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Crítica: 'Maria Stuarda' en el Metropolitan de Nueva York, con Sondra Radvanovsky y debut de Celso Albelo

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
11 de febrero de 2016

POR EL BUEN CAMINO

Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Metropolitan Opera House  8/2/2016. Maria Stuarda (Gaetano Donizetti / Giuseppe Bardari). Sondra Radvanovsky (MariaStuarda), Elza van den Heever (Elisabetta I), Celso Albelo (Roberto Leicester), Patrick Carfizzi (Guglielmo Cecil), KwangchulYoun (Giorgio Talbot), MariaZifchak (Anna Kennedy). Dirección Musical. RiccardoFrizza. Dirección de escena: Sir David McVicar.

   Cuando hace un año se desveló la temporada actual del MET, uno de los platos fuertes, sin duda, fue la programación de la trilogía Tudor de Gaetano Donizetti. No son operas populares en Nueva York. Aunque sea algo difícil de creer, ninguna de ellas se había estrenado en los siglos XIX y XX en el MET. La primera que subió a las tablas del MET fue Anna Bolena en 2011 de la mano de Anna Netrebko. La temporada siguiente fue el turno de Maria Stuarda con Joyce Didonato, y será al final de esta temporada cuando se estrene Roberto Devereux. El único precedente, histórico sin duda, fue cuando Berverly Sills encarnó los tres personajes en la entonces vecina New York City Opera en la década de los 70.

   La encargada de enfrentarse a “este miura” es la soprano norteamericana Sondra Radvanosky. A sus 46 añosse encuentra en un momento excelente de forma y en plenitud de su carrera. Sin embargo no es un nombre que asociemos al repertorio belcantista, donde coloratura y estilo son algo que hay que dominar. Ha debutado ya los tres papeles con anterioridad (sin ir más lejos en Bilbao se pudo ver su Maria Stuarda hace un par de años), pero no es fácil pasar de papeles pesados donde con una buena técnica y la impresionante voz de la Sra. Radvanosky tienes mucho ganado. Ese es el reto y desde mi punto de vista es admirable el asumirlo.

   La primera prueba del reto fue Anna Bolena al comienzo de la temporada. Los resultados fueron muy buenos, pero no sobresalientes. Le costó entrar en el primer acto donde estuvo algo dura, no despegó y se le vieron algunos problemas en la zona alta que terminaron con un agudo final corto y destemplado.  Tras el descanso fue a más en el dúo con Seymour, hizo una excelente escena del juicio y terminó con una escena final en la Torre de Londres de quitar el hipo, donde cada palabra y cada frase tenían su sentido y donde aún impresionó más.

   Maria Stuarda es una obra compleja. Primero porque los personajes, sobre todo las dos reinas lo son. Maria Estuardo, reina de los escoceses, llegó al trono con tres años. Desde los 5 a los 18 vivió en Francia, primero como prometida del Delfín, luego como esposa y unos meses como viuda. Desde su vuelta a Escocia hasta su muerte en el cadalso, 26 años después, reinó solamente 6 años y estuvo encerrada cerca de 20. Todos sus amantes murieron de manera más o menos violenta e incluso pretendientes como Don Juan de Austria murieron en la flor de la vida. Por su parte, Isabel I de Inglaterra, la reina virgen, no estaba destinada a serlo y sin embargo fue una de las más longevas. Estuvo a punto de ser ejecutada por su hermanastra. Siendo firmemente protestante tuvo el apoyo del rey católico Felipe II, marido de su hermanastra Maria Tudor para subir al trono y vivió en un difícil equilibrio, en una época en que la línea divisoria entre religión y poder no estaba clara. Y segundo, porque el maestro de Bérgamo, aunque musicalmente compone una ópera tradicional, dramáticamente cimenta su obra en el enfrentamiento entre las dos reinas, y éstas solo se ven cara a cara en una escena. El primer acto es fundamentalmente de Isabel mientras el segundo es de Maria. Los papeles masculinos son difíciles pero con poco lucimiento comparados con los femeninos.  La obra fue compuesta en 1834, cuando Donizetti era en la práctica la cabeza de la escuela operística del belcanto italiano. Rossini llevaba varios años sin componer, a Bellini solo le quedaba terminar I puritani antes de morir, y aún faltaban varios años para que Giuseppe Verdi entrara en liza.

   Elisabetta fue interpretada por la sudafricana Elza van den Heever. Su voz es estraña y en parte contradictoria. Sus graves son muy pobres. El centro es agrio, desagradable, por momentos algo áfono. Sin embargo en cuanto subimos al agudo, gana prestancia, se hace metálico y lo proyecta bien. Saca adelante agilidades solventes, matices en palabras y frases, y variaciones en las estrofas. Escénicamente borda el personaje, dibujado de una manera bastante caricaturesca por el Sr. McVicar. Vestida suntuosamente por John Mac Farlane unas veces de rojo, otras de blanco y negro con vestidos entubados, tipo miriñaque, que hemos visto en alguno de sus retratos, se mueve por el escenario con la cara empolvada de blanco, encorsetada de arriba a abajo.

