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CRÍTICA: 'NAPOLI MILIONARIA' DE NINO ROTA, EN EL TEATRO DEL GIGLIO DE LUCCA. Por Andrea Merli

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10 de marzo de 2013
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REDONDA Y PERFECTA

Lucca. NAPOLI MILIONARIA - Nino Rota. Gennaro Jovine: Giampiero Cicino/Giuseppe Pellingra, Amalia: Valeria Sepe/Gaia Matteini, Maria Rosaria: Francesca Paola Geretto/Paola Santucci, Amedeo: Saverio Pugliese, Errico Settebellizze: Dario Di Vietri, Peppe ‘o cricco: Veio Torcigliani, Riccardo Spasiano: Juan José Navarro, Federico: Antonio Sapio, ‘O Miezo Prevete: Gianluca Tumino, Pascalino ‘o pittore: Andrea Schifaudo/Andrei Bogats, Brigadiere Ciappa: Giuseppe Pellingra/Giampiero Cicino, Jonny: Stefano Trizzino/Francisco Javier Landete, Adelaide: Marta Lotti/Sofio Janelidze, Assunta: Alessandra Masini/Emanuela Grassi, Donna Peppenella: Raluca Pescaru, Donna Vincenza: Teresa Gargano, Rituccia: Eleonora Mascia. Director: Matteo Beltrami. Dirección de escena: Fabio Sparvoli. Decorados y vestuario: Alessandra Torella. Iluminación: Marco Minghetti. Orchestra della Toscana. Ensemble vocale Opera Studio 2012. M° del coro: Mauro Fabbri. Teatro del Giglio 23/24 de febrero 2013.

      La envidia es muy mala, como la mala fe y los prejuicios. Estos tres elementos, mezclados y mal disimulados entre sí en un coktail venenoso, fueron los que determinaron la caída de esta última ópera del genial -sin reserva alguna- músico italiano Nino Rota, escrita en colaboración estrecha y fraternal con Eduardo De Filippo, no menos grande hombre de teatro, que retrató infaliblemente la vida real de Nápoles y cuyas obras, tras haber sido interpretadas por su propia compañia familiar, en la que destacaron los inigualables hermanos Pippino y Titina, siguen representándose en todo el mundo.
      La crítica nacional, casi siempre cegada ante el verdadero talento y aun más ante el genio en estado puro (paradigmáticos y muy significativos los comentarios tras el estreno de La bohéme de Puccini, en 1896 en el Teatro Regio de Turin: "Bohéme, opera mancata: non farà giro", "Bohéme, l'errore di un momento" que pasaron a la historia los críticos D'Ormeville y Bersezio... por su estupidez) no quiso ni siquiera considerar el éxito que a Napoli Milionaria decretó el público engalanado que asistió la noche del 22 de junio de 1977 al estreno, en el Teatro Nuovo de Spoleto, broche de oro de esa edición del Festival dei Due Mondi, dirigido por el también compositor Giancarlo Menotti. Esa velada fue retransmitida en directo y en color (la primera vez para una ópera) en Mundovisiòn por la RAI: queda un vestigio borroso y se puede ver en You Tube. Coincidencias de la vida, quien firma -muy jovencito, todo hay que decirlo!- fue testigo del hecho histórico y quedó prendado por la belleza de la música, la que habla directamente al sentimiento y al corazón y por la historia, tan patética como atada a una realidad siempre presente en el mundo, no solo el napolitano: la pérdida de los valores y la degeneración moral ante el puto dinero.

      Pero claro, es una ópera demasiado tonal, llena de armonías y melodías pegadizas, entrañables, fáciles, que la gente puede silbar saliendo del teatro. Orrore orrore! No estaba en la línea, declaradamente "política" (como si la música pudiera tener una bandera) de lo que entonces se estilaba. Hubo hasta quien preguntó a De Filippo por qué no había confiado su texto a los más à la page en aquel entonces Sylvano Bussotti o Luigi Nono. Nino Rota, amén de haber sido un niño prodigio, bien podía presumir de una preparación musical rigurosa e internacional, habiéndose formado también en Norteamérica, pero para la mayoría de sus colegas menos afortunados y envidiosos, no dejaba de ser un vendido al Séptimo Arte, al cine. Era un vulgar cinematógrafo, dicho sin esconder el desprecio y un tufillo de superioridad. Por supuesto, ninguno de ellos supo producir las melodías que garantizaron a Rota varios premios Oscar, en el filme Doctor Zivago y en El Padrino. Sin olvidar las películas de Visconti, citando tan solo El Gatopardo, y por supuesto toda la cinematografía de Fellini, con el que hubo una total simbiosis. Al punto que tan solo escuchar pocos acordes de Rota y te vuelven a la memoria películas como La strada, Las noches de Cabiria, etc. etc. ¿Componer para el cine, ser famoso, ganar dinero? Eso era imperdonable.
