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Crítica: 'Norma' de Bellini en el Teatro Real

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25 de octubre de 2016

NORMA VUELVE PERO NO EMOCIONA

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 23-10-2016, Teatro Real. Norma (Vincenzo Bellini). Maria Agresta (Norma), Gregory Kunde (Pollione), Karine Deshayes (Adalgisa), Michele Pertusi (Oroveso), Maria Miró (Clotilde), Antonio Lozano (Flavio). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: Roberto Abbado. Dirección de escena: Davide Livermore.

   La actual dirección artística del Teatro Real pretende reparar el desdén del que ha sido objeto Vincenzo Bellini desde la reapertura del recinto y ha programado dos de sus grandes óperas en el espacio de unos meses. I Puritani en Julio y ahora, la inmortal Norma, uno de los títulos más emblemáticos del repertorio. De hecho, si exceptúamos unas representaciones en algún festival veraniego y la interpretación en forma de concierto en el Teatro Real en 2010 a cargo de Violeta Urmana, esta obra maestra llevaba sin representarse en la temporada de ópera “oficial” madrileña desde 1978 en que Montserrat Caballé (en uno de los papeles que más gloria le ha dado), Pedro Lavirgen y Fiorenza Cossotto dieron vida a sus atribulados personajes sobre el escenario del Teatro de La Zarzuela.  

   Una de las razones que explica la dificultad que tiene montar esta ópera radica en la enorme complicación tanto vocal como dramática que encierra el papel protagonista, que pertenece a la vocalidad de la llamada soprano assoluto, también denominada con otros términos como soprano sfogato o drammatica d’agilità. Esta vocalidad requiere unos elementos que la convierten en algo excepcional, propio de cantantes y personalidades únicas. A saber, capacidad no sólo para afrontar tesituras onerosísimas con exigentes demandas en los extremos, sino para afrontar largos períodos que inciden bien en la zona grave, bien en la aguda; flexibilidad para afrontar largas frases de canto legato con dominio de la regulación dinámica, así como de la coloratura, especialmente “di forza”; Capacidad para superar momentos de vigor orquestal; gran variedad de acentuación – abudantemente heroicos y hasta fieros- como consecuencia de los diferentes estados de ánimo de estos personajes, muy complejos y cambiantes psicológicamente, llenos de aristas. La cantante que los afronte debe ser capaz de encarnar y transmitir toda esa variedad, además de poseer un “plus” en cuanto a personalidad, carisma y magnetismo con la que llegar y conmover al público. En el primer cuarto de siglo XIX una serie de cantantes que podrían encuadrarse, a priori, en la tesitura que hoy llamamos mezzosoprano consiguieron alargar su extensión hasta notas agudas propias de soprano, manteniendo la elasticidad y cómo no, el dominio de la coloratura que era esencial en el canto de la época. Una de esas cantantes fue Giuditta Pasta, a la sazón, primera Norma en el estreno de la ópera en el Teatro Alla Scala de Milán en 1831.

   En el siglo XX apenas una cantante (con algún antecedente anterior como Rosa Ponselle) fue capaz de reexhumar esta vocalidad, Maria Callas, única que ha sido capaz de encarnar todos los requerimientos vocales de Norma, así como de realizar la más completa caracterización dramática de la misma.

   A pesar de ello, otras sopranos han brillado en el papel y aún sin cubrir todos los requerimientos del mismo, se puede sacar adelante e incluso ofrecer un retrato plausible, siempre que se posea una sólida técnica, sabiduría y personalidad artística.

   Lo que no es muy aconsejable es comprobar como una soprano lírica justa como Maria Agresta se presenta con un centro totalmente abombado y falseado, pretendiendo cantar con una anchura y un timbre de los que carece. De este modo, ofreció un “Casta diva” trivial con una emisión tan extraña como ficticia, precedido por un recitativo “Sediciosi voci” (importantísimo) que pasó sin pena ni gloria merced a unos acentos inertes y unos descensos al grave inaudibles, por más que la soprano italiana intentara buscar resonancias espúrias. Trabajosísima y problemática la espinosa coloratura de la cabaletta “Ah bello a me ritorna”, de la que sólo cantó una estrofa, mientras en el resto de la obra se interpretaron todos los da capo. Insatisfactoria también “Oh non tremare”, tremenda invectiva con saltos interválicos y coloratura di forza, que se saldó con ascensos abiertos y esforzados (su agudo siempre ha acusado tensión, agravada en esta ocasión, efectivamente,  por ese centro tan inflado) y una agilidad borrosa y destartalada. En el acto segundo mejoró levemente la interpretación vocal de la Agresta con algún asomo de canto italiano en “Mira o Norma” y algunos filados aquí y allá, si bien, no totalmente resueltos. En cuanto a acentuación y caracterización del personaje, la monotonía y falta de emoción se mantuvieron toda la representación careciendo, asimismo, Agresta, de ese carisma, magnetismo y comunicatividad que se citaba anteriormente como un plus de los requerimientos insólitos y excepcionales que corresponden a la sacerdotisa druida.

