Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro de la edición del Festival Musika-Música 2026
Veinticinco años de Musika-Música: la experiencia musical total
Por Pablo Sánchez Quinteiro
En el incierto territorio de la programación musical celebrar veinticinco años es siempre un logro. En el caso del Festival Musika-Música, su cuarto de siglo -celebrado en Bilbao del 6 al 8 de marzo- tiene un significado de mayor alcance si cabe. Nacido entre la sorpresa de un público, una crítica y unos músicos que no acababan de comprender del todo la magnitud de lo que se estaba gestando, el proyecto no ha dejado de crecer desde entonces, afinando año tras año una fórmula tan compleja como eficaz: convertir la música en una auténtica fiesta colectiva. Su edición de 2026 lo ha confirmado como una de las iniciativas culturales más singulares, ambiciosas y, en muchos sentidos, irrepetibles del panorama español -y, probablemente, europeo-. Si algo define a Musika-Música es precisamente su capacidad para trascender el formato tradicional de festival y convertirse en una experiencia total. Solo quienes lo han vivido desde dentro, dejándose arrastrar por su ritmo frenético y su oferta ¡inabarcable!, pueden calibrar la dimensión de lo que allí ocurre. En apenas 48 horas, esta edición ha concentrado 69 conciertos, comprendiendo prácticamente todos los géneros, formatos y épocas: desde la música renacentista y barroca hasta la creación contemporánea, pasando por propuestas sinfónicas, de cámara, corales, bandas musicales e incluso talleres de lutería, e iniciativas pedagógicas y artísticas transversales.
Todo ello es posible gracias a un elemento clave: el Palacio Euskalduna, un contenedor cultural difícilmente equiparable en el contexto español. Su diseño arquitectónico, tan atractivo como original, permite la realización simultánea de múltiples conciertos -hasta seis al mismo tiempo- con una fluidez organizativa que roza lo milagroso. Pocos espacios en Europa están preparados para asumir un reto logístico y artístico de esta envergadura sin sacrificar calidad ni coherencia. La respuesta del público es un ingrediente igualmente crucial y, una vez más, ésta ha sido masiva. Bilbao se vuelca con su festival, pero no está sola: llegan aficionados de toda Euskadi, del resto de España, de Francia e incluso de Latinoamérica, generando una atmósfera única de celebración compartida. El lleno ha sido prácticamente constante en todas las salas, con un Auditorio principal -de cerca de 2.400 localidades- que solo en contadas ocasiones no colgó el cartel de completo.
Lejos de caer en el elitismo o en el complaciente populismo, la programación volvió a demostrar criterio y conocimiento tendiendo puentes entre repertorios, públicos y sensibilidades, ofreciendo múltiples puertas de entrada a la música -nunca mejor dicho- sin renunciar a la exigencia artística. La asistencia, a lo largo de las 48 horas de festival, a diez de los conciertos programados -con especial atención al ámbito sinfónico- me permitió constatar, una vez más, como este formato genera una energía singular: músicos arrastrados por esta suerte de maravillosa locura colectiva que se dejan la piel en cada interpretación, y un público de lo más variopinto y de todas las edades que, lejos de la rutina, responde con una infrecuente implicación, estableciendo una conexión directa, intensa y casi inmediata con los intérpretes.
El Auditorio principal del Euskalduna con su magnífica acústica -tanto para los intérpretes como para el público-, constituyó un auténtico banco de pruebas para las numerosas orquestas visitantes. En esta edición, las orquestas invitadas nos permitieron disfrutar de una panorámica reveladora del magnífico estado de nuestras formaciones sinfónicas. Junto a las anfitrionas -la Orquesta Sinfónica de Bilbao y la Orquesta de Euskadi-, el elenco de orquestas españolas fue deslumbrante: la Orquesta Sinfónica de Galicia, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la Orquesta Sinfónica de Navarra y la Orquesta Ciudad de Granada. Todas ellas presentando programas exigentes y diversos, pero dentro de un mismo marco acústico, lo que convierte la experiencia en un único e impagable ejercicio comparativo del estado de nuestras orquestas.
