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Crítica: María Joao Pires y Daniel Harding cierran el ciclo de La Filarmónica de en el Auditorio Nacional

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
21 de mayo de 2018

Inconmensurable Pires

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 17-V-2018. Ciclo de La Filarmónica. Orquesta de París. María Joao Pires (piano). Director musical: Daniel Harding. Concierto para piano y orquesta nº 3 en do menor, op. 37 de Ludwig van Beethoven. Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 de Johannes Brahms.

   La tarde del miércoles 17, La Filarmónica clausuraba su sexta temporada con uno de los conciertos más esperados del año. Y es que, desde que la magnífica pianista portuguesa María Joao Pires nos anunció el pasado diciembre su paulatina retirada de los escenarios de todo el mundo, sus múltiples admiradores vivimos con el corazón en un puño.

   Este mismo mes de marzo, ya canceló una de sus visitas previstas a Madrid junto a la London Symphony Orchestra, pero afortunadamente, en esta ocasión subió al escenario de la mano de Daniel Harding y la Orquesta de París, y no solo eso. Anuncia un nuevo recital a cuatro manos junto a Lilit Grigoryan para un programa “Todo Mozart” el próximo mes de noviembre.

   Lo que más he admirado de la portuguesa a lo largo de su carrera es qué nunca defrauda. Quizás lo único que la hubiéramos pedido es que hubiera abordado un repertorio algo más amplio, pero es evidente, que cuando hablamos de Mozart, Schubert, los nocturnos de Chopin o su Concierto en fa menor, hablamos de una referencia absoluta. A esas obras de cabecera se le han sumado desde hace unos años los Conciertos segundo, tercero y cuarto de Beethoven. Una grandísima versión de este mismo Tercero, se la pude escuchar hace un par de años en el neoyorquino Carnegie Hall, junto a la Orquesta Sinfónica de Montreal y Kent Nagano.

   Por muchas veces que la hayas visto, no deja de sorprenderte –otra vez más– ese perfecto equilibrio entre suexcelente refinamiento tímbrico, su cuasi perfección en la digitación, esa sutileza al tocar, esos arpegios, esos trinos y esas caricias a las notas que hacen que la música fluya de la manera más natural posible, todo ello sin perder el poderío e impacto que buscas en la música del sordo de Bonn. Su interpretación huyó de todo tipo de efectismos, centrándose en lo puramente musical. Sin aspavientos ni gesticulaciones innecesarias, y sin esfuerzo aparente alguno, con una tranquilidad pasmosa, desplegando musicalidad y poesía a partes iguales, nos dejó para el recuerdo una versión expresiva ydramática, donde las escalas y los trinos fluíancon una naturalidad pasmosa, y que en el Allegro con Brío inicial tuvo su culminación en una “cadenza”muy lírica, que combinó poderío y sutileza a partes iguales, realmente emocionante. Cómplices de ello fueron sin duda el británico Daniel Harding –director que hasta la fecha no ha sido santo de mi devoción–y la Orquesta de Paris. El Sr. Harding marcó un tempo amplio y bien modulado tanto en la introducción orquestal como en la recapitulación. Desplegó un fraseo intenso y la sintonía con la Sra. Pires fue evidente, de modo especial en una coda ejemplarmente ejecutada.

   El Lento posterior fue memorable. Pires desplegó todo su lirismo, con la emoción a flor de piel, y Harding y la orquesta estuvieron de nuevo a su nivel. El complejo Rondó final, ejecutado de manera clara y diáfana, permitió de nuevo el lucimiento de todos y tuvo ese poso que rara vez se alcanza, que solo está al alcance de los más grandes, y que te embelesa de tal manera que pareceque no hubiera otra manera posible de interpretarlo.

   Con el acorde final el público estalló con ovaciones interminables. María Joao Pires se hizo de rogar, pero tras cuatro salidas a saludar volvió a demostrar una genuina complicidad con Daniel Harding. Éste sacó de su chaqueta las gafas de la portuguesa, se las entregó, y ambos nos regalaron una transcripción para piano a cuatro manos –Pires se puso en la parte alta del piano y Harding en la baja– de La mañana, el movimiento inicial de la Suite Peer Gynt de Edward Grieg, realmente preciosa.

   Era difícil recobrar la concentración tras tantas emociones, pero aun así, la Orquesta y el británico ofrecieron una versión intensa y de tiempos amplios de la Sinfonía n° 3 en fa mayor de Johannes Brahms. Fluida y natural, tuvo su culmen en el Allegro final, bien fraseado y donde cuerdas y maderas estuvieron sobresalientes. El público se mostró muy cariñoso en los saludos finales a los que orquesta y director respondieron con una apasionada Nimrod de las Variaciones enigma de Edward Elgar.

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