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Crítica: Continúa el ciclo sinfónico de Bruckner con Daniel Barenboim en el Carnegie Hall (Sinfonías 3ª y 4ª)

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
25 de enero de 2017

"Con la Romántica, Barenboim y sus músicos alcanzan la primera cima del ciclo".

ALCANZAR LA CIMA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall  21 y 23 de enero de 2017. StaatskapelleBerlin. Piano y Director musical: Daniel Barenboim. Conciertos para piano y orquesta nº 24 en Do menor, K. 491 y nº 26“De la Coronación” en Re mayor, K. 537 de Wolfgang Amadeus Mozart; Sinfonías nº 3 en Re menor (Versión de 1878) y nº 4 en Mi bemol mayor “Romántica” (Versión de 1877) de AntonBruckner.

   Tras los dos primeros conciertos que como comentamos se saldaron con buen nivel, aunque sin terminar de rematar, en los dos siguientes hemos vuelto a tener de todo. Una pequeña decepción el sábado y un extraordinario concierto el lunes, a un altísimo nivel y sin duda, el mejor con diferencia de los cuatro. Pero vayamos por partes.

   Varias veces durante el concierto del sábado me pregunté si este tipo de desafíos era necesario o no. Sobre todo cuando a todo un ciclo sinfónico de la envergadura del de Anton Bruckner, ya de por sí toda una hazaña en poco más de una semana, le sumas las primeras partes, de las cuales en seis de ellas, Daniel Barenboim se sienta además al piano. Son obras que el músico argentino conoce de sobra y ha tocado innumerables veces, pero no nos engañemos. Es necesario volver a prepararlas, ensayarlas con los músicos, y luego subirse al escenario. Por muy dotado que sea un músico, no se trata de salir, sentarse al piano y que automáticamente aquello salga perfecto. La labor tanto mental como física es extraordinaria y el bonaerense supera los 74 años. Y no solo es una cuestión suya sino también de la orquesta. En once días van a interpretar diecisiete obras distintas, con mínimo tiempo para ensayos intermedios, con lo que ello supone de desgaste.  

   El sábado comenzó con el Concierto en Do menor, uno de los más exigentes, y junto al n°20 que hizo el día anterior, los únicos en clave menor de la serie de veintisiete. Barenboim planteó una versión con mucha carga dramática, casi beethoveniana, muy fogosa, de tempi rápidos, marcando a la orquesta con su mano izquierda todas las frases en las que no la tenía en el teclado. Siendo musicalmente irreprochable –si aceptamos sus parámetros interpretativos– la ejecución se resintió. Tanto levantarse y sentarse nos llevó a momentos de confusión, turbulentos como toda la parte final de la cadenza, los acordes previos a la coda y en ésta, alguna de sus entradas de la mano izquierda. Mejoró considerablemente el Larghetto, donde tanto él como la orquesta, especialmente las maderas y entre ellas la flautista y el fagot, estuvieron admirables. En el Allegretto final llevado a un tempo medio, volvimos a disfrutar de un discurso musical hipnótico que no terminaba de culminar por el pequeño galimatías sonoro que se produjo en la respuesta orquestal al precioso tema cromático con el que arranca. Afortunadamente a partir de ahí, los diálogos del piano con las maderas y la breve cadenza final devolvieron las aguas a su cauce.

   En el programa de mano del Carnegie para estos conciertos, hay una entrevista con el músico argentino donde éste nos habla de cómo llegó él a la obra de Anton Bruckner y como éste se ha convertido en uno de sus músicos de referencia. En ella, Daniel Barenboim nos cuenta que su primer contacto fue cuando tenía quince años, en su primera gira por Australia junto a Rafael Kubelik. El genial director checo le sugirió que asistiera al ensayo de la Novena sinfonía y desde ese momento quedó hechizado con la música. Gracias a las grabaciones radiofónicas hemos podido admirar el extraordinario Bruckner del maestro checo, que oficialmente solo grabó la tercera y la cuarta con su Orquesta de la Radio Bávara.

   La versión que planteó el sábado Daniel Barenboim tenía ciertas similitudes con la de Kubelik aunque no llegó al nivel de calidad de la misma. Intuitiva y vibrante, muy bien planteada, con una expresividad a flor de piel, estuvo más pendiente de lo que contaba que de cómo lo contaba. El Moderato inicial fue cálido y contundente, llevado a tempo vivo, lástima que hubiera poco cuidado por el detalle. Con el sosiego y la contención de un ralentizado Adagio, aunó el romanticismo cálido y solemne con un trazo más depurado que ahora sí, alcanzó cotas más altas. Como en días anteriores, el Scherzo fue excelente, tanto el inicio sobre los pizzicatti de los violonchelos con el trepidante crescendo posterior como el vals y el trío campestre posterior. Con un cansancio evidente – tuvo que limpiarse el sudor de la frente innumerables veces – pero que no se notaba en la interpretación, el Finale, más que un “allegro fue un “allegro con fuoco” o casi un “presto”, tal fue el tempo que imprimió. La obra ganó en expresividad y fuego, a costa de desajustes orquestales, perdiendo por las prisas parte de la solemnidad que requiere la obra. Gran versión con sus pros y sus contras, que nos dejó un pequeño poso de amargor por lo que pudo ser y no terminó de concretar.

