Crítica de José Antonio Cantón del Réquiem de Mozart ofrecido por la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, con el Orfeón Pamplonés bajo la dirección de Manuel Hernández-Silva
Descubriendo la esencialidad trascendente de Mozart
Por José Antonio Cantón
Murcia, 26-III-2026. Auditorio Regional ‘Víctor Villegas’. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. Orfeón Pamplonés. Solistas: Sabina Puértolas, Carol García, Pablo García-López y Damián del Castillo. Director del coro: Igor Ijurra. Director: Manuel Hernández-Silva. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart.
Uno de los conciertos más esperados de la actual temporada de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia (ÖRSM) ha sido el dedicado al Réquiem en Re menor K.626 de Mozart por la solvencia de los intervinientes en su ejecución liderados por el maestro Manuel Hernández-Silva, todo un garante estilístico dada su sólida formación vienesa y, en consecuencia, contrastada experiencia en el gran repertorio clásico. El interés se incrementaba con la actuación para esta ocasión del Orfeón Pamplonés, una de las formaciones corales más prestigiosas y de más dilatada historia de España así como un escogido cuarteto solista que, por su equilibrada respuesta vocal, fue determinante para el resultado final de una de las más completas veladas mozartianas presentadas por la ÖSRM a lo largo de su trayectoria de más de tres décadas.
La actuación se inició con una sólida versión de la Sinfonía núm. 38 en Re mayor, K.504 “Praga”, que sirvió para preparar el ánimo del oyente al sustancial sentido trascendente fúnebre que habría de ocupar la segunda parte del programa. Apareció de inmediato en ansioso ethos trágico del Adagio inicial de esta obra que supo indicar el director con unas dosis de tensión que necesitaban respiro y energía arrebatada, aspectos que contrastaban con momentos de suavidad, para finalmente ofrecer cierto optimismo emocional envuelto en un grado de ansiedad contenida reflejada en una sonoridad muy cuidada en el cromatismo que iba discurriendo. Así la interpretación se convertía en un detallado ejercicio de análisis musical expuesto con el más puro estilo vienés. Después de estas sensaciones, en el Andante subsiguiente el director orientó su discurso buscando su emocionante univocidad desde la sutil complejidad de su contenido, que condujo como si la música se deslizara por un laberinto de difícil salida, cargando así de dramatismo el mensaje de sus compases favorecido por el espléndido sonido que surgía de la sección de viento-madera. La elegancia que consiguió en su ejecución trascendía la forma, para adentrarse con resolución técnica en la fácil y distendida genialidad del autor, que alcanza en este movimiento uno de los instantes más sublimes de su capacidad en el tratamiento instrumental. Finalmente Hernández-Silva diluyó todo rastro de conflicto interior afrontando el Presto que cierra la obra con un aire chispeante y burlón, sabiendo extraer ese sentido irónico que lo caracteriza acentuado por la incisiva ligereza que imprimió a su impulso especialmente en los instantes contrapuntísticos de su parte final, que desarrolló con gran solemnidad en la cuerda contrastada con la espléndida actuación de los vientos a cuyos músicos extrajo lo mejor de sus cualidades técnicas y artísticas. La aceptación del público fue rotunda en complacencia, anticipándose así una mayor expectación en el auditorio ante el inminente encuentro con la interpretación del Réquiem.
Haciendo una alternante exposición de sentimientos de angustia y apaciguamiento, tristeza y esperanza, el director llegó a la esencia de esta obra maestra del arte universal trascendiendo su ejecución a un nivel trágico de acentuada dimensión lírica, sacando el máximo partido de los elementos vocales (solistas y coro) puestos al servicio del contenido litúrgico desde una exultante expresividad profana, convirtiendo música y palabra en un solo mensaje estético ante la realidad de la muerte que Mozart afrontaba cara a cara mientras pensaba en los pentagramas de esta paradigmática obra. Haciendo gala de cómo tienen que manifestarse los cuatro cantantes, el maestro hispano-venezolano estimuló el equilibrio dinámico y el empaste de sus voces desde la particularidad canora de cada una de ellas. Así supo adaptar con relevancia la calidad lírica del extraordinario momento actual de la voz de la soprano Sabina Puértolas, destacándola en los mantenidos pasajes agudos con suma determinación. Otro tanto se puede decir de cómo supo hacer patente el cálido timbre vocal de la mezzo-soprano catalana Carol García, de modo especial en los pasajes contrapuntísticos. Desde el conocimiento preciso de las facultades del tenor cordobés Pablo García, a quien bien conoce desde los inicios de su carrera, el director impulsó su musicalidad sabiendo dinamizar su emisión en los pasajes que requieren mayor agilidad, al permitir que se pudiera percibir con nitidez su voz en los compases de fijación de su principal línea canto, evitando la más mínima estridencia, lo que demostraba el buen entendimiento existente entre ambos. Así ocurrió también con el barítono Damián del Castillo que, en todo momento, mostró peso y autoridad vocal como fue bien percibido en el pasaje anunciador del Juicio Final, Tuba mirum, serenando las precedentes tensiones del Dies irae. Los cuatro solistas, desde su particularidad vocal, desarrollaron en todo momento un gran ejercicio de escucha activa entre ellos, aspecto que favoreció de manera notable su lucimiento individual aportando una destacada musicalidad al resultado final de la interpretación de tan excelso testamento mozartiano.
Preparado con distinción por su director titular desde 2005, el navarro Igor Ijurra, el Orfeón Pamplonés, agrupación coral bien conocida por el maestro Hernández-Silva en su etapa de titular de la Orquesta de Navarra entre 2018 y 2022, respondió con suma eficacia en los momento más relevantes de la obra como en el carácter fugado que requiere el Kyrie, fundiéndose con la orquesta con rigor rítmico y empaste dinámico. Se manifestó con la agresividad que requiere el Dies irae, sabiendo mantener en todo instante la densidad sonora que exige su tensionado texto. En Rex tremendae sus voces transmitieron ese particular aliento desolado de desgarrador efecto, mostrando su mejor lirismo en el clima fúnebre que contiene el Lacrymosa, convertido en una página de inmenso e insuperable dolor que resolvieron más desde un canto directo, bien definido, que suplicante, al quedar de manifiesto un dominio de la respiración que favoreció siempre su impecable expresividad cargada de máxima emotividad en la que el maestro Manuel Hernández-Silva supo sacar ese punto de perplejidad tan difícil de descubrir en el trascurso musical de este genial pasaje en el que Mozart supo anticiparse con mayestática dignidad y excelencia estética a su propia muerte. La ÖSRM alcanzaba así uno de los conciertos más relevantes de sus últimas temporadas haciendo más que bueno el trabajo realizado por el director, llamado a ser un cada vez mayor impulsor y valedor del creciente estado de forma de esta orquesta.
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