Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro del recital de Martha Argerich y Pablo Galdo con Jeremy Irons en el Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo
Argerich en Vigo
Por Pablo Sánchez Quinteiro
Vigo, 7-VIII-2026. Auditorio Martín Códax del Conservatorio Superior de Música de Vigo. X Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo. Concierto inaugural. Martha Argerich y Pablo Galdo, piano. Jeremy Irons, narrador. Conjunto instrumental. Obras de Claude Debussy, Franz Schubert, Maurice Ravel, Dmitri Shostakovich y Camille Saint-Saëns.
Hay artistas cuya sola presencia modifica la dimensión de un concierto, por significativo que este sea. Martha Argerich pertenece desde hace décadas a esa categoría excepcional. No necesita presentación ni, probablemente, demasiada biografía: desde aquella niña prodigio nacida en Buenos Aires en 1941, formada primero con Vincenzo Scaramuzza y trasladada en 1955 a Europa, donde estudiaría, entre otros, con Friedrich Gulda, hasta la vencedora del Concurso Chopin de Varsovia en 1965, transcurre una de las trayectorias fundamentales del piano de nuestro tiempo. Reducirla a premios, grabaciones o conciertos sería olvidar lo esencial: su inagotable curiosidad musical, su pasión por compartir escenario y su decisiva labor de transmisión hacia varias generaciones de intérpretes.
Que una artista de semejante dimensión estuviese el viernes en el Auditorio Martín Códax del Conservatorio Superior de Música de Vigo no podía considerarse un concierto más. Argerich inauguraba junto a Pablo Galdo la décima edición del Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo, certamen que Galdo, uno de los pianistas españoles más internacionales, ha creado y dirige y que ha alcanzado este año cerca de cuatrocientas candidaturas procedentes de 77 países. La incorporación de la Orquesta Sinfónica de Galicia a la final del próximo viernes 14 de agosto es una prueba más de la pujanza de la presente edición y de la ambición con la que el concurso afronta una nueva etapa. A ello se suma un jurado de excepcional categoría internacional integrado por la propia Argerich, Galdo, Paul Lewis, Robert Levin, Valerian Shiukashvili y Mauricio Vallina.
El concierto inaugural proponía, además, una velada difícilmente más atractiva. Galdo y Argerich protagonizaron una primera parte enteramente pianística, con tres obras a cuatro manos -la Petite Suite de Debussy, el Rondó en la mayor D 951 de Schubert y Ma mère l’Oye de Ravel- y el Concertino op. 94 de Shostakóvich para dos pianos. Tras el descanso, ambos se incorporaron a una formación camerística para El carnaval de los animales de Saint-Saëns, con el atractivo añadido -y ciertamente insólito- de la participación estelar de Jeremy Irons como narrador.
Antes de sentarse al piano, Argerich protagonizó uno de los momentos más emotivos de la noche. Con esa mezcla de espontaneidad y franqueza que la caracteriza cuando habla ante el público, recordó a dos pianistas íntimamente ligados a su trayectoria y al propio certamen: Nelson Freire y Tamás Vásáry. La décima edición rendía precisamente homenaje a este último, fallecido el pasado mes de febrero a los 93 años. No resultaba posible olvidar tampoco a Freire, compañero musical de Argerich durante décadas y una de las afinidades pianísticas más profundas de su vida. Un momento de reconocimiento muy intenso y emotivo, pero ciertamente justo y necesario.
Con Pablo Galdo existe también una relación artística construida durante años. Ambos han compartido numerosos recitales y el pianista gallego conoce bien una personalidad musical tan poderosamente individual como la de Argerich. No es una cuestión menor en el repertorio a cuatro manos. Galdo asumió durante buena parte del programa la zona grave del teclado, crucial como fundamento armónico y rítmico de la escritura a cuatro manos, y supo hacerlo ofreciendo un discurso sonoro compacto, flexible y cuidadosamente graduado, constantemente capaz de integrarse con el fraseo de una pianista temperamental que incluso dentro de la música de cámara conserva una libertad difícilmente domesticable. El mérito estuvo precisamente en que nunca se percibieran dos discursos superpuestos, sino uno solo, unísonamente nacido de las cuatro manos.