Como he comentado, la simultaneidad de propuestas y el necesario tiempo de recuperación obliga a público y crítica a realizar una selección necesariamente parcial y siempre injusta. En este contexto, la presente reseña se centra en las diez propuestas a las que hubo ocasión de asistir.
En la jornada inaugural la Orquesta Sinfónica de Euskadi, bajo la dirección de Víctor Pablo Pérez, ofreció una lectura de Carmina Burana marcada por el control estructural y una notable contención expresiva. Perfecto conocedor de la partitura, el maestro burgalés apostó por tempi firmes, sin concesiones a la espectacularidad fácil, lo que derivó en una versión más reflexiva y de acento casi ritual que abiertamente hedonista. Esta opción, si bien sacrificó en parte el desenfreno rítmico que suele esperarse en la obra de Orff, permitió una mayor claridad en la articulación y un notable equilibrio entre masa orquestal y coral. El trío de solistas, íntegramente nacional, aportó el contrapunto escénico necesario. Tanto el tenor, David Azurza, como la soprano Andrea Martí, y muy especialmente, el barítono Toni Marsol supieron introducir matices de teatralidad, humor y una cierta picardía expresiva que enriquecieron la propuesta. Marsol destacó por su presencia escénica y su capacidad para colorear el texto, mientras que Martí firmó una brillante Dulcissime, con una proyección muy segura en el registro sobreagudo sin mayor problema que una puntual tensión en la emisión. El Orfeón Pamplonés -de imponente presencia- se erigió en uno de los pilares de la interpretación, con un empaste sólido y una eficaz presencia sonora. Por su parte, la orquesta, tras las zozobras vividas en la última temporada y a pesar de la carencia de un director titular, ofreció una imagen de notable solidez, con una respuesta homogénea y consistente en todos sus atriles.
En contraste estilístico, antecediendo al Carmina Burana la Orquesta de Cámara Franz Liszt, propuso un programa de corte clásico centrado en la primera escuela de Viena. Como es habitual en esta formación, ya con más de sesenta años de historia, la dirección musical se ejerció desde el concertino. El violonchelista István Várdai, discípulo de Heinrich Schiff y tercer premio en el Tchaikovsky de Moscú, actuó de solista y director en el Concierto en do mayor de Haydn, desplegó una interpretación de notable energía y carácter, con tempi ágiles -vertiginosos por momentos-, una articulación incisiva y un fraseo de marcada intención retórica. Su sonido, pleno y bien proyectado, empastó con naturalidad sobre la textura orquestal, en una lectura vibrante que, sin renunciar al rigor estilístico, apostó por una interpretación directa y eficaz.
La sesión matinal del sábado confirmó, quizá con mayor claridad que ningún otro momento del festival, la extraordinaria capacidad de Musika-Música para convertir incluso una franja horaria tradicionalmente ajena a los eventos musicales en un auténtico acontecimiento musical. El Auditorio Euskalduna presentó un magnífico aforo, con un público atento y receptivo. Y no era para menos: el cartel reunía a dos de las formaciones más sólidas del panorama nacional, la Orquesta Sinfónica de Galicia y la Orquesta Sinfónica de Bilbao, en dos programas de gran repertorio que exigían tanto músculo orquestal como inteligencia desde el podium.