      De la misma manera y por motivos casi análogos, se acusó a Edoardo De Filippo. En su caso de haberse "rebajado" a colaborar con tal "ínfimo" compositor y, también, de haber adaptado él mismo su comedia (o mejor dicho tragedia) a un "vulgar" libreto de ópera, tras haberla llevado a la pantalla en 1950, protagonizándola con su hermana Titina y el no menos inalcanzable y famoso Antonio príncipe de Curtis, en arte Totó. Por cierto con la banda sonora de Nino Rota.
      En fin, el resultado de estas críticas tan partisanas fue que, tras las dos funciones programadas en Spoleto y acogidas como ya se ha escrito más arriba con gran éxito de público, mérito también de un reparto de campanillas: entre otros, la volcánica interpretación de la joven Giovanna Casolla, incomparable Amalia y de la también casi debutante Mariella Devia en el rol, nada marginal, de la hija Maria Rosaria, dirigiendo Bruno Bartoletti, la opera cayó en el olvido. El Teatro di San Carlo de Napoles, donde estaba programado reponerla, no se atrevió (siempre por la "politica" por medio) y así es como, inconcebiblemente, Napoli milionaria quedó apartada, olvidada en un cajón, como muchas otras joyas del operismo y no solo italiano.
      Solo en el 2010, con un autentico acto de valor y coraje, la nueva dirección del Festival de Martina Franca, dirigido por el entusiasta Alberto Triola, decidió recuperar esta partitura. Todos los que asistimos a ese "reestreno", hasta los que nunca la habían escuchado, esa cálida noche del mes de julio, bajo las estrellas en el patio renacentista del precioso Palazzo Ducale, tuvimos la unánime sensación de asistir a la reaparición de lo que es sin lugar a dudas una obra maestra.
      Porque es una formidable pieza teatral y porque la música de Nino Rota es la que más se adapta a la descricpión de ese mundo sub proletario y pobre de los "bassi" (bajos) napolitanos, precisamente en plena segunda guerra mundial. La vida del conductor de tranvías Gennaro Jovine, en el paro por la guerra, está amenizada por la actividad de extraperlista de su mujer, aun de muy buen ver, Donna Amalia que trata con el galán y camorrista Errico Settebellizze y a cuya actividad participa todo el vecindario. Una denuncia les obliga a improvisar el velorio del... mismo Gennaro ante la visita del brigadier Ciappa. El que ya ha detectado varios falsos muertos en los barrios pobres de la ciudad y cuyo entierro, como él dice, "ha terminado en la cárcel". Sin embargo, este muerto se resiste en resucitar pese a las amenazas del policia. Ni siquiera un ataque aéreo y el bombardeo de las fuerzas aliadas le inmutan. Por lo tanto el brigadier, que también es napolitano, simpáticamente declara que no le detendrá ni inspeccionará la casa, "parola d'onore", si finalmente Don Gennaro se levanta de la cama: "Allora, se m'arrestate siete una carogna!" increpa el muerto. La escena recuerda muy de cerca al Gianni Schicchi; sin embargo, no termina en alegría, puesto que desde el vicolo, el callejón, llegan las voces de que sobre el cercano refugio, donde hubieran ido a protegerse, ha caído una bomba y se están extrayendo los cadáveres. Entre ellos el de Carmela, la mujer de uno de los amigos que participaban al falso velorio. La realidad, una vez más supera la fantasía.
      El segundo acto empieza con desencadenados ritmos americanos y el chillido de los extraperlistas, que ahora y públicamente venden productos "aliados": cigarrillos cuyas marcas son pronunciadas a la napolitana, chocolate y mantas sustraídas a los militares americanos. Han pasado muchos meses. Gennaro, sorprendido por un rastreo alemán, ha sido deportado y muchos piensan que ha muerto. El que más insiste es Errico, cuya pasión para Donna Amalia es explícita y desenfrenada. Ella finalmente cede y le da cita a Villanova, una zona apartada fuera del centro de la ciudad. Maria Rosaria, hija de Gennaro y Amalia, también participa al jolgorio alocado de los militares. Enamorado, el sargento Johnny, finalmente se despide en un precioso y conmovedor dúo, declarando a su la "little Butterfly" que él no es Pinkerton, que tiene en América esposa y tres hijos. Ella no entiende el inglés, pero le ama, está embarazada y comprende, por la voz del corazán, que él está a punto de abandonarla.