   Sondra Radvanosky por su parte se lleva la función a su terreno partiendo de lo que nunca falla en escena: su voz. Una voz que a priori no es muy atractiva, no es particularmente bella,pero que es un flujo inagotable de sonoridades, que te taladra los tímpanos, que corre por el escenario, que llena el inmenso teatro, y que, si se abrieran las puertas, llegaría sin problemas a Central Park. Como decíamos arriba, los hándicaps son importantes, sobre todo desde el punto de vista del estilo y de la coloratura; sin embargo cada vez más es capaz de dominar esa voz, manejar dinámicas, ligar frases con gusto y hacer filados de quitar el hipo.

   En su primera aparición en la escena del Castillo de Fotheringhay ya avisó de que algo importante iba a ocurrir.Se notó el trabajo realizado. En el aria “Oh, nube ! che lieve per l'aria ti aggiri” fraseó con gusto, hubo trinos, crescendos, diminuendos, pianissimos y voz plena. Llegaron los primeros bravos. Pero donde realmente Sondra impresiona es en las escenas de conjunto, cuando enfrenta su voz al resto del elenco. En el dúo con Elisabetta, su alegato “figlia impura de Bolena” puso firmes a todos y en el sexteto final su voz se elevó por encima de compañeros, orquesta y coro atacando con valentía el agudo final que sin embargo, le quedó corto y algo deslucido.

   La escena de la confesión fue el momento cumbre de la noche. La tensión fue subiendo por momentos, con un canto legato de primera, con medias voces, dando sentido a cada frases. No se quedó a la zaga el coreano Kwangchul Youn dándole réplica prácticamente frase a frase. En la escena final se le notó el cansancio y pensé que no iba a subir al agudo final. No fue así. Le volvió a echar valor y aunque destemplado y corto, lo dio, mientras se quitaba el vestido negro para subir al cadalso vestida de rojo, color de las mártires católicas. Admirable el que una soprano como ella, que ya tiene poco que demostrar, se adentre en el terreno pantanoso para ella de las heroínas belcantistas con este resultado y a pesar de los problemas ya mencionados.

   El problema de obras como esta es que al lado del volcán Radvanosky, parece que no hay nada más. Y no es así. El tenor canario Celso Albelo debutaba en el MET con el difícil papel de Leicester, donde las posibilidades de lucimiento no son muchas. Arrancó tenso, forzado, sin terminar de liberar la voz. En la cavatina “Oh piacere! Ah! rimiroil bel sembiante” fraseó con gusto pero demasiado contenido, el sonido fue pobre y el agudo final tirante. Elevó el nivel en el duetto con Maria y en los sextetos anterior y posterior a la escena de las reinas, aunque reservó su mejor momento para sus frases “Io ti rivedo….Vicina a morte...” y “Temete un Dio dell'innocenzavendicator!” de la escena final. En una época en que tenores claramente inferiores a él como Stephen Costello o Taylor Stayton suelen abordar estos papeles en el MET, espero verle más a menudo.

   Esta semana es la primera vez que he visto a Kwangchul Youn en repertorio italiano. Me ha dejado gratamente sorprendido tanto en Trovatore como aquí. Si el sábado exhibió autoridad y rotundidad como Conde de Luna, aquí dotó de una ternura exquisita al personaje de Talbot. Tanto Patrick Carfizzi con su voz un tanto gutural como Maria Zifchak cumplieron como Cecil y Ana

   La dirección de Riccardo Frizza pasó sin pena ni gloria. Se limitó a concertar de principio a fin, eso sí, con un cuidado exquisito a los cantantes. Todo en su sitio, ni lirismo de más ni de menos, con ese punto que no sabes si es solvencia o rutina, porque quizás sea ambas cosas. Muy bien orquesta y coros.

   La producción del  escocés Sir David McVicar se estrenó en la noche vieja de 2012 con Joyce DiDonato y la Sra. van der Heever. El telón pintado con un león y un águila rojos te muestra desde que te sientas que estás en territorio real. Todas las escenas excepto la del parque de Fotheringhay tienen un trato minimalista con un fondo ahora rojo, ahora negro en función de si estamos en el palacio de Isabel, en la celda o en el patio de la ejecución, y dos paredes laterales que cierran la estancia. La escena del parque tiene un toque impresionista en el fondo del escenario, con árboles desnudos en el resto del escenario que ya se han visto en otras producciones. La dirección de actores trata de resaltar las figuras históricas de la obra con mención especial al excelente trabajo de la Sra. van der Heever.

   Jornada inolvidable que nos ilusiona de cara al Roberto Devereux, culminación de la trilogía que aún se hará esperar un par de meses.

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