La Sinfónica de Galicia compareció con el neoyorquino Andrew Litton, ilustre director invitado con el que la orquesta mantiene una conexión especialmente fértil; tanto en la temporada de la orquesta como en anteriores ediciones de Musika-Música. Su propuesta para el primer concierto en el festival se centró en la Novena Sinfonía de Dvořák. Fue abordada con fuerte impronta personal, en la que el gesto del director - moldeador, a veces incluso en exceso intervencionista- marcó con claridad el discurso. Desde los primeros compases se impuso la seña de identidad más reconocible de la formación gallega: una cuerda amplia, densa, de sonido compacto y homogéneo, capaz de sostener largos arcos expresivos sin perder tensión interna. No es solo una cuestión de volumen, sino de densidad tímbrica y de una forma de entender la continuidad del fraseo, en la que cada transición está cuidadosamente soldada a la siguiente. Para ello fue crucial una vez más la experiencia de su concertino, Massimo Spadano, quien actuó como un auténtico cordón umbilical entre la dirección y la masa orquestal. El Allegro molto resultó especialmente convincente, articulado con un pulso firme y una energía sostenida que encontró en la acústica del Auditorio Euskalduna un aliado determinante. La interpretación se desarrolló con una sensación de plenitud sonora poco habitual, de principio a fin, permitiendo a la orquesta desplegar toda la potencia y cohesión de su sonido. Hay un aspecto que no es desdeñable en absoluto: para los músicos poder trabajar en un espacio de estas características -muy alejado de las limitaciones acústicas que afrontan de manera habitual en su sede coruñesa- supone un estímulo evidente que repercute directamente en la calidad del resultado artístico. Pero también lo es para el que esto escribe, oyente habitual de la OSG, que tuvo la oportunidad de percibir en Bilbao con nitidez la verdadera dimensión de la orquesta en un entorno acústico óptimo, capaz de revelar matices, balances y proyecciones que difícilmente afloran en las condiciones menos favorables del Palacio de la Ópera.
Las maderas, por su parte, ofrecieron un rendimiento sobresaliente, con intervenciones de gran carácter y una personalidad muy definida en cada uno de sus primeros atriles. Lejos de diluirse en el conjunto, aportaron relieve, contraste y una energía incisiva que contribuyó decisivamente a la arquitectura global de la interpretación. En el Largo resultaron especialmente decisivas las intervenciones solistas, con un papel destacado la calidez y expresividad del corno inglés de Carolina R. Canosa y el oboe de David Villa, contribuyendo a construir un discurso global de gran lirismo; en el que Litton introdujo unos gradientes dinámicos extremos. En cuanto a los metales, resultaron claves en los dos movimientos finales, poderosos sin caer en la estridencia, con una emisión franca y brillante, y liderados por una trompeta principal de categoría internacional, Manuel Fernández, capaz de proyectar con seguridad y elegancia incluso en los momentos de mayor exposición. Fue en su conjunto una Novena expansiva, rica en contrastes dinámicos y en inflexiones expresivas, con un tratamiento muy cuidado de los clímax y una tendencia a subrayar los momentos de mayor carga emocional. Podrá discutirse el grado de intervención de Litton -y su efectismo en algunos pasajes-, pero lo que resulta indiscutible es su capacidad para mantener la tensión narrativa y conectar de forma inmediata con el público, que respondió con gran entusiasmo.
El concierto de la Sinfónica de Bilbao nos llevó, apenas una hora y media después, a un registro estilístico muy distinto. Con la presencia estelar de Judith Jáuregui en el Concierto para piano n.º 1 de Beethoven disfrutamos de una solista de trazo claro y elegante, que evitó el exceso de retórica y apostó por una lectura equilibrada, de fraseo cuidado y notable atención al diálogo con la orquesta. El Allegro con brio evidenció una sólida articulación y una pulsación firme, pero fue en los contrastes dinámicos y en la naturalidad del discurso donde la pianista encontró sus mejores bazas. La orquesta, liderada por López-Ferrer acompañó con sensibilidad, adaptándose a un enfoque que privilegió la claridad estructural sobre el virtuosismo, dando lugar a una interpretación -muy especialmente en el ensoñador Largo- coherente, amena y musicalmente convincente. El scherzante Allegro final fue un festival Judith Jáuregui, quien desplegó un virtuosismo brillante, extrovertido, con una digitación precisa, articulación nítida y un control del discurso que le permitió jugar con los contrastes y el carácter juguetón de la partitura. Encontró una excelente réplica en la orquesta, dando lugar a un cierre vibrante y de gran impacto en el público.
