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Crítica: Recital de Marina Monzó en las «Notas del Ambigú» del Teatro de la Zarzuela

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11 de octubre de 2018

Breve ensoñación decimonónica

   Por David Santana
Madrid. 9-X-2018. Teatro de la Zarzuela. Notas del Ambigú. Marina Monzó, soprano; Rubén Fernández Aguirre, piano. Obras de Manuel García y Gioachino Rossini.

   Arranca por tercer año consecutivo el ciclo del Teatro de la Zarzuela Notas del Ambigú. Este formato, estrenado en la temporada 2016/2017 por iniciativa del escenógrafo y director de la casa Daniel Bianco, viene, desde entonces, cosechando un gran éxito, puesto que ofrece un tipo de espectáculo mucho más íntimo, a la vez que distendido, en un edificio histórico y de gran relevancia para la historia de la música, en pleno centro de Madrid.

   A pesar del riesgo que supone asistir a un evento sin asientos numerados y que puede presumir de haber sido en sus pasadas ediciones muy concurrido, el público esperó hasta el último momento para sentarse y aún con los aplausos que recibieron a los protagonistas de la velada, algunos apuraban las copas de vino antes de dirigirse a sus sillas. Había algo diferente en el ambiente, como... ¿decimonónico? Los intérpretes saludaron al público, Rubén Fernández Aguirre tomó asiento en la butaca del piano y comenzó el viaje en el tiempo.

   Seguíamos en el Teatro de la Zarzuela, pero en una fecha más próxima a su inauguración hace ya más de 150 años. En España reinaba Isabel II y a la salida de la facultad de Filosofía y Letras del barrio del Noviciado, un compañero de estudios aficionado a la prensa italiana me había hablado de la joven soprano que tan buenas críticas había cosechado en Pesaro y que actuaba esa misma en el teatro que Barbieri y su sociedad empresarial acaban de inaugurar. Sin dudarlo un instante y con nuestras capas como única defensa contra la fina lluvia que proclamaba que en Madrid el otoño comenzaba a asentarse descendimos por la calle Ancha de San Bernardo en dirección a la calle de los Maldonado.

    El repertorio era del archiconocido tenor Manuel García que había tenido un gran éxito internacional, aunque quien de verdad había entusiasmado había sido su hija, la Malibrán. Mi acompañante, mucho más instruido en música que yo, rabiaba diciendo que por culpa del señor García ahora los gabachos pensaban que todos éramos bandoleros y contrabandistas pero, por otra parte, había puesto de moda lo español y, mientras en los salones burgueses de toda Europa triunfaban las habaneras, los boleros y las seguidillas; entre las universitarias extranjeras triunfaba el aguerrido estudiante español, así que, por mi parte, tenía mucho que agradecer a don Manuel García.

   La prensa italiana no exageraba con la juventud de la soprano Marina Monzó. Su chorro de voz parecía impropio de alguien tan joven. En todo momento demostró una gran potencia vocal que no le impidió realizar con gran ligereza los adornos con los que Manuel García trataba de emular a la música popular española: florituras, requiebros, escalas frigias descendentes y demás recursos que nos trasladan inequívocamente a la imagen que se tenía en el siglo XIX de la música popular española.

   Fue alternando obras que requerían una mayor destreza vocal –como «Serení», «Parad, avecillas», «Prendi il figlio» y las obras seleccionadas de Rossini–, en las que demostró su dominio de la técnica vocal, con obras más ligeras, en las que era más importante el planteamiento con el que se interpretasen tales piezas que las habilidades técnicas que se requerían. En este segundo caso, destacó especialmente al hacer gala de sus muchos recursos–rubatos, variación en los matices e incluso diferente color en la voz– y ofrecer al público propuestas muy interesantes. Las más aplaudidas fueron las piezas «Caramba» y «El riqui, riqui». En ambos casos mostró gran naturalidad, dominando el espacio, moviéndose con soltura y seduciendo al público con sus licencias perfectamente acordes con el contexto de mediados de siglo tan presente en esta velada.

   Es inevitable pensar que en estos casos contó con la inestimable ayuda de un cómplice que en este caso resultó ser el pianista baracaldés Rubén Fernández Aguirre que, a pesar de que trató de no llamar la atención en favor de la soprano, sí que destacópara el ojo crítico al demostrar su talento como acompañante siguiendo en todo momento las propuestas que hacía Marina Monzó con gran naturalidad y con la complicidad propia de un pianista experimentado en el acompañamiento vocal.  

   En las propinas Fernández Aguirre hizo un alegato por las lenguas cooficiales del territorio español antes de interpretar una obra muy conocida del repertorio catalán, «El cant dels ocells»,en memoria de la desaparecida voz de Montserrat Caballé. Un homenaje que resultó muy íntimo y en el que la soprano Marina Monzó pudo demostrar que su voz no es solo potencia y que puede ser domada para crear un aura mística e intimista propia de la elegía en la que transformaron, pianista y cantante, la popular pieza catalana.

   Con el objetivo de no acabar con tristeza, según afirmó Fernández Aguirre, se ofreció una segunda propina en la que se hizo un homenaje al anfitrión de la casa: Francisco Asenjo Barbieri y se interpretó una de sus arias más famosas: la «Romanza de la Paloma», de El Barberillo de Lavapiés. Una elección que agradó a un público que salió del teatrotarareando la célebre melodía. A título personal, he de alegar que, como buen decimonónico, terminé la velada con una taza de café en una cafetería de la cercana Puerta del Sol antes de coger el tranvía subterráneo para regresar al siglo XXI.

Autor:David Santana
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