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Crítica: Luisa Miller en Lieja con Ciofi y Kunde

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Autor: Alejandro Martínez
1 de diciembre de 2014

TRANSICIONES

Por Alejandro Martínez

29/11/2014 Lieja: Opéra de Liège (Opéra Royal de Wallonie). Verdi: Luisa Miller. Patrizia Ciofi, Gregory Kunde, Nicola Alaimo, Cristina Melis, Bálintz Szabó, Luciano Montanaro, Alexise Yerna. Massimo Zanetti, dir. musical. Jean-Claude Fall, dir. de escena.

   Qué curioso es este mundo de la lírica. Dos cantantes veteranos, con un oficio indudable, como Patrizia Ciofi y Gregory Kunde nos llevaron ni más ni menos que hasta Lieja, ciudad a la que raramente nos hubiéramos desplazado sin este aliciente. ¿El motivo? Un doble debut de los citados solistas con las partes de Luisa Miller y Rodolfo en esta ópera de Verdi. Sin duda la Ópera de Lieja, parte de la Opéra Royal de Wallonie, bajo dirección artística de Stefano Mazzonis di Pralafera, se apuntaba con ello un tanto y conseguía por unos días ser un centro de atención para la lírica europea.

   En el caso de Luisa Miller, estrenada en 1849 en el San Carlo de Nápoles, estamos sin duda ante una obra de transición (como de transición es el momento vocal de los dos solistas protagonistas), una partitura en cierto modo experimental, que comienza como La Sonnambula, con esos coros campestres en el Tirol (Ti desta, Luisa, regina de' cori), y que termina casi como Otello, con esa entrada de Rodolfo, “Hai tu vergato questo foglio?”, que parece presagiar no pocos instantes del moro de Venecia. La obra, no en vano, se sitúa al final del primer tercio de la producción de Verdi, justo antes de Stiffelio y la llamada trilogía popular (Traviata, Trovatore y Rigoletto). Así, la obra oscila entre el belcanto más genuino, con un canto ligero y florido, sobre todo en el primer acto, y singularmente en el caso del papel protagonista de Luisa Miller, y una elaboración más genuinamente verdiana de otra suerte de lirismo, plegado a una melodía más cargada de dramatismo, un tanto tremebundo a decir verdad, habida cuenta de las limitaciones evidentes del libreto.

   En el caso de Patrizia Ciofi sorprende francamente lo bien que le cae esta partitura, tan preñada de belcanto, y en la que brillan sus indudables dotes tanto para el canto spianato como para los pasajes de agilidad. Ya desde el comienzo, con un fresco y desenvuelto “Lo vidi e'l primo palpito“ se mostró Ciofi en plena forma. No hace mucho nos referíamos a su Traviata de Barcelona, un tanto decepcionante. Aquí sin embargo nos encontramos no sólo ante una solista solvente en el canto florido (“La tomba e un letto sparso di fiori”), sino ante una voz excelsamente proyectada, segura esta vez en el agudo y con un centro más confiado y sólido. Ciofi es además una artista con temperamento, de esas que ponen toda la carne en el asador cuanto están en escena, sin arredrase. Su gran escena, con “Tu puniscimi, o Signore” y “A brani, a brani, o perfido” fue un compendio de virtudes: agilidad, temperamento, lirismo, teatralidad. Fantástica pues debutando con un rol que le cae como un guante.

   Hemos elogiado uno tras otro los debuts de Gregory Kunde con diversos papeles verdianos en estas páginas (Radames, Otello, Manrico, etc). Lo cierto es que sólo cabe quitarse el sombrero ante su meditada ambición, mezcla de arrojo y oficio, que da como resultado un afán de superación ilimitado. Y es que al margen de su increíble estado vocal, impresiona en Gregory Kunde, sobre todo lo demás, su tesón. La seriedad con la que afronta cada nuevo debut no deja lugar a dudas: no es para él un juego y no se trata tampoco de caminar hacia un récord. Para él este momento de su carrera es un regalo inesperado y no sería justo desperdiciarlo. Pocos tenores habrán hecho tanta justicia a esa vocalidad de transición que encontramos en esta partitura, en la parte de Rodolfo, donde resisten pasajes de agilidad (El dúo “T'amo d'amor ch’esprimere” o la cabaletta “L'ara o l'avella apprestami”), otros de un lirismo netamente verdiano (“Quando le sere al placido”) y asimismo páginas de una mucho mayor hondura dramática (tanto en el dúo con Federica como en todo el tercer acto). Amén del espléndido remate en la frase final “La pena tua mira”, lleno de ímpetu, como era de esperar Kunde interpuso además varios sobreagudos marca de la casa en varios pasajes de la ópera, muy atinados. La química entre Kunde y Ciofi resultó asimismo evidente en cada una de sus intervenciones, singularmente en el emocionante final (“Ah piangi, il tuo dolore”).

   Tras un primer acto un tanto plebeyo, con un tosco “Sacra la scelta è d'un consorte, Ah fu giusto il mio sospetto", Nicola Alaimo nos convenció mucho más conforme avanzaba la representación, cuajando un notable tercer acto, destacando aquí sobre todo por el logrado acento en su dúo con Ciofi (“Andrem raminghi e poveri”) , noble y bien medido en el fraseo. La emisión abunda de tanto en tanto en sonidos sucios y abiertos y el fiato es irregular. Es además un actor un tanto envarado. En conjunto su Miller fue una suma de luces y sombras.

   Esta partitura pide además un equipo de secundarios francamente exigente: una mezzo y dos bajos. A decir verdad, salvo la templada labor de la italiana Cristina Melis con la parte de Federica, los dos bajos quedaron bien lejos de cubrir las expectativas. Aunque dotados de buenas voces, una emisión imposible (Bálintz Szabó) y un fraseo envarado (Luciano Montanaro) dejaron poco margen para valorar mejor su desempeño.

   A decir verdad nunca nos ha defraudado el trabajo de Massimo Zanetti con las partituras de Verdi. Ya le habíamos escuchado un Don Carlo y un Macbeth, ambos en Berlín, y con esta Luisa Miller volvió a demostrar que conoce este repertorio con familiaridad y que lo comanda con firmeza, generando en la orquesta una seguridad y confianza que la lleva a sonar sin duda por encima de su rendimiento habitual. Y es que no nos pareció la orquesta titular de este teatro una formación sobrada de medios, más bien al contrario con limitaciones evienpero espoleada por Zanetti consiguió ponerse a la altura de la pareja protagonista del reparto. El coro de la Ópera de Lieja mostró un buen material, aunque no siempre empastado.

   El trabajo escénico de Jean-Claude Fall para esta producción, ya estrenada en 2005, es más bien discreto. No es fácil resultar ingenioso con ese libreto, ciertamente. Pero la producción de Fall apenas va más allá de un decorado con dos escenografías de Gérard Didier, una a cielo abierto, con unos arboles, y otra en un interior bastante tosco y poco atractivo. La iluminación, muy primaria, de Martine André, no contribuye tampoco en modo alguno a engrandecer el discreto trabajo de Fall. Así las cosas, es el oficio escénico de los solistas el que sostiene al fin y al cabo la representación en materia actoral.

Fotos: Opéra Royal de Wallonie

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