A continuación, el Don Juan de Strauss encontró en la orquesta una realización de notable exuberancia sonora, sustentada en unos clímax de gran proyección y una construcción dinámica perfectamente graduada. La formación demostró una adaptación ejemplar a la acústica de su sede, el Euskalduna -ya de por sí extraordinariamente agradecida-, potenciando aún más la claridad de planos y la expansión del sonido en los grandes tutti. La dirección de Ferrer, firme aunque de gesto parco, supo articular el discurso con una tensión constante, moldeando con precisión tanto los pasajes de mayor ímpetu como aquellos de carácter más evocador. El resultado fue una interpretación paradigmática por la intensidad de sus clímax, la amplitud y riqueza del sonido orquestal y una caracterización expresiva muy bien recreada, que logró arrastrar al público de principio a fin.
Y mientras todo esto sucedía en el gran Auditorio, el resto del Euskalduna bullía con una actividad casi febril. Formaciones de cámara y ensembles especializados desplegaban, de manera simultánea, una oferta sonora de enorme riqueza: desde la elegancia centroeuropea de los Solistas de Zagreb hasta las propuestas historicistas en el ámbito barroco, pasando por encuentros camerísticos de alto nivel -como la confluencia de distintos cuartetos internacionales o tríos de reconocido prestigio-. Este frenesí paralelo, lejos de ser un complemento, constituye uno de los pilares del festival: la posibilidad de transitar, en cuestión de minutos, de una gran sinfonía romántica a la intimidad de un cuarteto o a la vivacidad de un ensemble barroco.
La sesión de sábado por la tarde-noche mantuvo el altísimo nivel del festival, combinando propuestas de repertorio más reconocible con otros desafíos de mayor calado interpretativo. Propuestas tan interesantes como el Beethoven de la Orquesta Ciudad de Granada, bajo la dirección de Lucas Macías, o la primera participación de la OSCyL con Vasily Petrenko, adentrándose en una de sus especialidades, Chaikovski, tuvieron que ser relegadas por este cronista ante la imposibilidad de clonarse.
Volvimos a disfrutar, sin embargo, una vez más del arte de István Várdal en una refinada aproximación a las Variaciones Rococó de Tchaikovsky y una intensa Suite Hollberg de Grieg, preparando el terreno para uno de los momentos más esperados del fin de semana: la Primera Sinfonía de Mahler a cargo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por Alondra de la Parra. Una de las mayores apuestas planteadas por las orquestas invitadas, tanto por la complejidad técnica de la obra como por su exigencia en el plano expresivo. Un hecho de agradecer a la ORCAM.
La propuesta de De la Parra se caracterizó por una aproximación de líneas suavizadas, en la que las aristas de la partitura -tan presentes ya en este Mahler temprano- aparecieron deliberadamente suavizadas. Esta opción pareció buscar un contraste más acusado con los grandes clímax orquestales, pero tuvo como consecuencia un primer movimiento excesivamente contemplativo, más atento a la belleza del sonido que a la tensión subyacente. El segundo movimiento resultó mucho más logrado, con un carácter bien definido y un trío de gran evocación bucólica, donde la orquesta encontró un equilibrio más natural entre impulso rítmico y el lirismo. Sin embargo, una vez más, el tercer movimiento -territorio ideal para una visión más incisiva, incluso provocadora- quedó en una zona de cierta indefinición expresiva. Pese a una excelente intervención del contrabajo solista, faltó ese punto de desgarro, de ironía amarga y de soledad existencial que convierte este pasaje en uno de los más singulares del repertorio mahleriano. Asimismo, en este movimiento cabía esperar -desde la óptica interpretativa de Alondra de la Parra, habitualmente cercana a una estética más visceral, vibrante y rica en color- una aproximación más acentuada en sus perfiles expresivos, especialmente en el provocador episodio de música klezhmer. Pero no fue así. Se echó en falta una mayor caracterización de ese discurso híbrido, entre lo grotesco y lo evocador, que exige una marcada diferenciación de planos y una acentuación más incisiva del gesto musical. Frente a esto, en la sección final, inspirada en el camarada errante mahleriano, la lectura volvió a situarse en una línea excesivamente suavizada y sensual.
