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Manuel Fernández Caballero, el gran genio de la zarzuela

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26 de febrero de 2015

En el aniversario de su fallecimiento

MANUEL FERNÁNDEZ CABALLERO, EL GRAN GENIO DE LA ZARZUELA

Por Nuria Blanco Álvarez
   Manuel Fernández Caballero (Murcia, 14 de marzo de 1835- Madrid 26 de febrero de 1906) es sin duda uno de los mejores y más prolíficos compositores españoles del siglo XIX, dedicado especialmente al mundo de la zarzuela en todas sus variantes: zarzuela grande, género chico, género bufo,… siguiendo las tendencias formales que encontramos en la producción lírica española decimonónica. Su corpus, que incluye canciones, música religiosa y piezas instrumentales, asciende, en lo que a género lírico se refiere, a más de doscientas zarzuelas en uno, dos, tres e incluso cuatro actos y sus estrenos se cuentan por éxitos.

   Es el celebrado autor de obras tan emblemáticas como El dúo de La africana (1893), Los sobrinos del capitán Grant (1877), Gigantes y cabezudos (1898), La viejecita (1897), La marsellesa (1876) o Chateau Margaux (1887), que aun podemos ver hoy día de forma habitual en nuestros teatros, así, por ejemplo, El dúo de la africana abrirá el XXII Festival de Teatro Lírico Español del Teatro Campoamor de Oviedo, el próximo cuatro de marzo bajo la dirección musical de Rubén Díez y la dirección de escena de Emilio Sagi. Resulta inexplicable cómo hasta la fecha, su figura, que no sus obras, ha permanecido en el olvido, sin ningún estudio serio y profundo. Afortunadamente, podemos decir, que en unos meses presentaremos su completa biografía y estudio de sus obras, de lo que Codalario dará cumplida cuenta.

   La música de Fernández Caballero se caracteriza por la belleza y naturalidad de sus melodías y su especial sensibilidad hacia la esencia de la música popular, que ponía de manifiesto al introducir muy frecuentemente aires populares de las diversas provincias españolas en sus obras: pasodobles, canciones andaluzas, zorztzicos, seguidillas,… y muy especialmente jotas, en las que era verdaderamente un maestro. Tan experto era en ellas, que incluso hay una jota original del compositor en la zarzuela Las nueve de la noche (1875), que ha llegado a creerse folclórica, y quién no recuerda la famosa jota de Giuseppini de El dúo de La africana.

   Pero no sólo incluía el folclore español en sus obras. Su estancia en Cuba, donde desarrolló una intensa labor como profesor apartándose del mundo de la composición durante más de siete años (1864-1871), le embriagó de los ritmos propios de la isla y no pasó la ocasión de incluir guarachas, guajiras o habaneras en sus obras, y otros ritmos sudamericanos, como zamacuecas, en obras como Los sobrinos del Capitán Grant (1877), La niña bonita (1881), Somatén (1886), Cuba libre (1887) o La gallina ciega (1873) con la conocida habanera “De la patria del cacao” que incluso fue incluida por Sarasate en su repertorio.

   Es en 1854 cuando comienza su actividad profesional como compositor, con la zarzuela Tres madres para una hija y un par de años más tarde, gana en el Conservatorio de Madrid, donde finaliza sus estudios musicales, el Primer Premio de Composición Ideal que recoge de manos de la propia reina Isabel II. Sus primeros pasos en el mundo lírico pasaron desapercibidos, dedicándose especialmente a la zarzuela chica; en esta primera etapa de su producción tan sólo destaca El loco de la guardilla (1861). Puesto que no parecía encontrar un hueco en el ámbito musical español y por la inestabilidad política y social que vivía España en los años previos a la Revolución del 68, Fernández Caballero decide irse a Cuba con una compañía de zarzuela.

   Caballero reaparece en la escena española en 1872 con la zarzuela El primer día feliz, con nueva savia y un gran éxito. A pesar de que su nombre había caído en el olvido, supo hacerse de nuevo un hueco en los teatros españoles, llegando a ser director del Teatro de la Zarzuela durante la temporada 1874-75 y consiguiendo en esa década muchos de sus éxitos más notables; en zarzuela grande: Las nueve de la noche (1875), La marsellesa (1876) y El salto del pasiego (1878), y en el denominado género bufo: El siglo que viene (1876) y Los sobrinos del capitán Grant (1877), entre otros.

