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Crítica: 'Le nozze di Figaro' en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Gonzalo Lahoz
18 de septiembre de 2014
Foto: Javier del Real.

DOVE SONO

Por Gonzalo Lahoz.
15/09/14 Madrid. Teatro Real. Mozart: Le nozze di Figaro. Andreas Wolf (Figaro). Sylvia Schwartz (Susanna). Luca Pisaroni (Almaviva). Sofia Soloviy (Condesa). Elena Tsallagova (Cherubino). Helene Schneiderman (Marcellina). Christophorus Stamboglis (Bartolo). José Manuel Zapata (Basilio). Khatouna Gadelia (Barbarina). Ivor Bolton, director musical. Emilio Sagi, director de escena. Coro y Orquesta del Teatro Real.

   Desde la reinauguración del Teatro Real, de la que aún no se han cumplido ni veinte años, Las bodas de Figaro se han podido escuchar hasta en cinco ocasiones sobre su escenario, tres con la actual puesta de Emilio Sagi. Para justificar tantas reposiciones en tan poco tiempo y en un teatro que al fin y al cabo no podríamos catalogar como de repertorio, bastaría decir que Nozze es uno de los máximos súmmum de la historia de la ópera, seguramente el punto culminante donde confluyen todas las corrientes, opiniones y gustos líricos, aunando todos ellos y cubriéndolos bajo su música y textos universales. También es una cuestión de hacer caja, no nos vamos a engañar, puesto que los melómanos están ávidos de buenas voces sí, pero también de repertorio, al menos una mayoría del público (si no recuerdo mal, Mortier tenía prevista de nuevo la Tosca de Espert para 2016, lo que sumaría su tercera ocasión en el Real). La cuestión es también saber equilibrar la balanza para que todo siga dando sus frutos. Quiero decir, cuando es la tercera ocasión en la que las mismas generaciones de espectadores pueden ver la misma obra con la misma puesta sin apenas darles tiempo a pintar más canas, se ha de ofrecer algo que verdaderamente tenga la calidad al menos suficiente como para empujar a todos ellos al interior del teatro; máxime cuando tantas y tantas otras grandes partituras aún están por recuperarse en las tablas madrileñas tras decenios y decenios sin ser escuchadas en la capital. Los espectadores casuales puede que aprecien una simple reposición, los abonados seguramente se muestren, como así ha sido, mucho mas perspicaces.  

 
  Matabosch se ha encontrado pues con estas Bodas ya planteadas y atadas por su antecesor Mortier que no aportan absolutamente nada nuevo (amén de unas arcas bastante tocadas vistos los recortes que ha debido realizar a esta temporada). El espectador podrá decir y con razón: “Bueno ¿y qué? ¡Siempre será Mozart! ¡Siempre será Beaumarchais! ¡Siempre será Da Ponte! ¡Tres genios inmortales!” Pues discúlpenme simbolismo tal, pero también un solomillo siempre será un solomillo y si a uno se lo achicharra el cocinero, no habrá quien se lo coma.

   Teníamos nuestras más serias y fundamentadas dudas sobre la acertada o no elección de Ivor Bolton como director titular del foso madrileño. Tras el decepcionante Gluck de la temporada pasada, nos encontramos ahora con otra de sus supuestas bazas: Mozart. Un Mozart gris, mal planteado, sin pulso, sin brillo, con evidentes desajustes entre orquesta y cantantes, de tiempos y dinámicas en ocasiones más caprichosas que necesarias y con apenas un par de momentos de categoría al llegar sendos finales del tercer y cuarto acto. Se esperaba más, mucho más de Bolton con tan magna partitura entre manos, recibiendo algún que otro sonoro abucheo al finalizar la función. Si un servidor fue tan crítico con la labor anterior de López-Cobos en lecturas mozartianas, rossinianas y de similar estilo, no puedo ahora si no decir que, si esto es lo mejor que nos tiene que ofrecer el director inglés, mejor será ir pensando desde ya en un sucesor. La duda es clara: ¿A qué nos exponemos los espectadores? ¿Temporadas con títulos más allá del clasicismo en los que Bolton tendrá a priori poco que hacer? ¿O temporadas repletas de títulos ajustados a la batuta  del director pero con lecturas de este pobre calado? Tal vez tan sólo sea cuestión de que titular y formación encuentren su camino juntos poco a poco y quién sabe si afortunadamente tendré que guardar mis miedos para otra ocasión.

 
   El reparto, como era de prever, hizo aguas por doquier. No se oyó un sólo aplauso hasta bien entrada la noche, ya en la segunda parte y con la sensación un tanto de “obligatoriedad”.
   Luca Pisaroni fue sin duda lo mejor de la velada. Al menos su voz sí corría por todo el teatro y con cierta pegada, gustando del estilo y coordenadas mozartianas, por más que tuviera un sonoro traspié en su Hai già vinta la causa que lastró su intervención global. Mal Sylvia Schwartz como Susanna, a  quien apenas conseguía oírse y mal Andreas Wolf como Figaro, quien llegaba incluso a cambiar acentuación al verse incapaz de completar frases. Tanto el barítono como la mezzosoprano (más bien soprano) Elena Tsallagova como (un plano e insulso) Cherubino, introdujeron variaciones en sus repeticiones que no venían a cuento por cómo fueron resueltas. Recordaba a Franco Fagioli comentando para el Anuario Codalario 2014 que las variaciones han de surgir, no forzarlas para que sean bellas... ¡y cuánta razón tiene!.

   La Condesa de Sofia Soloviy empezó a ganar enteros a partir de su Dove sono (Dónde quedaron los bellos momentos, también me preguntaba yo), regalando bellas frases al finalizar el cuarto acto y demostrando una musicalidad más que sensible. Helene Schneiderman entró exquisita en teatralidad y canto como Marcellina, con ese figurín de Renata Schussheim que parece sacado a medida de La Condesa de Villafranca de Goya, pero se desinfló ya en el dúo con Susanna y al llegar su aria Il capro e la capretta acabó pidiendo el acompañamiento del público con palmas al grito de “tutti insieme”. El resto del reparto, con sus más (Khatouna Gadelia como Barbarina) y sus menos (José Manuel Zapata como Basilio), cumplieron con su cometido.

   Bien el coro en sus breves intervenciones y acertada la puesta de Emilio Sagi, por más que algunos la tachen de demasiado clásica, como si eso fuese algo peyorativo. Puede serlo, pero no cuando está tan bien servida desde la dramatización del texto. Sencilla, clásica, elegante, al menos estas Bodas se dejaron ver... por tercera vez.

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