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Crítica: Mariss Jansons dirige la 'Séptima sinfonía' de Shostakovich en el Carnegie Hall dentro de su gira americana

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
24 de abril de 2016

INOLVIDABLE

Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall. 20/4/2016. Orquesta Sinfónica de la Radiodifusión Bávara(BRSO). Director musical: Mariss Jansons. Sinfonía n° 7 “Leningrado” de Dmitri Shostakovich.

   Tras una gira americana que les ha llevado a Washington, Chapel Hill, Montréal, Ann Arbor, y Chicago, los músicos de la Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara, con su director titular Mariss Jansons han aterrizado esta semana en Nueva York para dar dos programas. En el primero, programaron 3 obras: La Fantasía sobre un ostinato  del neoyorquino John Corigliano, obra que el propio Jansons estrenó en el Carnegie Hall en su época como titular de Pittsburgh; el Concierto para violín de Erich Wolfgang Korngold con Leonidas Kavakos; y la maravillosa Sinfonía n° 8 de Antonin Dvorak. En el segundo, la velada estaba dedicada exclusivamente a la monumental Sinfonía Leningrado del compositor ruso Dmitri Shostakovich.

   Han corrido ríos de tinta sobre esta obra. Su composición ya fue compleja. En solo seis meses, Shostakovich empezó a la composición en julio de 1941 bajo los bombardeos nazis que habían sitiado la ciudad. En octubre fue evacuado a Kuibyshev, en la región del Volga donde la terminó en diciembre. Su estreno tuvo lugar en la propia ciudad de Kuibyshev el 1 de marzo de 1942, y fue retransmitida por radio a todo el país. A finales de marzo se estrenó en Moscú y el 9 de agosto en un Leningrado sitiado aún por los nazis, en lo que constituyó una victoria propagandística sobre los invasores. También es conocida la pugna entre Arturo Toscanini, Sergei Koussevitzki  y Leopold Stokowski por estrenar la obra en EE.UU., a donde llegó microfilmada en un rocambolesco viaje con escalas en Teherán, El Cairo y Buenos Aires. Fue el italiano quien se llevó el gato al agua y la estrenó con su Orquesta de la NBC el 19 de julio de 1942, y tres meses más tarde la estrenó en el Carnegie Hall con la NYPO.

   La interpretación de ayer fue magnífica. Me cuesta recordar no ya una versión mejor sino incluso alguna prestación mejor de esta magnífica orquesta, forjada bajo las batutas de Eugen Jochum, Rafael Kubelik, Colin Davis y Lorin Maazel, hasta llegar hace ahora trece años a la del director letón. A pesar de que la he podido ver en 10 ocasiones de la mano sobre todo de Maazel y del propio Janssons, tendría que remontarme al mítico concierto de Carlos Kleiber en el Palau de la Música de Valencia en febrero de 1999 para recordar algo similar. Ya en el “allegretto inicial”, el arranque de las cuerdas densas y profundas nos dio una idea de lo que podía ser la noche. En la segunda sección, de un refinamiento técnico soberbio se lucieron las flautas y el concertino. La marcha empezó con unos “pianíssimi” del tambor y de la cuerda en pizzicato prácticamente imperceptibles, marca de la casa. Con tempo amplio fue creciendo gradualmente, llevada con mano firme y remarcando cada uno de los detalles hasta el primer clímax. Ahí, el Sr. Jansons ralentizó aún más la siguiente escala ascendente que termina con el segundo clímax con los metales y el gong consiguiendo un efecto imponente. La tensión subió a raudales y solo se relajó en la recapitulación del primer tema de las cuerdas, y posteriormente en la coda.

   En el “moderato”, llevado a tempo relajado, se lucieron prácticamente todas los vientos, principalmente oboe y metales. El “adagio” fue impresionante. El arranque de las maderas fue enérgico, preparando la entrada de unas cuerdas intensas, fraseando “a la rusa”. El tema posterior en que la flauta describe las calles y muelles de la ciudad de Leningrado al atardecer fue de una belleza elegante, señorial, para hacernos olvidar que la ciudad estaba sitiada, y nos llevó sin solución de continuidad a la marcha donde las cuerdas sonaron de nuevo incandescentes, y los metales ácidos, con toda la sección de trompetas en estado de gracia.

   El “allegro ma non troppo” final fue un nuevo ejercicio de virtuosismo por todas las secciones de la orquesta, galvanizada por el maestro letón quien jugó con sonoridades y dinámicas, y exhibiendo un gran sentido del “rubato”, fue dejando fluir la música de principio a fin.

   La coda, imponente,  construida al detalle, milimétricamente, con una transparencia cristalina que te permitía oír casi a cada instrumento por separado, fue el digno colofón a un concierto excepcional. Nada más terminar, todo el patio de butacas se puso en pié aclamando tanto a orquesta como a director, quien levantó a saludar primero a todas las maderas uno a uno, a continuación a los metales y percusión por secciones, y finalmente a las cuerdas también por secciones. Aplausos y bravos fueron bastante más largos de lo habitual, con un total de seis salidas a saludar.

   El que suscribe ha tenido la oportunidad de ver grandes versiones de esta obra a insignes maestros como Neeme Jarvi, Ingo Metzmacher, Semyon Bychkov o Valery Gergiev. Solo recuerdo algo similar a lo de ayer hace 25 años, cuando en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, el director ruso Gennadi Rozhdestvenski con su Orquesta del Ministerio de Cultura de la URSS, nos descubrió esta obra a muchos melómanos. Inolvidable.

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