El movimiento final, verdadera prueba de fuego para cualquier formación, puso de relieve tanto las virtudes como las limitaciones de la propuesta. Hubo contrastes dinámicos bien trabajados y momentos de gran impacto, afrontando la orquesta el desafío con valentía y entrega, pero sin embargo también quedaron al descubierto ciertas carencias que comprometieron parcialmente el resultado artístico. En este sentido, resultó especialmente llamativo el episodio correspondiente a la presentación del motivo de marcha que atraviesa el movimiento en el cual, la sección de trompetas, tras un leve amago de entrada, no llegó a incorporarse de forma efectiva, generando un vacío sonoro que rompió momentáneamente la continuidad del discurso, sorprendiendo a buena parte del público. A ello se sumaron algunos problemas puntuales de afinación y de cohesión interna en los pasajes de mayor exposición, que, si bien no empañaron por completo la interpretación, sí evidenciaron los límites de una propuesta de enorme exigencia.
Con todo, el nivel mostrado por la formación resulta, en términos generales, estimulante, y confirma una trayectoria claramente ascendente. No obstante, cabe plantear -desde una perspectiva estrictamente interpretativa- si parte de estos desajustes puede estar relacionada con una dirección de tan fuerte impronta personal, en la que el protagonismo gestual y carismático de la directora concentra de tal manera la atención, que puede en determinados momentos relajar el grado de autoexigencia interna de la orquesta. Sea como fuera, la coda final exhibió un sonido poderoso y redondo, culminando la obra con eficacia y permitiendo que tanto Alondra de la Parra como la orquesta fueran recibidas con una ovación amplia y calurosa por parte del público.
La jornada del domingo se abrió con un cambio radical de atmósfera. A primera hora de la mañana, el conjunto historicista Gli incogniti liderado por Amandine Beyer ofreció unas Cuatro estaciones de Vivaldi reveladoras, por su vuelo imaginativo y su precisión estilística. Destacaron el “Verano”, con una tensión acumulada de forma progresiva por parte de Beyer, con un tratamiento incisivo del arco y una gestión del vibrato extremadamente contenida, que desembocó en una tormenta de gran fuerza expresiva, sin perder nunca la claridad de textura. El Adagio molto del “Otoño” destacó por su desnudez y sus preciosistas texturas. Finalmente, el “Invierno” ofreció uno de los momentos más logrados: una interpretación de gran refinamiento tímbrico, con un control exquisito de las dinámicas y una capacidad notable para evocar ese paisaje sonoro helado, casi suspendido en el tiempo.
A continuación, ya en la franja del mediodía -una hora siempre delicada en cuanto audiencia- llegó el que constituyó uno de los momentos culminantes del festival: la Quinta Sinfonía de Prokófiev con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León dirigida por Vasily Petrenko. Pese a una asistencia menor de la esperable, quienes acudieron fueron testigos de una interpretación extraordinaria. Desde el Andante inicial, Petrenko impuso una tensión narrativa implacable, con un control absoluto del discurso y una claridad estructural ejemplar. Su dirección, de gesto contundente e incisivo, pero absolutamente eficaz, evidenció un dominio total del pulso interno de la obra, articulando con precisión cada transición y construyendo un discurso de largo aliento sin perder nunca el control de las tensiones acumulativas. El Allegro marcato, de carácter más sarcástico, fue abordado con una precisión rítmica casi quirúrgica. En el Adagio Petrenko alcanzó cotas de gran intensidad emocional, con un lirismo contenido y profundamente expresivo. El Allegro giocoso, de una energía casi desbordante, cerró la obra con una sensación de inevitabilidad que dejó al oyente literalmente atrapado.