La Petite Suite de Debussy abrió el programa desde un territorio todavía alejado del impresionismo más radical del compositor, aunque ya aparece en ella buena parte de su sensibilidad hacia el color. Escrita originalmente para piano a cuatro manos entre 1886 y 1889, en En bateau Galdo y Argerich dejaron fluir con naturalidad el balanceo de los arpegios, evitando cualquier exceso de aroma impresionista y permitiendo que la melodía surgiese con una sencillez casi vocal. Cortège introdujo una escritura más incisiva y rítmica. Allí comenzó a advertirse una de las características de toda la actuación: la capacidad de Argerich para imprimir una electricidad mágica a una frase sin alterar su arquitectura. Las entradas se sucedieron con absoluta precisión y Galdo respondió con una articulación firme y una extraordinaria atención a las inflexiones de su compañera. Un Menuet sostenido sobre un delicado fraseo recuperó una elegancia de resonancias neoclásicas. Finalmente, en Ballet, disfrutamos de un estallido de ritmos y colores. Argerich, desde el registro agudo del teclado, desafió cualquier consideración sobre la edad: velocidad de reacción, fortaleza en los ataques, claridad en los pasajes rápidos y una energía física sobre el teclado que, a los 85 años, roza realmente lo extraordinario. No se trata únicamente de que conserve su musicalidad -algo previsible en una artista de su talla-, sino de comprobar hasta qué punto permanece intacta una técnica pianística indisoluble de su espíritu musical, único e irrepetible.
En el Rondó en la mayor D 951 de Schubert, una de las últimas composiciones del músico vienés y una de las mejores obras de su producción para piano a cuatro manos, Argerich y Galdo intercambiaron posiciones. El cambio permitió apreciar también la ductilidad del entendimiento entre ambos. Schubert plantea una música aparentemente sencilla, edificada sobre el regreso de un tema de serenidad casi infinita, pero cuya dificultad reside precisamente en mantener la naturalidad del discurso a través de pequeñas modulaciones armónicas y variaciones temáticas. La interpretación respiró con amplitud, destliando un hermoso equilibrio entre impulso y serenidad. Galdo mostró un sonido cantable y flexible, mientras Argerich sostenía y coloreaba desde el otro extremo del teclado un discurso de una transparencia mágica.
Uno de los grandes momentos de la primera parte llegó con Ma mère l’Oye. Obra merecidamente recurrente en las programaciones orquestales, pocas veces tenemos la oportunidad de escucharla en su versión original para piano a cuatro manos y aun menos a este nivel interpretativo. Argerich y Galdo regresaron a la disposición inicial y ofrecieron una lectura de extraordinaria capacidad narrativa, que se abrió con una Pavane de la Belle au bois dormant contenida hasta el extremo, de una sutileza exquisita. En Petit Poucet, el viaje del protagonista emergió a través de una articulación minuciosa y extraordinariamente expresiva. Laideronnette, impératrice des pagodes, con su escritura pentatónica y su fascinante construcción sonora, permitió admirar nuevamente la precisión de los ataques y la limpieza de los pasajes rápidos: un fuego cruzado que Argerich lanzaba y Galdo recogía siempre de forma cohesionada. En Les entretiens de la Belle et de la Bête ambos recrearon a la perfección la delicadeza de la Bella y la torpeza grave y conmovedora de la Bestia. Y, por supuesto, el esperado final de Le jardin féerique fue un crescendo pleno y conmovedor hasta lo indecible, que Argerich y Galdo graduaron admirablemente hasta alcanzar unos últimos compases expansivos, luminosos, casi orquestales. El efecto sobre el público fue abrumador.
