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Crítica: Mitsuko Uchida y la Mahler Chamber Orchestra interpretan obras de Mozart en Oviedo

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Autor: Aurelio M. Seco
14 de enero de 2016

MOZART ZEN

Por Aurelio M. Seco
Oviedo. 13/I/16. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Mitsuko Uchida, piano. Mahler Chamber Orchestra.  Obras de Mozart.

Mitsuko Uchida visitó el Auditorio de Oviedo como penúltima cita española de una gira que le ha llevado a recorrer ciudades como Alicante, Valencia, Barcelona y Bilbao, antes de afrontar una intensa agenda de conciertos por el resto de Europa y Estados Unidos. Nos parece asombrosa y admirable la capacidad de trabajo de esta artista, que está teniendo que afrontar la interpretación de cuatro conciertos diferentes de Mozart para piano y orquesta, un autor con el que suele identificarse, por predilección personal y, seguramente, adecuación técnica y estética. Uchida ha conseguido algo muy difícil en el mundo del piano: un estatus profesional incuestionable que incluso ha sido elevado –léase el programa de mano- a categoría de leyenda. A ello sin duda ha contribuido su calidad como intérprete, de una solvencia incuestionable desde el punto de vista técnico y musical, pero también un gusto estético muy personal y forma de tocar el instrumento que ha conseguido hacer inequívocamente suya. Todo el mundo tiene su propia forma de tocar, pero algunas personas consiguen dejar una imagen nítida de sí mismos en el aficionado y otras no.

   El Mozart de Uchida es especial porque la propia pianista posee una personalidad singular tocando. Es un Mozart sereno, apolíneo, a veces demasiado plano pero sin duda elegante. El estilo es equilibrado y está expresado dentro de una homogeneidad sonora de fondo muy característica, como con una pátina de filosofía zen pintada con equilibrio, serenidad y pulcritud sonora. Puede que Mozart no sea del todo así. Se nos pierde por el camino su parte de Dionisos, la expresividad siempre viva, la pasión del toque vibrante y el sonido claro y presente que, de vez en cuando, también deje oír la fuerza y naturaleza de los procesos cadenciales. La música tiene una dirección e intencionalidad puramente formal, independientemente del estilo del pianista. Y es bueno subrayar su sentido dramático.

   El Concierto para piano y orquesta nº 17 nos pareció ortodoxo y refinado, dentro del mencionado estilo de la pianista, que también concertó las partes orquestales, a veces con movimientos innecesarios que podría haber reservado para concentrar más su atención en el teclado. Acompañaba la Mahler Chamber Orchestra, un conjunto de interés que no necesitaba apenas indicaciones. Fue interesante observar el contraste de caracteres, el más fresco y refulgente de la orquesta, con esa especie de sereno entusiasmo de Uchida. Quizás por ello no terminaron de empastar del todo bien las dos perspectivas. Las versión orquestal, tocada brillantemente, nos pareció influida por las nuevas tendencias interpretativas derivadas de los instrumentos antiguos. En la orquesta destacó la pequeña pero imponente sección de violas, cuya sonoridad estuvo muy presente durante toda la velada. Resultó algo menos llamativo el trabajo de violonchelos y contrabajos, estos últimos incluso mostrando algún pequeño desajuste de afinación. 

   El estilo orquestal optó por destacar la expresividad general de las frases más que la claridad de su discurso. Predominó el contraste dinámico y, por ello, cierta sensación efectista. Creemos que la estética elegida, en la que prevaleció una perspectiva barroca si se quiere, chocó un poco con el generoso toque de pedal propuesto por Uchida y su sonido elegante y envolvente. No ayudó la excesiva reverberación de la sala para proporcionar claridad a su discurso. La acústica del Auditorio de Oviedo debería perfeccionarse. No es una cuestión baladí o llevada por criterios excesivamente exigentes. Sonó mejor la orquesta en el Divertimento en si bemol mayor de Mozart, tocado dentro de un estilo adecuado, con una sonoridad más expansiva, auténtica y homogénea. Tras las interpretación del Concierto para piano nº 25, de similares características, una propina adecuada al gusto y carácter de la pianista, el segundo movimiento de la nada “fácil” Sonata en do mayor K.545  de Mozart, siempre expresado dentro de ese sereno, ortodoxo y bello sentido de la musicalidad que en Uchida parece un don.

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