Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto de la Orchestra della Svizzera Italiana en Ibermúsica, bajo la dirección de Charles Dutoit, con Martha Argerich como solista
La eterna grandeza de Martha Argerich
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 18-III-2026, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Ma mère, l’oye – Mi madre la oca (Maurice Ravel). Concierto para piano núm. 1, Op. 15 (Ludwig van Beethoven). Martha Argerich, piano. Sinfonía núm. 4, Op. 90 “Italiana” (Felix Mendelssohn). Orchestra della Svizzera italiana – Orquesta de la Suiza Italiana. Director: Charles Dutoit.
Todo un acontecimiento este concierto del ciclo Ibermúsica, particularmente, por la presencia de toda una leyenda del piano, Martha Argerich, situada, sin duda, en el Olimpo de los elegidos de la historia del teclado.
Además, concurría acompañada de su ex esposo el director suizo Charles Dutoit al frente de la Orquesa della Svizzera Italiana, formación fundada en 1933 bajo el manto de la Radio Suiza Italiana.
La maestría como orquestador de Maurice Ravel brilla con todo su esplendor en Mi madre la oca, una composición originariamente destinada a piano a cuatro manos para niños. Quizás a la orquesta, buena, pero no extraordinaria, le faltó ese punto más para exponer todas las primorosas tímbricas y variedad de colores de la alfombra orquestal tejida por Ravel. Sin embargo, el veterano Charles Dutoit, tieso como un huso a sus 89 años de edad, escanció con delicadeza, refinamiento y transparencia expositiva las sonoridades impresionistas, así como la apropiada atmósfera de misterio, con notable actuación de las maderas y el violinista concertino de la orquesta.
El Concierto para piano número 1 de Beethoven fue escrito posteriormente al que lleva el número 2, pero publicado con anterioridad y nos muestra un Beethoven aún tributario del clasicismo del Mozart y Haydn, pero capaz de dejar la impronta de su carácter, maestría y personalidad. La Argerich sitúa al recensor en una de esas escasas ocasiones que no encuentra las palabras adecuadas para poder transmitir lo escuchado, en definitiva, el arte de esta gran señora, inmarchitable y en plena forma a sus 84 años de edad. Resulta difícil resaltar qué admirar más, si su sonido bellísimo, caudaloso, amplísimo y personal. O bien, el fraseo, una combinación de autoridad, capacidad reflexiva, profundidad y contrastes. Por supuesto, ni una sola nota abierta o descuidada.
La prodigiosa digitación de la Argerich, sus dinámicas y la capacidad para exponer las audaces modulaciones con contrastes, garra y temperamento, fueron excelsas en el primer movimiento. En el Largo, el teclado de la argentina se recogió y ensimismó en un lirismo ensoñador, hondo y de altos vuelos con primorosos diálogos con la orquesta. El último movimiento permitió a la Argerich demostrar que su dominio técnico sigue en apogeo, con unas digitaciones agilísimas en las vertiginosas escalas y cascadas de notas, que surgieron limpias y deslumbrantes. Un prodigio. Impecable la armonía y acoplamiento entre Argerich y Dutoit, que ofrecieron un Beethoven con carácter, lejos de anodinos y blandengues historicismos, amaneramientos y demás zarandajas.
Las ovaciones y vítores del público tuvieron como premio una espléndida propina por parte de la ya legendaria pianista argentina, la Sonata K 141 de Domenico Scarlatti. El allegro vivace de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn surgió enérgico, vivaz, como debe ser, y con las innegociables ligereza, morbidez, claridad y luminosidad propias del “sonido Mendelssohn”. Pudo faltar algo de hondura y contrastes a la interpretación de Dutoit y la Orquesta de la Svizzera italiana, pero el Saltarello y presto del cuarto movimiento, plenos de pulso, brío e ímpetu rítmico fueron adecuado sello y perfecta muestra de la brillantez e intensidad, que presidió la versión ofrecida.
Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica
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