   El día de descanso entre este concierto y el del lunes nos vino bien a todos. A los espectadores porque, aunque evidentemente no al nivel de los intérpretes, también necesitamos tiempo para asimilar. E indiscutiblemente a los músicos y al propio Daniel Barenboim porque el nivel alcanzado en el concierto del lunes fue soberbio en todos los sentidos.

   En el Concierto en Re mayor “De la coronación”,Barenboimsiguió las pautas de los días anteriores. Versión cálida y alegre de una obra que lo pide, con una dirección orquestal honda, una interpretación pianística donde prima una musicalidad y un saber cantar excepcional, y una orquesta que en este caso sí sonó como una de las grandes. Los planos sonoros estuvieron mucho más cuidados, las cuerdas tuvieron un buen día, y el sonido llegaba claro y límpido.  A destacar un Larghetto cuidado hasta el extremo, en que cada frase tenía su sentido y su acentuación, todo ello dentro de un discurso musical coherente de principio a fin. Volvimos a tener algún pasaje algo borroso, pero de poca importancia.

   Lo mejor estaba por llegar. Hace ahora veintitrés años que escuché la Cuarta sinfonía a Daniel Barenboim con la Orquesta Sinfónica de Chicago en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Aunque la calidad actual de la orquesta berlinesa dista de la que tenía la americana en aquellos primeros años noventa del pasado sigloen que Sir Georg Solti terminaba su titularidad habiéndola llevado al nivel más alto posible, su prestación ayer lunes no tuvo mucho que envidiarla. Como comenté previamente, el descanso del fin de semana les vino bien. Barenboim eligió unos tempimás reposados que los elegidos en las sinfonías anteriores y prestó mucha atención al sonido, más brillante y conseguido que días atrás, con texturas más exuberantes, todo ello sin perder ni el calor ni la fuerza habituales del argentino. Ese ejercicio de contención, de cuidado del detalle, de buscar el equilibrio entre secciones, se vio desde los primeros compases.

   El trémolo inicial de las cuerdas se hizo en un pianísimo casi imperceptible, desde donde surgió el conocido tema de la trompa -las cuatro notas con salto de quinta, que se oirán repetidas veces durante la obra– por parte del chileno Ignacio García, quien estuvo toda la noche fantástico y fue justamente braveado y vitoreado en los saludos finales. La progresión en los dos crescendos iniciales fue estupenda pero el momento excepcional del movimiento inicial fue la transición a la re-exposición del tema inicial, donde la flauta se sumó a cuerdas y trompa en un momento mágico. Impresionante también toda la sección de trompas en la coda, de un gran efecto cromático, sobresaliendo sobre los acordes de una orquesta magistralmente dirigida por el maestro bonaerense.

  El Andante, uno de los más complejos del compositor de Ansfelden, donde se llegan a entremezclar hasta cuatro grupos temáticos, tiene un toque melancólico que nos recuerda por momentos a Franz Schubert y en otros nos anticipa los populares “ländler” mahlerianos. Barenboim superó las dificultades con una mezcla de mano derecha – férreo control orquestal – y mano izquierda– fraseando con primor sus bellas melodías –y la orquesta le respondió con una textura rica, densa y profunda. El resultado final fue de muchos quilates.

   En el Scherzo, Barenboim alcanzó un excelente contraste entre el tema principal, con trompas y trompetas luchando a ver quién se lleva el gato al agua envueltas por el sonido imponente del resto de la orquesta, y el trío central, campestre, bailable, donde flauta y clarinete nos deleitan en una melodía sublime que posteriormente desarrollan los violines. Una mínima pifia de la trompeta en la re-exposición final del tema principal fue el único pequeño reparo que podemos poner a un movimiento casi perfecto.

   El Finale fue el digno colofón. Siguiendo las indicaciones de la partitura, “movido pero no demasiado rápido”, el maestro argentino eligió un tempo reposado, dejando respirar la música que fluía por doquier con la solemnidad que requiere la obra, sin la más mínima pérdida de tensión. Los crescendos, delineados con tranquilidad, paso a paso, ganando intensidad en cada compás, llegaban al clímax con brillantez y eran culminados por una orquesta que dio lo mejor de sí mismo. El segundo tema fue de una belleza sobrecogedora y la transición final previa a la coda - donde nos volvemos a encontrar con el motivo inicial de las cuatro notas con salto de quinta – fue magnífica. Llegados aquí, solo faltaba rematar y aquí sí, Barenboim y sus músicos lo hicieron de primera. Maderas, metales y percusión por arriba, mientras por abajo el argentino remarcaba con vehemencia los tresillos de las cuerdas, se conjuntaron de manera imponente, sin prisa pero sin pausa, hasta el acorde final.

   En fin, una Cuarta sinfonía bruckneriana de un nivel excepcional, de las mejores que el que suscribe haya podido ver en una sala de conciertos y que supone el punto culminante de lo que llevamos de ciclo. Espero que pronto sea superado.

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