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Crítica: Michal Nesterowicz dirige a la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
7 de febrero de 2017

CON PASO FIRME Y SOBRE SEGURO

   Por Beatriz Cancela
Santiago de Compostela. 2-II-17. Auditorio de Galicia. Concierto de temporada. Real Filharmonía de Galicia. Director: Michal Nesterowicz. Obras de Ravel, Sibelius y Fauré.

  "Ahora empezaron las dolientes notas a dejarse sentir..." escribiría Dante en el Canto V de su Divina Comedia tres siglos antes de inspirar aquella historia de amor prohibido pero irrevocable que narra Maeterlinck en su Pelléas et Mélisande (1892); precisamente el punto de encuentro del concierto de esta semana de la Real Filharmonía de Galicia (RFG). Fauré y Ravel, a la sazón maestro y discípulo en el Conservatorio parisino, caminarían de la mano con Sibelius en este concierto que compartía, además del lazo de unión con esta obra literaria, una sincronía que abarca apenas la primera década del siglo XX.

   Un repertorio que Nesterowicz conoce y que nos recuerda a un programa de 2014 con la Orquesta Sinfónica de Tenerife, a la que está vinculado desde 2012 como director artístico y desde esta temporada como director principal invitado; labor, asimismo, que compagina con la dirección de la Orquesta Sinfónica de Basilea. Y aunque sigamos en la línea marcada ya desde hace unas temporadas de asistencia de jóvenes batutas, el polaco demostró tener conocimiento de causa y aplomo en la dirección. Aparentemente cómodo con la orquesta, con la que se percibió una palpable compatibilidad, desarrolló un programa agradable a la escucha y de gran riqueza de detalles que enfatizaron las divergencias entre las obras y sus respectivos compositores, aportando una gran carga expresiva de estilosa mesura.

   Las aptitudes que observamos a través de las páginas de la Pavana para una infanta difunta (1899, orquestada en 1910) de un joven Ravel que roza los 25 años evidencia la genialidad de un compositor que nos brindará a través de esta, una de las partituras más sublimes del repertorio musical de todos los tiempos. Pese al inicio titubeante de las trompas tratando de sostener la melodía inicial sobre un pianísimo lento y con la llegada de un paulatino crescendo, la obra fue cogiendo forma y ganando en consistencia dejándonos, entre los momentos más delicados, la intervención de la flauta haciendo gala de un elevado y sentido vibrato.

   Y como decimos, la música incidental compuesta por Sibelius (en 1905) y Fauré (en 1900) destinada a sucederse en la representación escénica de Pelléas et Mélisande en sus representaciones de Helsinki y Londres respectivamente, constituyeron el eje central del concierto. Dos visiones con personalidad y temperamento propios, sin lugar a duda. Enfatizando las sentenciosas melodías del finlandés, la orquesta nos sumió en una atmósfera cimentada sobre un cuidado tratamiento orquestal que Nesterowicz afrontó con sumo esmero. El corno inglés, gran protagonista, se alzó con plena sonoridad en una ejecución delicada y timbrada, realizando con apabullante naturalidad un fraseo henchido de significado, adornado con sagaces trinos, continuados saltos interválicos y matices que encumbraron la obra, brindándonos momentos de insuperable belleza, como en el II movimiento, Mélisande . Por su parte, en la interpretación de Fauré, el polaco desplegó una especial sensibilidad en los detalles. Afrontaba la obra con delicada suavidad y lentitud agradables, marcando con meticulosidad los tempos y las secciones, y la orquesta, con aparente facilidad, intercambiaba distintos materiales con pulcra claridad y precisión. Ejemplo de ello lo constituyó el III movimiento, Sicilienne, donde el arpa y la flauta nos regalaron uno de los momentos más líricos de la obra, que ayudaron a enfatizar los acordes llenos de la orquesta y en especial las trompas.

   De nuevo Sibelius vendría a colmar el recital con la Sinfonía número 3 en do mayor, op. 52 (1907), en tres movimientos. Fantástica escritura y colosal punto final que amalgamó elementos ya vistos hasta el momento e incorporó intensas agilidades del conjunto orquestal, disonancias enriquecedoras y juegos rítmicos que iban desde las síncopas hasta el contratiempo todo ello en forma de aparente sencillez melódica. Sobresalieron principalmente los instrumentos graves, con pasajes donde se mostraron especialmente incisivos y elegantes los contrabajos y violonchelos, así como el acoplamiento y equilibrio entre las maderas y, en general, entre toda la orquesta. El III movimiento fue una eclosión colorista y grandiosa donde ensalzamos el sublime pianísimo de los violines, el pasaje de las raudas entradas perfectamente engarzadas de los distintos instrumentos o el gran peso que adquirió la melodía de los violonchelos.

   Músicos y público elogiaron con sus aplausos al joven batuta polaco que, gentilmente y sin apartarse de la línea establecida, nos regaló el Vals triste op. 44, nº 1 (1903) de Sibelius. De nuevo hizo gala de su conocimiento del repertorio; un repertorio que conoce bien tras la intervención en festivales de valses y danzas, y que agradó sobremanera a la sala.

   En líneas generales, resultó ser un concierto elocuente, amable, ameno y temperado, donde la afinidad entre agrupación y director se percibió desde el inicio, bajo un repertorio meticulosamente articulado en el que la orquesta se encuentra cómoda y que Nesterowicz conoce bien y supo aprovechar. Pero pese a lo complaciente de la velada, seguimos echando en falta repertorios variados y arriesgados que abracen más estilos y épocas que... ¡haberlos, hailos!.

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