   En el verano de 1882 dirige los Conciertos que organiza la Sociedad Unión Artístico-Musical en los Jardines del Buen Retiro y al año siguiente se hace cargo del Teatro de Apolo, en sociedad con Chapí, Arrieta, Llanos y Marqués, actuando además de empresario como director de orquesta; por ello deja de estrenar sus obras en el Teatro de la Zarzuela, que fue su teatro de referencia durante veinticinco años y donde estrenó más de cuarenta zarzuelas hasta 1879.

   En 1885, el maestro Caballero, quizá motivado por la nostalgia de aquellas tierras y viendo en ello una oportunidad de dar a conocer su repertorio por allí, realiza una gira por Sudamérica con una compañía de zarzuela con la que representa sus obras más conocidas, recibiendo la misma acogida que ya obtuviera en España. Allá por donde iban él y sus obras, no dejaban más huella que la del rotundo éxito.

   Durante la década de los ochenta escribe ni más ni menos que sesenta y tres zarzuelas, casi todas ellas con el beneplácito del público. Destacan entre otras: Las mil y una noches (1882), Dar la castaña (1882), El Hermano Baltasar (1884) y La noche del 31 (1888) y aún más Los bandos de Villafrita (18884) y Chateau Margaux (1887).

   Poco a poco Caballero se va quedando ciego, de ahí que a en sus últimos años, fuese frecuente que sus zarzuelas fueran realizadas en colaboración con otros compositores, (a pesar de ello, sus más grandiosos éxitos sólo llevaban la firma del maestro Caballero), llegando incluso a tener que dictar de viva voz las notas a uno de sus hijos cuando pierde definitivamente la vista. De hecho, cuando fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1891, hubo de posponer su ingreso más de diez años hasta que, tras una exitosa operación de cataratas, recuperó la vista y pudo realizar el discurso de ingreso, que llevó por título Los cantos populares españoles considerados como elemento indispensable para la formación de nuestra nacionalidad musical, tema, como hemos dicho, recurrente en toda su música.

   Sin embargo, es en estos años de problemas de salud cuando alcanza su más alto grado de reconocimiento, regresa al Teatro de la Zarzuela del que se hace empresario desde 1896 hasta 1901 y donde estrena obras del género chico como La viejecita (1897), El señor Joaquín (1898) y las celebérrimas Gigantes y cabezudos (1898), -donde se incluye el famoso “Coro de repatriados”, otro de los puntos fuertes del maestro, que compuso numerosas piezas para coro en sus zarzuelas, otorgándoles en numerosas ocasiones un papel destacado-  y El dúo de La africana (1893), ésta última en el Teatro Apolo donde llegó a representarse doscientas once veces consecutivas, éxito sólo igualado por La Gran Vía de Chueca y Valverde en 1886, todo un hito en la historia de la zarzuela.

   El maestro Caballero continuó escribiendo hasta el final de sus días. Desde 1900 hasta 1906 compuso casi treinta zarzuelas más. Manuel Fernández Caballero fallece en Madrid en 1906, tal día como hoy, veintiséis de febrero. Su cuerpo de traslada al vestíbulo del Teatro de la Zarzuela, donde cientos de personas, unas anónimas y otras relevantes para la vida cultural, política y social le dan su último adiós. Meses más tarde, cuando Joaquín Larregla y Urbieta sustituye a Caballero en la Real Academia, le dedica las primeras palabras de su discurso de ingreso:

   “No. Los grandes hombres no debían desaparecer de esta vida, y realmente no desaparecen. Vive en nosotros su espíritu que son sus obras. Por eso, cuando escuchamos aquel bélico final del primer acto de La marsellesa, aquella apasionada jota de El dúo de La africana, aquel hermoso idilio musical que se llama Luz y sombra y aquel sublime coro de repatriados de Gigantes y Cabezudos, resurge a nuestros ojos la romántica figura del maestro Caballero, de aquel viejo artista, siempre joven de corazón y siempre henchido de entusiasmo, que, como Ayala, como Zorrilla y como Arrieta, parecían gloriosas figuras de nuestro Siglo de Oro, dignas de ser perpetuadas por el pincel de Velázquez”.

Autor:Nuria Blanco Álvarez
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