   Frente a esta especie de vocalidad “impostora” que se pudo escuchar en el papel protagónico, el veterano tenor Gregory Kunde, que después de afrontar Otello en el Teatro Real el mes pasado se vestía ahora de Pollione, ofreció un canto, entrega y expresión totalmente sinceros y autenticos, sin trampa ni cartón. Cierto es que la erosión de su voz es la que es, que el centro suena áfono y leñoso, pero es capaz de transmitir el ardor juvenil del que carece su timbre - ajado y desgastado-, a través de los acentos, siempre vibrantes e impetuosos. Si a ello le unimos su inatacable formación musical y su conocimiento estilístico del período belcantista romántico, que le permiten ofrecer variaciones en la segunda estrofa tanto de la cavatina “Meco all´altar di Venere” como de la cabaletta “Me protegge, me difende”, la conslusión es que su intepretación fue la única que buscó contrastes y variedad. En definitiva, con todos sus inconvenientes, fue el mejor de la función.

   El papel de Adalgisa era a día del estreno el único destinado a soprano estricta, (lo estrenó la mítica Giulia Grisi, primera Elvira de I Puritani y primera Norina de Don Pasquale, entre otros) y resulta totalmente lógico, toda vez que encarna a la sacerdotisa joven, virgen e inexperta, frente a la mujer madura que encarna Norma, que como ya se ha expresado correspondió a Giuditta Pasta, que era más bien un soprano usurpato. Dado que el papel de Norma fue interpretado normalmente por sopranos genuinas, el de Adalgisa se ha atribuido (y acomodado) tradicionalmente a mezzosopranos de cara a la oportuna diferenciación tímbrica entre ambos papeles. Mezzo muy lírica es la francesa Karine Deshayes, de grave muy débil y agudo extremo tasado, resultando la zona centro-primer agudo su franja más sana y timbrada. Como cantante se mostró muy correcta, pero sin relieve ni clase en su fraseo y como intérprete encarnó una Adalgisa insulsa y definitivamente aburrida.

   El curtido bajo Parmesano Michele Pertusi ofreció su habitual canto tan noble y compuesto como monocorde y falto de autoridad con un timbre que ya acusa el paso del tiempo. María Miró volvió a lucir en su Clotilde su buen material sopranil, sustancioso y bien emitido. Bien el coro, especialmente el masculino.

   Labor poco refinada, aún menos inspirada y defitivamente plana, la del director musical Roberto Abbado, que convirtió a la orquesta en una mera y ramplona acompañante del canto, pero sin estímular el mismo, ni crear atmóferas, ni tensión teatral. Una pena escuchar las sublimes melodías bellinianas expuestas de manera tan banal, sin magia alguna.

   La producción de Davide Livermore en coproducción con el Palau de Les Arts de Valencia y la ABAO sirve para seguir la obra sin mayores sobresaltos y la expone de manera eficiente y razonablemente cabal. Hay que celebrar no encontrar sobre el escenario gabardinas, ni astronautas, ni fascistas, ni nada parecido. Al contrario, pueden observarse romanos, druidas y galos. Los intérpretes cantan en la parte delantera del escenario y la escenografía ambienta acertadamente el bosque oscuro y amezanante. Por el contrario, el elemento escenográfico central y prácticamente único, una especie de enorme tronco de árbol, resulta desmesurado y excesivo, tanto como lo son muchas de las abundantes proyecciones que pueden verse en este montaje. La dirección de actores y el movimiento escénico resultan someros,  pero efectivos.  

Fotografía: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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