      El tercer acto empieza con una conmovedora plegaria de Amalia a la Virgen. Es consciente de haber pecado, pero si volviera su marido, debería entender que no pudo ser de otra manera. Finalmente regresa Gennaro, pálido, demacrado y harapiento. Su vestimenta confiesa, es como una bandera. Lo que ha visto, pasado y sufrido es indescriptible y, de hecho, sus familiares y amigos no quieren escucharle. La guerra para ellos ha terminado. Nada vale que Gennaro insista que ésta es una guerra que no termina nunca. Llega el día del aniversario de Errico y Amalia, enjoyada y elegante, le ha organizado un banquete opíparo entre cantos y brindis. Pero irrumpe la policía, el mismo brigadier del primer acto viene para llevarse detenidos a los camorristas. Entre ellos Amedeo, el hijo de Amalia y Gennaro. En un intento de fuga y hay disparos: Amedeo cae herido mortalmente al suelo. Solo ahora Amalia realiza la tragedia que iba anunciando Gennaro: la guerra no ha terminado. Como una madre dolorosa, sosteniendo en el regazo el cuerpo del hijo, repite: "Mamma mia, mamma mia ch'aggio fatto!" -que he hecho!- mientras Gennaro desconsoladamente comenta: la guerra no ha terminado. No ha terminado nada.
      El mensaje de De Filippo se hizo más pesimista en 1977, al sustituir la frase, que se hizo célebre y popular, con la que se termina la comedia y el filme: "Ha da passà 'a nuttata", tiene que pasar esta noche oscura. Los años Setenta fueron los del terrorismo rojo, de las bombas en los bancos y en los trenes en Italia. Rota murió en 1979, De Filippo poco más tarde y con ellos terminó una época.
      Ahora parece que ha llegado el momento oportuno para que esta ópera vuelva a los escenarios, no solo a los italianos. Esperemos pronto en el de Nápoles. Es de vergüenza ajena que allí precisamente no se haya aun representado. Y que luego recorra todo el mundo. Su mensaje es universal, pero personalmente nunca he creído en la función didáctica de las obra de arte, las que nacen de la genialidad de sus autores sin propósitos programáticos y sin urgencias didascálicas.
     Esta obra, teatralmente perfecta, tiene "carácter" en todos sus personajes, incluyendo los menores que participan a una coralidad que es la de la ciudad partenopea. No hay nada que sobre o que falte, es redonda y perfecta. La música es, sencillamente, encantadora. Verdad es que Rota utilizó declaradamente el auto-emprestito, empezando precisamente con la banda sonora de la película del mismo título. Son reconocibles muchos temas, casi todos de películas de Fellini. Pero la habilidad en crear motivos conductores, en abrigar la situación escénica con un declamado moderno, tajante y al mismo tiempo fiel al "canto di conversazione" fiel a la mejor tradición musical italiana de Verdi a Puccini, es innegable y peculiar. El estilo es inconfundible también en las citaciones casi textuales, que comprenden a Mussorgsky y Bernstein entre otros. Un estilo que es orgullosamente eclectico en los ritmos, aparecen el tango, el vals, el fox trot la rumba, sin olvidar el swing típico del jazz. En el dúo de amor entre Maria Rosaria y Johnny, quizás la página más conmovedora de la ópera, donde en más de un momento se sueltan lágrimas de pura emotividad, Rota llega a mezclar Puccini y Gershwin, logrando mantener su propia firma.
      Muchos ponen a Turandot  como la última ópera italiana. En cierta medida es verdad. Napoli milionaria entonces podría indicar el nuevo recorrido de la ópera italiana. En 1977 no supieron reconocerlo; ahora es patente. El largo preámbulo no quita la obligación a la crónica de un espectáculo que se ha demostrado delicioso, hecho todo con jóvenes, algunos debutantes absolutos, al que se pudo asistir en el estupendo Teatro del Giglio de Lucca, otra joya arquitectónica de las innumerables que ofrece nuestro Bel Paese. Nacido como proyecto de Opera Studio 2012, con audiciones en septiembre de 2012 y una larga serie de ensayos preparatorios hasta el día del debut, en colaboración con los teatros de Toscana, el Verdi de Pisa y el Goldoni de Livorno, donde la producción seguirá su recorrido. Es otro de los ejemplos de la labor que se hace en la provincia italiana, donde con poquísimo presupuesto y menos dinero pero con buena voluntad y ganas de trabajar, se realizan trabajos estupendos.
