Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Nabucco de Verdi en la Ópera Estatal de Viena bajo la dirección musical de Marco Armiliato y con Anna Netrebko y Amartuvshin Ekhbat en el reparto
Un volcán llamado Anna Netrebko
Por Raúl Chamorro Mena
Viena, 8-III-2026. Ópera Estatal. Nabucco (Giuseppe Verdi). Amartuvshin Ekhbat (Nabucco), Anna Netrebko (Abigaille), Alexander Vinogradov (Zaccaria), Ivan Magrì (Ismaele), Monica Bohinec (Fenena), Dan Paul Dumitrescu (Sumo sacerdote de Baal), Lukas Schmidt (Abdallo), Maria Zherebiateva (Anna). Coro y Orquesta de la Ópera Estatal de Viena. Director musical: Marco Armiliato. Dirección de escena: Günther Krämer.
Siempre es un placer regresar a mi querida Viena, pasear por el Ring, el Stadtpark y tomar un Café Melange con un buen trozo de tarta enfrente de la fachada de la Staatsoper. En cartel Nabucco, ópera de suma importancia, pues supuso el primer éxito indiscutible y gran espaldarazo de uno de los mayores compositores para el teatro de la historia, Giuseppe Verdi.
El reparto anunciado era en principio de lo mejor disponible actualmente en sus tres personajes principales y no defraudó. Las entradas estaban agotadas y, lástima, que este notable elenco no se viera acompañado de una dirección musical y escénica a su altura.
La gran diva de los últimos años, Anna Netrebko volvió a enfrentarse al temible papel de Abigaille y aún me pareció mejor su encarnación que la que le ví en Verona el pasado verano.
Arrolladora desde su salida con acentos fieros en "Prode guerrier", graves voluptuosos en los tremendos descensos en saltos interválicos y fraseo ampuloso, autoritario, en "Io t'amava, Il regno, il core". La voz, sana, caudalosa, opulenta y de timbre siempre reconocible dominó el concertante del final del primer acto y atacó su gran escena del segundo con acentos vibrantes, plenos de garra y vehemencia en "Ben Io t'invenni oh fatal scritto!" incluido el desaforado salto de decimosexta de Do 5 sobreagudo a Do 3 por debajo del pentagrama. En el aria "Anch'io dischiuso un giorno", la Netrebko desgranó fraseo amplio con el que superó el dilatado aliento Verdiano y llenó las largas frases, además de expresar el patetismo del pasaje. La espectacular cadencia final con escala culminada en ascenso en filado y nota conclusiva en pianissimo fue una muestra de control y técnica, que dio paso a una interminable ovación del público que llenaba la Ópera de Viena.
En la cabaletta subsiguiente "Salgo già del trono aurato", Abigaille cambia la melancolía por la expresión flamígera, incandescente, impecablemente expuesta por la soprano de Krasnodar, que superó con seguridad los temibles saltos al sobreagudo, si bien faltó algo punta y expansión a los ascensos, además de pesarle un tanto la coloratura di forza.
El carisma y personalidad de la Netrebko fluyó en una puesta en escena sin dirección de actores y catatónico movimiento escénico culminando en ese final del segundo acto, cual majestuosa leona con el pie encima de Nabucco proclamando su triunfo.
También le pesó un tanto la agilidad a la rusa en el dúo con Nabucco del tercer acto, pero los acentos y la expresión fueron de alto voltaje. En el final de la ópera, "Su me, morente, esanime" logró un gran momento de emotivo patetismo.
Amartuvshin Ekhbat, un tanto envarado en escena y falto de carácter, lució sus armas. Voz baritonal robusta, oscura, ancha, pastosa y extensa, aunque sin punta en la zona alta. Su buen legato y canto noble lució particularmente en "Ah perchè, perchè sul ciglio", "Deh perdona, deh Perdona ad un padre che delira" y la plegaria "Dio di Giuda" delineada con impecable fraseo y musicalidad.
Notable el Zaccaria de Alexander Vinogradov, bajo carente de una mayor anchura y rotundidad, pero que puede presumir de volumen y generosa extensión. Imprescindible en este papel que pide graves sólidos y timbrados y expuestos ascensos. Además, Vinogradov conoce el legato y el canto italiano como demostró en el recogido cantabile "Tú sul labbro". Desde luego, en el panorama actual no se me ocurren opciones mejores que Vinogradov para los papeles de bajo verdiano.
A pesar de un canto escaso en variedad y sutilezas, el bonito timbre del tenor Iván Magrì guardó el honor del único italiano del elenco. Voz de cierta sonoridad prestó Monika Bohinec a Fenena, a despecho de la guturalidad y desigualdad de emisión, así como un canto poco refinado. Discretos los secundarios capitaneados por el bajo Dan Paul Dumitrescu al que llevo viendo sobre el escenario de la Ópera de Viena desde hace 26 años.
La Filarmónica de Viena sonó muy bien y sonó demasiado, producto de su prepotencia genética y una batuta que, a pesar de ser italiana, no fue capaz de meterla en vereda, articular ese sonido macizo - esto no es Bruckner ni Wagner - y plantear una mínima gama dinámica. Efectivamente, en una función de repertorio de la ópera de Viena se cuenta con pocos ensayos, pero Marco Armiliato sólo mostró oficio, acompañó de forma aceptable a los cantantes y aseguró cierto pulso y sentido teatral, pero su discurso orquestal resultó aparatoso, de trazo grueso, nulamente imaginativo, anodino y avaro en matices.
El coro, algo desempastado al inicio de la ópera, se vió obligado a cantar el comienzo del Va pensiero echado en el suelo para ir incorporándose sucesivamente. A pesar de ello, logró una apreciable interpretación con una nota final mantenida ad libitum.
Era la tercera vez que veía en la Staatsoper la puesta en escena de Günther Krämer, estrenada en 2001 cuando Nabucco llevaba muchos años ausente en Viena. Pues bien, la producción resulta igual de fallida, aburrida, desnortada e incomprensible. Embriones de ocurrencias que no se desarrollan, oscuridad atentatoria contra la vista, tanto como la fealdad de la escenografía, movimiento escénico torpe y adocenado, superado puntualmente en esta ocasión por la desenvoltura, intuición teatral y carisma de la Netrebko.
Fotos: Ópera Estatal de Viena
Compartir