Una Quinta de las que emocionan y conmocionan, y en la que Petrenko logró extraer de la orquesta una paleta tímbrica extraordinariamente rica, equilibrando poderío y transparencia, incisividad y lirismo. Su dirección dotó al discurso musical de un sentido, de una dirección y de una lógica interna que mantuvo al oyente en un estado de tensión constante. Probablemente, el punto más alto de cuantos conciertos se pudo escuchar durante el fin de semana.
La tarde del domingo mantuvo el listón sin concesiones. La Orquesta Sinfónica de Galicia regresó con un auditorio completamente lleno, esta vez con la presencia de un valor seguro al violoncello, Asier Polo, quien además jugaba en casa. Su Elgar fue un despliegue de intensidad, nobleza de sonido y una expresividad contenida, pero de gran aliento, en el que cada frase parecía construida desde una conciencia plena del estilo. Éxito incontestable, no solo por la calidad estrictamente interpretativa, sino también por la intensidad de la conexión entre el público bilbaíno y Polo. El Elgar había sido precedido por una muy notable recreación de Los Maestros Cantores de Núremberg, donde la cuerda y los metales de la OSG volvieron a exhibir ese sonido pleno, brillante y perfectamente empastado que constituye una de sus señas de identidad, dejando asimismo un excelente sabor de boca en el conjunto del festival.
Casi en paralelo, la interpretación de las tres Sonatas para viola de gamba y clave de Johann Sebastian Bach, ofreció un contraste de enorme interés, a cargo de La Spagna, el conjunto historicista de Alejandro Marías, acompañado en esta ocasión exclusivamente por Jordan Fumadó al clave. La propuesta se situó en un nivel interpretativo de muy notable altura, tanto por el rigor como por la profundidad musical del planteamiento. La viola de Marías desplegó un sonido cálido, flexible y de gran riqueza tímbrica, con un dominio sobresaliente del arco que permitió articular con precisión cada línea, cuidando especialmente el peso del fraseo y la dirección de cada motivo. Lejos de cualquier aproximación superficial, la interpretación evidenció una comprensión profunda del lenguaje bachiano, con un equilibrio muy logrado entre retórica y estructura. Por su parte, Fumadó sostuvo el entramado armónico desde el clave con elegancia e inteligencia musical ejemplares. Su pulsación firme, nunca rígida, aportó claridad a la textura y una base rítmica sólida sobre la que la viola pudo desplegarse con libertad. Especialmente destacable fue su capacidad para modelar el bajo continuo con sensibilidad, generando un diálogo constante y equilibrado entre ambos instrumentos. Una interpretación que, desde la contención y el rigor, logró alcanzar momentos de notable intensidad, confirmando el alto nivel de una formación que convierte esta música en una experiencia musical plenamente actual.
Es obligado comentar que además de los citados Gli incogniti y La Spagna, la presencia en el festival de conjuntos como L’Arpeggiata, Les Musiciens de Saint-Julien, el Collegium Musicum de Madrid y MUSIca AlcheMIca de Lina Tur Bonet terminaron por configurar, casi de manera inadvertida, un auténtico microcosmos barroco dentro del propio Musika-Música: un verdadero mini festival de música antigua de primerísimo nivel internacional.
El cierre llegó de la mano de los Solistas de Zagreb, en un programa dedicado a Piazzolla que supo conectar de inmediato con el público. Más allá de la innegable calidad de la interpretación, destacó su capacidad para reinventarse, para abordar este repertorio con naturalidad y frescura, alejándose de clichés. La respuesta del público -puesto en pie- confirmó el acierto de una propuesta que, además, rompía de forma saludable con la tradición del festival, incluso en el gesto poco habitual de ofrecer una propina, casualmente fuera del universo de Piazzolla: la música de Schubert.
Y así concluyó una edición que confirma, con rotundidad, la madurez de un proyecto único. Musika-Música como un ecosistema sonoro que veinticinco años después, sigue siendo un espacio donde la música se vive -intensamente, colectivamente- como una experiencia total.
Fotos: PSQ
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