      Empezando por dar a los jóvenes la posibilidad de lucirse: el reparto de esta ópera es muy amplio y si bien los roles más importantes son cuatro, los otros tienen todos posibilidad de lucimiento. Unir dos compañías no ha sido tarea fácil, pero con meses de trabajo - para eso sirven los laboratorios- se ha logrado otro "milagro a la italiana", incluyendo elementos de fuera: entre ellos dos cantantes españoles.
     El director de orquesta Matteo Beltrami es una bella realidad en el panorama internacional. Pero ha dedicado tiempo y paciencia a preparar concienzudamente a estos chicos, cuya edad media oscila entre los 25 y 30 anos. También ha trabajado muy bien con la orquesta de la Toscana, compuesta igualmente por jóvenes elementos. La orquestación de Rota es muy trabajada, abundante en efectos cromáticos extremos, precisamente por abarcar tantos estilos musicales tan distintos, el orgánico musical es numeroso e importante. Algunos músicos fueron desplazados en los palcos más laterales sobre el foso. Lo mismo el "coro", en realidad compuesto por los "dobles", que cuando no cantan como solistas se prestan a hacer de coro con total entrega. Mérito del bravo maestro preparador Mauro Fabbri.
      La puesta en escena lleva la firma de un director de escena de gran talento, que ha sabido sacar "napolitanidad" y casticismo hasta de los cantantes georgianos! Una dirección llena de ritmo, que rehuyó sin embargo del fácil costumbrismo, pero sin dejar de ser efectiva. Perfecto el sencillo decorado y el oportuno vestuario anos 40 de Alessandra Torella, asì como la iluminación de Marco Minghetti.
       Los cantantes: cada uno de ellos merecería un "a parte". Me hago cargo de que son desconocidos para la mayoría de los lectores, sin embargo, de algunos yo creo que oiremos hablar pronto. Empezando por las dos Amalias, Valeria Sepe y Gaia Matteini, de carácter distinto, pero ambas con gran temperamento. Se trata de dos excelentes mezzosopranos. Siguiendo por los dos Gennaro, perfectamente intercambiables y además, a turno, intérpretes también del rol del policía, el brigadier Ciappa: Giampiero Cicino y Giuseppe Pellingra, muy aplaudidos y con toda la razón. Ser jóvenes en un rol que requiere madurez -era el que protagonizaba el gran Edoardo- es una hazaña que de por sí merece laude.
      El tenor Dario Di Vietri cantó todas las funciones como Errico Settebellizze, rol nada fácil por tesitura y extensión, al que es confiada una de las melodías más bonitas, a tiempo de valz. Su valentía y plante, con cierto descaro de "guappo" napolitano le valieron otro tanto éxito. En el rol de la hija Maria Rosaria se distinguieron en la parte que fue de la Devia- dos sopranos muy musicales: Francesca Paola Geretto y Paola Santucci, ambas deliciosas por frescura juvenil y entrega. Hay un rol a quien Rota confia una auténtica página de agilidad sobre una carcajada histérica. Es el de Assunta, la "solterona" que se casó con un militar por procura y nunca llegó a "consumir" el acto. Le prestaron voz y brio Alessandra Masini y Emanuela Grassi. La parte del hijo Amedeo, el que al final muere, fue muy creíblemente interpretada por el tenor Saverio Pugliese. Del resto del reparto destacaron el camorrista Peppe 'o cricco del baritono Veio Torcigliani y el O' Miezo Prevete (el medio cura) de Gianluca Tumino.
      Mención especial al sargento americano Johnny, que canta en inglés, interpretado por Stefano Trizzino y, en la función del domingo, por el español Francisco Javier Landete, ambos barítonos. Barítono también el otro español: Juan José Navarro, en el rol del señor que compra de extraperlo a Donna Amalia. Finalmente dos tenores de muy grata voz en la parte del cantante callejero que entona la canción "Villanova" antes del desenlace trágico: Andrea Schifaudo y el georgiano Andrei Bogats. Ambas funciones presentaron el teatro muy lleno de público, que pareció prendado por la opera. Inevitablemente: una música que cuanto más la escuchas, mas te "entra".
Autor:Andrea Merli
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