El Concertino en la menor op. 94 de Shostakóvich, interpretado ya en dos pianos, cerró esta primera parte excepcional. Compuesto para su hijo Maxim y un compañero estudiante, no es ni mucho menos una obra de circunstancias. En apenas unos minutos concentra muchos de los rasgos del lenguaje de Shostakóvich: lirismo inquietante, bruscos cambios de carácter, ironía y ese componente grotesco que puede aparecer repentinamente incluso en sus páginas aparentemente más despreocupadas. Argerich se movió como pocos en esa mezcla de sarcasmo y vértigo. La interpretación comenzó con una gravedad cuidadosamente retenida antes de liberar progresivamente la energía del Allegretto. Los dos pianos dialogaron, se provocaron y finalmente parecieron perseguirse. Galdo mantuvo siempre la precisión rítmica y la densidad necesaria para que Argerich, todo carácter, pudiera desplegar su proverbial libertad expresiva.
Tras el descanso cambió por completo la naturaleza del espectáculo. La incorporación de Jeremy Irons para El carnaval de los animales de Saint-Saëns convirtió el escenario en territorio compartido por música y teatro. La presencia del actor británico constituyó por sí sola otro acontecimiento: ganador del Oscar y poseedor de una de las voces más reconocibles del cine y el teatro anglosajones, Irons mantiene además una antigua relación con esta obra. Ya en 1984 había participado junto a Glenn Close en una versión audiovisual de The Carnival of the Animals basada en los célebres versos de Ogden Nash.
Su intervención viguesa recuperó esa condición de narrador. El inglés sofisticado, irónico y rebosante de humor de los textos encontró en su dicción, su sentido de las pausas y su timbre único un intérprete ideal. La proyección simultánea de la traducción española permitió seguir cómodamente los versos, algo especialmente oportuno ante un texto de tanta riqueza verbal y tan singular sentido del humor. Irons se integró a la perfección en la partitura, interactuando constantemente con los músicos en una hermosa fusión de talentos.
Y es que a su alrededor se reunió un conjunto de jóvenes músicos gallegos vinculados a algunas de nuestras principales orquestas, mientras Argerich y Galdo ocupaban los dos pianos. Entre ellos destacaban intérpretes como el clarinetista Darío Mariño, miembro del Liceo de Barcelona; el viola Raymond Arteaga, de la Sinfónica de Galicia; Enrique Yebra al contrabajo; la violinista Carolina Fuentes, ambos también habituales en la formación gallega. La formación respondió a la narrativa de Irons con precisión, ligereza e inmenso sentido del humor, comprendiendo que esta música exige tanta calidad instrumental como capacidad para no tomarse demasiado en serio.
Naturalmente, uno de los instantes más esperados fue El Cisne, en el que el joven violonchelista Pablo Teijeiro recreó una maravillosa suspensión del tiempo en una interpretación intensa y emotiva. Fue un momento de introspección mágico en medio del ingenio, la parodia y el humor que recorre la partitura, con momentos inspiradísimos como fueron el El elefante de Yebra o El cuco de Mariño. Por supuesto, Argerich y Galdo pudieron exhibir en sus intervenciones pianísticas esa fusión de precisión y espontaneidad que había recorrido toda la primera parte, ahora al servicio de la fantasía zoológica de Saint-Saëns.
Más de dos horas antes, la velada había comenzado con una presencia institucional poco habitual, encabezada por distintas autoridades y representantes internacionales, entre las que destacaba la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz -ya una presencia habitual en algunas de las grandes citas musicales gallegas-, representantes de la Xunta de Galicia y miembros diplomáticos de Argentina e India. El alcalde de Vigo, Abel Caballero, convirtió su intervención en una defensa improvisada, pero absolutamente entusiasta, de la música como elemento fundamental de una sociedad y por tanto también de la ambición cultural e internacional de Vigo. Más allá de los discursos, quizá lo verdaderamente significativo fuese comprobar hasta qué punto un concurso nacido hace una década ha conseguido reunir en una misma noche a Martha Argerich, Jeremy Irons, un importante grupo de intérpretes de tan diversas procedencias y un auditorio completamente abarrotado.
Fotos: PSQ
Compartir
