó una pareja de gran química en escena con Ismael Jordi. Estuvo presente en su plenitud, la Lucia enamorada del primer acto, pero que ya anuncia su inestabilidad psíquica en su aria di sortita, así como la transición hacia el total trastorno de la infeliz criatura.

   El tenor jerezano Ismael Jordi demostró una inteligentísima administración de unos medios vocales no especialmente privilegiados, ni por volumen, timbre, extensión y squillo. Conoce y domina el estilo, atesora muy buen gusto y se abandonó en un fraseo trabajado, muy cuidado, embelesado, quizás un punto excesivamente sacaroso, pero personal y de indudable eficacia y atractivo. Comprometido, asimismo, en escena formó junto a Moreno una creíble y veraz pareja juvenil de enamorados. No se entiende que no se les vea anunciados con asiduidad, al menos en los teatros españoles. Obras como Lakmé, Manon o Linda di Chamounix les irían como anillo al dedo.

   Notable nivel el del bajo Marco Mimica como Raimondo. Voz compacta, redonda, homogénea, pastosa y canto noble hacen despositar las mejores perspectivas en este cantante, en una cuerda en la que no andamos sobrados, precisamente. Albert Casals en su "sposino" mostró las posibilidades de un material de cierta calidad, además de dotar de énfasis a su fraseo, pero el la natural agudo de su cantabile "per poco fra la tenebre" situado en la "i" de "amico", que fue un sonido fijo y apretado, puso de relieve el camino aún por recorrer en el aspecto técnico.

   El Enrico del barítono Giorgio Caoduro se distinguió por un timbre duro y àrido, una línea de canto ruda, estentórea, de modos vulgares y plebeyísimos. En un alarde del peor gusto, alargó a placer el agudo final de la cabaletta "la pietade in suo favore" en un calderón horrísono.

   Muy aceptables Sandra Ferrández como Alisa y Jorge Rodríguez Norton, que completaron un elenco de mayoría hispana de muy buen nivel a pesar de ir como "segundo reparto".

   Sorprendentemente, el maestro italiano Marco Armiliato, indudable comocedor de este repertorio, ofreció un Donizetti en incomprensible versión bruckneriana. Un sonido pesante, aparatoso, de trazo grueso y ruidoso, combinado con las limitaciones de la orquesta agobió a los cantantes y glosó una labor desnortada. Bien está permitir que éstos puedan lucir todos los agudos de la tradición, embellecimientos, adornos y hasta que se recreen en calderones, pero es más importante que puedan cantar piano y no tener que luchar con una barrera sonora impropia de este repertorio.

   Lo único que puede decirse de la producción de Damiano Michieletto es que no logra alterar lo más mínimo el perfecto mecanismo músico-teatral creado por Gaetano Donizetti y Salvatore Cammarano. La trivialidad, lo sonrojante y ridículo de la propuesta puede resumirse perfectamente en el cubo de agua sin mocho que cumplía la función de la fuente del acto primero o los risibles bailecitos de los invitados a la fiesta nupcial distribuidos en la destartalada torre inclinada, elemento central del montaje. Que alguien pueda pergeñar semejante puesta en escena debería hacernos reflexionar a todos.

   Buen programa el editado por el teatro en el que destacan el artículo de Jaume Tribó sobre los gloriosos intérpretes de esta obra maestra en la historia del Liceo, así como el bello escrito de la estupenda soprano valenciana Enedina Lloris, cantante, desgraciadamente, de corta carrera y prematura retirada.

Fotografía: Antoni Bofill

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