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Crítica: Matthias Goerne en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela y CNDM

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3 de marzo de 2017

ADMIRAR CADA REENCUENTRO

   Por Óscar del Saz
Madrid. 27-II-2017. Teatro de la Zarzuela. XXIII Ciclo de Lied, coproducido por el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), Recital 7 / Matthias Goerne (barítono) / Alexander Schmalcz (piano). Obras de Hanns Eisler, Hugo Wolf y Robert Schumann.

   El Teatro de la Zarzuela de Madrid, se vistió nuevamente de gala para reencontrarse, como casi cada año, con el ya afamado barítono Matthias Goerne en un recital diseñado para superarse a sí mismo en dificultad y poder así admirar su capacidad de cambio de contexto al desgranar -sin solución de continuidad- las treinta y una canciones de un recital que se debatió entre un Hanns Eisler (1898-1962) exiliado y triste, el Hugo Wolf (1860-1903) cada vez más ausente de sí mismo y un siempre apetecible romántico, pero acechado por la enfermedad mental que le llevó a la muerte, Robert Schumann (1810-1856).

   Por su mayor extensión, destacan dos grupos de canciones de Eisler seleccionadas de Hollywooder Liederbuch (1942-43),que se distribuyeron entre la primera y segunda parte, más las Fünf Hollywood-Elegien (1941) (ambas con textos de Beltort Brech) que se alternaron con los dos grupos de canciones de Wolf (las Canciones del Arpista másotras tres canciones con textos de J. W. von Goethe, Byron y Reinick). Al principio y al final, como envolvente de un recital de temática dura y derrotista, el bálsamo del mejor Schumann (Der Einsiedler, op. 83, nº 3 (1850), Einsamkeit, op. 90, nº 5 (1850), Requiem, op. 90, nº 7 (1850) y Abedlied, op. 107 (1852) ).

   Como se ha comentado al principio, resulta asombroso que si es aparentemente fácil para el artista transitar por los distintos universos musicales planteados -sin concederse apenas pausas entre las canciones-, en un alarde de dominio y concentración sobre el abundante material, no lo es tanto para el espectador que sufre en silencio, y de una sola tacada y sin respiro, los avatares de unos protagonistas que se deshacen de tristeza en el exilio (aunque sea en la Meca del Cine) desde el que observan la guerra, amparándose en recuerdos y pequeños objetos que les recuerdan esa Alemania que les ha vuelto la espalda.

   La música, que es a menudo sugerida en un segundo plano de acompañamiento desde la maestría de Schmalcz al piano, encuentra en la voz de Goerne toda una lección de control del fiato, afinación y belleza en el timbre en toda la extensión de su tesitura. Y no es sólo la voz lo que le ayuda a expresar: también el cuerpo del cantante se toma sus licencias en movimientos (que pueden gustar o no), a veces bruscos, o a veces en forma de vaivén pendular con el propósito -entendemos- de somatizar la alta dosis de expresividad y fuerza que subyace en este artistay la utilización de la acción-reacción necesarias para alternar de forma magistral el canto apoyado y cubierto con el otro más afalsetado y etéreo, consiguiendo que ambos sean homogéneos y lineales.

   En realidad, son las canciones de Eisler en torno a Hollywood, junto con las denominadas como Elegías, las que proporcionan el hilo conductor a este recital. Son canciones que engarzan modulaciones y saltos de intervalo poco usuales para el –llamémosle así- lied alemán clásico. De hecho, la música de Eisler ya había empezado a ser prohibida por los nazis porque abrazaba no el clasicismo, sino el teatro musical y el cabaret. Los éxitos como músico de Hollywood (dos de sus obras fueron nominadas a los Oscar) y como compositor de las canciones que nos ocupan nos hacen comprender la dureza de un autor que vive, en realidad, una doble vida, una de las cuales está medio muerta al otro lado de Atlántico y la otra carece de integración plena en los Estados Unidos. Las canciones también reflejan una total identificación de las vivencias del músico con las del autor de los textos (Bertolt Brecht (1898-1956)) -colaboradores frecuentes ambos-, que también tuvo que exiliarse en Estados Unidos. Es éste complicado contexto psicológico y de dureza de vida lo que ha de transmitir el intérprete soslayando múltiples dificultades técnicas, expresivas y textuales. Opinamos que pocos cantantes pueden abordar actualmente, con la solvencia y la concentración adecuadas, este complicado, descarnado y triste repertorio que Goerne borda como nadie.

   Hugo Wolf, ferviente admirador de Richard Wagner, basó casi por completo su composición en el mundo del Lied con obras escritas casitodas ellas también en tiempo de penurias, en este caso debidas a los frecuentes desequilibrios mentales y ataques psicóticos del músico. Las Tres canciones del arpista reflejan las penurias humanas de aquellos que tienen que  sacar fuerzas de flaqueza por mantenerse con vida, huyendo de la soledad y del dolor. Todo un reto para el cantante conseguir mantener o incluso acrecentar una tensión interna, descarnada, que ya alcanzó muchos enteros en el grupo de canciones anterior de Eisler. Lo mismo ocurre al principio de la segunda parte. Después de Eisler, Goerne aborda de nuevo a Wolf, destacando su versión de Los Límites de lo Humano (Grenzen der Menschheit), donde da cuenta con meridiana exposición y ese punto necesario de humildad de las limitaciones de los seres humanos y describe cuál orfebre ese “anillo muy pequeño que delimita nuestra vida”.

   Jugosos –por pseudofilosóficos- son los textos de Blaise Pascal, en inglés (Despite these miseries y The only thing), cuyos leivmotiv son “el ser feliz absteniéndose de pensar en la muerte” y “la diversión nos tiene entretenidos y nos hace llegar a la muerte sin darnos cuenta”, y que el artista destila con su proverbial expresividad. Ni el cambio repentino de idioma consigue menguar en ningún momento ninguna de las maravillosas cualidades expresivas para hacer llegar la emoción hasta la última butaca del teatro.

   Para terminar, se retorna al que ya denominamos al principio como ‘bálsamo schumanniano’ que abre y cierra el recital, envolviéndolo. Si al principio fueron Der Einsiedler (El ermitaño), Einsamkeit (Soledad) y Requiem, al final se opta por Aben Lied (Canción nocturna). Soledad del alma que espera en la noche oscura el advenimiento de la luz, o la muerte del amigo querido y respetado (homenaje al poeta Lenau al llegarle a Schumann la noticia de su muerte).

   “Deshazte, corazón, de cuanto te duele y te da miedo”, es el último verso de Abendlied, y sirve para resumir y echar la vista atrás de un recital que –se mire por donde se mire- entraña una dificultad extrema, sobre todo por la alta dosis de concentración e inmunidad al sufrimiento del intérprete para no naufragar anímicamente en esos tan densos y escabrosos sentimientos humanos durante la vida cuando se sufren las penurias mundanas y se teme o se anhela loque se encontrará más allá.

   Muy aplaudidos fueron Matthias Goerne y Alexander Schmalcz, aunque al final no hubo propinas por aquello de no romper la alta densidad emotiva, sensitiva y artística de un recital pensado para emocionar con música no demasiado frecuentada ni tampoco fácil de digerir, pero que llega directamente al cerebro y al corazón desde el oído. Puntuales a las próximas citas con Matthias Goerne, admiraremos cada reencuentro con su arte porque cada recital suyo es garantía de que nos desharemos de cuanto nos duele y nos da miedo.

Foto: Marco Borggreve

Autor:Óscar del Saz
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