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Crítica: 'Lucio Silla' de Mozart en el Teatro Real bajo la dirección de Ivor Bolton

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21 de septiembre de 2017

UN GENIO ADOLESCENTE PARA ABRIR TEMPORADA

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 18-IX-2017, Teatro Real. Lucio Silla (Wolfgang Amadeus Mozart). Kurt Streit (Lucio Silla), Patrice Petibon (Giunia), Silvia Tro Santafé (Cecilio), María José Moreno (Celia), Inga Kalna (Lucio Cinna), Kenneth Tarver (Aufidio). Orquesta y Coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Claus Guth.

   A veces se tiene la sensación que Mozart fue una especie de encarnación humana del concepto música, dada la facilidad compositiva y el talento precoz del genio de Salzburgo. En su tercera y última ópera presentada en Italia Lucio Silla (Milán, Teatro Ducal 1772) con la que se abre la temporada 2017-18 del Teatro Real, un adolescente Mozart de 16 años de edad se aquieta a los principios de la ópera seria settecentesca: arias da capo repartidas entre los cantantes conforme a la jerarquia de los mismos, recitativo secco y acompañado (con cada vez más presencia de este último), estatismo escénico, argumento procedente de la antigüedad clásica grecolatina, lieto fine… Sin embargo la genialidad innata del músico - en la línea de la reforma Gluckiana- le permite, dentro de ese estricto esquema de convenciones, dotar de una fuerza dramática inaudita a la obra mediante la alta factura de la orquestación y, sobre todo, la escritura vocal. Más que a los personajes, confiere gran fuerza dramática a los estados de ánimo que expresan los mismos, ira, deseo, agitación, pasión amorosa, venganza,…, que son la base de la ópera seria y son desarrollados a través, es preciso insistir, de una escritura que pone al límite las facultades de la voz humana. Leemos a diario estos días que estamos ante una ”obra maestra” y aunque los excesos y el desborde de entusiasmo pueden comprenderse, ante el hecho de que esta creación haya estado tantos años desaparecida del repertorio de los teatros y que llegue por primera vez al Teatro Real, no conviene exagerar. Para el que suscribe Lucio Silla no está a la altura, evidentemente, de Don Giovanni, Le nozze di Figaro, Così fan tutte o Die Zauberflöte, y el lastre del corsé de la ópera seria es hoy día, insoslayable, pero más allá de polémicas estériles (lo mejor es disfrutar de la música y no estar constantemente jerarquizándola), estamos ante una ópera llena de bellezas, de aciertos, de momentos que superan los límites convencionales en que se encuadra la composición y de páginas, que no podemos decir en rigor que prefiguran lo que vendrá después, porque el genio ya está indudablemente presente en una especie de anticipación dos décadas antes de La clemenza de Tito.

   En la interpretación de la soprano francesa Patrice Petibon del espléndido papel de Giunia, al que se le corta el aria “Parto m’affretto”, hay que delimitar claramente el ámbito interpretativo y el vocal. En el primero, la cantante se mostró intensa y con personalidad desde el comienzo (vibrante en el aria “Dalla sponda tenebrosa”), con unas buenas dosis de expresividad basada en un amplio juego de gestos en el que brazos y manos cobran gran protagonismo. Emotiva también en la magnífica escena con coro en la necrópolis de Roma “O del padre ombra diletta” y “Se l’empio Silla, O padre”, de gran intensidad dramática, que constituye una de las cimas de la partitura y un gran avance en el ámbito músico-teatral. En el aspecto vocal, sin embargo, además de un timbre sin especial atractivo, la Petibon emitió un buen puñado de sonidos fijos (prácticamente todos los ataques), que quizás puedan gustar en otras latitudes, pero que resultan realmente ingratos y que afean irremisiblemente su línea de canto, tanto como las abundantes notas ácidas en la zona alta. En cuanto a la coloratura, no se puede negar que la soprano busca siempre darle su contenido expresivo, pero no es menos cierto, que se vió totalmente superada por la infernal contenida en el aria “Ah, se il crudel periglio”- una de las gemas de la partitura – lo que le llevó a cargar las tintas en la faceta histriónica.

