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Crítica: María Esther Guzmán con Lucía Marín en el Festival de la Guitarra de Córdoba

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Autor: José Antonio Cantón
14 de julio de 2022

La guitarrista María Esther Guzmán participa en el Festival de la Guitarra de Córdoba bajo la dirección de Lucía Marín y con la Orquesta Joven de Andalucía 

María Esther Guzmán

Delicado tañido y apasionada dirección

Por José Antonio Cantón
Córdoba, 08-VII-2022. Gran Teatro. XLI Festival de la Guitarra de Córdoba. Orquesta Joven de Andalucía. Solista: María Esther Guzmán (guitarra). Directora: Lucía Marín. Obras de Rodrigo, Tchaikovsky y Verdi.

   En colaboración con el Programa Andaluz de Jóvenes Intérpretes integrado en la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales de la Junta de Andalucía, el Festival de la Guitarra de Córdoba ha organizado un segundo concierto en el que ha contado con participación orquestal, en esta ocasión la Orquesta Joven de Andalucía (OJA), dirigida por la linarense Lucía Marín, concertando con la prestigiosa guitarrista hispalense María Esther Guzmán. Desde su diferente temperamento, ambas se complementaron de forma más que interesante en la obra que justificaba la acogida de esta actuación por este importante evento guitarrístico; la Fantasía para un gentil hombre, para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo.

   Con un discurso sereno afrontaron el aire adagietto del primer movimiento que lleva por título Villano y Ricercare. La solista ahondó en el estilo preclásico que destila este pasaje haciendo que su instrumento cantara con gran nobleza, sentido que la directora asumió con absoluta convicción desde el pódium, respetando el manierista estilo del tema de Gaspar Sanz, gran guitarrista turolense (Calanda) del siglo XVIII, compositor al que admiraba Joaquín Rodrigo y en el que se inspiró para su Fantasía. El según tiempo, Españoleta y Fanfare de la caballería de Nápoles, el más curioso por el contraste que supone la agradable melodía de su primera parte con los sorprendentes giros y disonancias que contiene la segunda, que ocupa su parte central, estuvo muy encajado en ritmo y acertado diálogo entre las partes concertantes, cuyo efecto se mantuvo adquiriendo mayor vitalidad en el tercer tiempo; Danza de las hachas, un Allegro con brío que provocó un aumento de dinámica en la solista y en la orquesta con la consiguiente atracción para el oyente. Ésta se mantuvo en la interpretación de la danza canaria que ocupa el último movimiento, en el que destacó la cadencia de la solista, realizada con una claridad de pulsación muy definida y un refinado estilo imitativo. Los aplausos no se hicieron esperar a ambas intérpretes, que compartieron un sentimiento de complacencia ante el acierto logrado en el precioso contenido musical de la obra.

   Antes y a modo de predisponer al auditorio, la OJA se presentó con la famosa obertura de La forza del destino de Giuseppe Verdi. Lucía Marín supo transmitir, desde su intensa cinesis, todo el dramatismo y veracidad de expresión que requiere esta página, en la que se concentra a modo de popurrí toda la temática escénica y musical a desarrollar a lo largo de esta ópera. 

   Como resultado mayor de su estival periodo de trabajo y perfeccionamiento que ha tenido lugar en Mollina en la primera semana de julio, la OJA interpretó la Quinta sinfonía en mi menor, op. 64 de Piotr I. Tchaikovsky, todo un campo de experimentación para desarrollar conjunción orquestal y determinación de mando y conducción en quien se proponga dirigirla. En este último sentido hay que decir que Lucía Marín transmitió absoluta seguridad a sus indicaciones que se sustentaban en el desarrollo de una memoria al detalle de la partitura, dada la confianza que desprendía la soltura y espontaneidad de su gestualidad.

   Destacando muy resumidamente los aspectos más destacables de su dirección hay que mencionar la profundidad de emoción con la que expuso el Adagio de apertura, dejando la sensación de un estudiado y trabajado empaste entre la cuerda y los vientos, gran secreto del mensaje que pretende aquí el compositor. Enlazó con creciente tensión el allegro subsiguiente, generando una expansiva sonoridad en la orquesta que parecía desenfrenarse ante el impulso juvenil de sus componentes. Las distintas oposiciones rítmicas que se suceden a lo largo de su desarrollo fueron expuestas con férreo control métrico y diferenciación dinámica, aspectos que se nota cuida al máximo esta directora, que aplicó gran nobleza al canto de la trompa que anunciaba su tema reforzado por la imitación del clarinete, para proseguir con un lirismo de manifiesto calado que impregnaba todo el cuerpo orquestal hasta episodio central en el que los metales, con su sombría sonoridad, generaron un nuevo y contrastado estado de ánimo más denso y reflexivo, para  culminar con una coda de profunda serenidad. Parecía como si estuviera analizando la partitura con el movimiento de sus brazos.

   La elegancia animó el vals que ocupa el tercer movimiento, un moderado allegro de sutil gracia y repiqueteo rítmico en su contratema, en el que también se apreciaba el trabajo realizado en los ensayos para alcanzar el buen grado de precisión métrica que ofrecía la orquesta, especialmente en el contrastante stacatto de la cuerda y la sección de madera, que realizaron ajustado en la forma y con gracia en cuanto a expresividad. El drama sinfónico terminó con un tratamiento solemne por la grandiosidad con la que fue planteado el andante inicial del Allegro vivace último,  todo un canto triunfal energizado por una dirección expansiva en máximo grado, que hacía que la orquesta se manifestara con una dinámica al tope de sus posibilidades, hecho al que contribuyó en gran manera la destacada intervención de la percusión y los metales, como elementos impulsores del frenesí que llega a manifestarse en este movimiento. 

   Se cerraba así uno de los programas más atractivos del Festival por la oportunidad que supuso para el público disfrutar de las jóvenes promesas llamadas a ser, en una deseable mayoría, los protagonistas del panorama orquestal andaluz en el futuro.

Foto: Festival de la Guitarra de Córdoba

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