   La vicisitudes que afectaron en su día al papel titular, sustitución a última hora del tenor inicialmente previsto, por otro especialista en oratorio, mediocre y sin experiencia teatral, tiene como consecuencia un personaje extraño y un tanto desibujado, que encuentra reducidas sus cuatro arias originarias a sólo dos y de dificultad limitada. Un protagonista, Silla, lleno de indecisiones, muy dubitativo, que se configura sobretodo mediante los recitativos. El veterano tenor Kurt Streit, -al que ya pudimos ver en Madrid un estupendo Idomeneo en 1996 (Teatro de la Zarzuela) bajo la magnífica dirección de Peter Maag-  buscó siempre conferir la debida intención y acentos a los mismos. Su musicalidad y conocimiento del estilo tampoco pueden discutirse, pero todo ello no logra enmascarar un material vocal ya muy mermado en cuanto a brillo, timbre y presencia sonora, con unos ascensos al agudo blanquecinos y al límite.

   Silvia Tro demostró su impecable profesionalidad, preparación y aplicación musical en el complicadísimo papel de Cecilio. La inclemente tesitura del mismo, compuesto para el castrato Venanzio Rauzzini, y la suprema dificultad de una escritura vocal llevada al límite, ya desde la inicial “Il tenero momento”-espléndida aria que constituye todo un tour de force en cuanto a virtuosismo vocal- pone en lógicas dificultades a una cantante que ni por técnica, ni por extensión puede superarlas satisfactoriamente (¿Quién podría?), pero sí completar una interpretación apreciable, de una profesional seria, esmerada, que conoce el estilo y ofrece un buen equilibrio vocal e interpretativo. Un tanto desaprovechada María José Moreno en el papel de Celia, que si bien cuenta con tres arias (se le corta una en esta producción) resulta un tanto pálido, además de ñoño e infantil, elementos que se acentúan en el montaje. Con la articulación del italiano más nítida de todo el elenco, con lo que sus recitativos se podían seguir sin problema alguno, la Moreno, siempre carina en escena, lució su timbre limpio, liberado, fresco y luminoso. Demostró, asimismo, su refinado concepto del canto, así como la precisión de las notas picadas y desahogo en el sobreagudo en la primera de sus arias “Se lusinghiera speme” y sobre todo en la magnífica “Quando sugl’arsi campi”, bella aria di paragone, es decir, que propone una comparación o relación entre el estado de ánimo del personaje y elementos de la naturaleza. Un papel in travesti -recogiendo la tradición de la ópera barroca, que consideraba que sólo las voces femeninas y los castrati reunían la suficiente estilización para expresar el sentimiento amoroso-, el de Lucio Cinna, fue servido por la Letona Inga Kalna que acentuó con contundencia, como queriendo destacar la masculinidad e ímpetu del personaje, pero resultando un tanto excesiva, más bien ruda, además de exhibir una emisión gutural y una coloratura emborronada. El tenor estadounidense Kenneth Tarver en la única aria de Aufidio que prevé la presente producción, la marcial “Guerrier, che d’un acciaro” mostró un timbre poco grato, pero gran valentía y facilidad en el sobreagudo. El trabajo de Ivor Bolton logró superar las limitaciones de una orquesta falta de transparencia y de pulimiento tímbrico y si no hubo especial fantasía ni contrastes, sí una dirección ágil, con pulso, estiliísticamente impecable, atenta a los cantantes y al escenario, reuniendo unos mínimos de tensión y capacidad narrativa. El que suscribe fue muy crítico con el nombramiento de Bolton como director musical del Real, pero el británico se está aquietando a su repertorio más afín y trabajando con seriedad y cierto entusiasmo con la orquesta. Después de unos buenos trabajos la temporada pasada en Billy Budd y Rodelinda, Bolton ha comenzando la presente con otro apreciable en la mozartiana Lucio Silla. El coro sonó desdibujado y escasamente empastado toda la noche.

   Claus Guth ha triunfado en el Real, justamente, con sus montajes de Parsifal y Rodelinda, pero en este Lucio Silla ya visto en el Liceo de Barcelona, no ha alcanzado ese nivel. Con una escenografía a cargo de Christian Schmidt poco grata a la vista, y un elemento central giratorio al igual que en los montajes anteriormente citados, la producción pretende superar ese estatismo de la ópera seria moviendo a los personajes, siempre dinámicos en sus arias y tiene el mérito de dotar de cierta agilidad y vida teatral a la narración, además de crear atmósferas -especialmente la opresiva de la tiranía de Silla- y aportar elementos simbólicos. Aunque los resultados no sean en todo momento satisfactorios, el montaje tiene una indudable factura, además de mérito y habilidad para superar el rígido esquema de la ópera seria y un libreto mediocre.

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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