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Crítica: El Metropolitan de Nueva York celebra una gala para conmemorar sus 50 años de vida en el Lincoln Center

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Autor: Raúl Chamorro Mena
13 de mayo de 2017

OTRO HITO PARA GLORIA DEL MET

   Por Raúl Chamorro Mena
Nueva York, 7-5-2017, Metropolitan Opera. GALA 50 ANIVERSARIO DE LINCOLN CENTER. Por orden de aparición: Plácido Domingo, Piotr Beczala, Michael Volle, Pretty Yende, Mariusz Kwiecien, Kristine Opolaïs, René Pape, Sonya Yoncheva, Joseph Calleja, Yunpeng Wang, Joyce Di Donato, Susan Graham, Mathew Polenzani, Dolora Zajick, Javier Camarena, Anna Netrebko, Chistopher Job, Eric Owens, Elina Garança, Gunther Groissböck, James Morris, Vittorio Grigolo, Diana Damrau, Stephanie Blythe, David Daniels, Dimitri Hvorostovsky, Zeljko Lucic, Isabel Leonard, Ben Bliss, Dwayne Croft, Renée Fleming, Angela Meade, Michael Fabiano, Latonia Moore, Yusif Eyvazov, Sava Vemic. Obras de Bernstein, Barber, Giordano, Verdi, Mozart, Donizetti, Puccini, Mussorgski, Massenet, Berlioz, Cilea, Wagner, Gershwin, Saint-Saens, Händel, Adés, Gounod, y Rossini. Directores musicales: Yannick Nézet-Séguin, Marco Armiliato, y James Levine  

   El día 16 de septiembre de 1966 se celebraba la “Opening Night” de la nueva sede del Metropolitan Opera de Nueva York en Lincoln Center. Para la ocasión se encargó una ópera al compositor estadounidense Samuel Barber sobre un texto de Shakespeare, Antony and Cleopatra, que se representó con espectacular producción de Franco Zeffirelli que puso de relieve todas las posibilidades técnicas del nuevo recinto. Leontyne Price y Justino Díaz fueron los protagonistas bajo la dirección musical de Thomas Schippers. Con ello quedaba atrás el viejo edificio de la compañía sito en Broadway con la Calle 39, sede de la Metropolitan Opera desde 1883 y que fue despedido con una gran Gala celebrada el 16 de abril de 1966 con presencia de grandes divos del momento como Birgit Nilsson, Franco Corelli, Renata Tebaldi o Richard Tucker –también nuestra Montserrat Caballé-. En esta ocasión otra gran Gala celebraba los 50 años en Lincoln Center como sólo sabe y puede hacerlo el MET, con un elenco de estrellas de la lírica actual que no parece probable ningún otro teatro sea capaz de reunir en una sola noche.

   Cierto es que esos divos no tienen tanto lustre como los de eventos pretéritos celebrados en el mismo teatro en épocas doradas de la lírica, que siempre podrán citarse ausencias, que un acto tan largo y desigual siempre tiene sus altibajos, pero es innegable -es preciso insistir- que la lista de artistas participantes fue rutilante, que el espectáculo fue brillantísimo, como sólo los americanos pueden planear y realizar; con vídeos bien elegidos, con el emotivo recuerdo a los grandes artistas que han hecho grande la casa en estos 50 años, con proyecciones, recreaciones de las producciones más legendarias… en definitiva, con una factura de producción (firmada por Julian Crouch) absolutamente impecable.

   El evento comenzó con música de West side story -acompañada de espectaculares proyecciones de la evolución de Manhattan y los distintos proyectos y bocetos para el nuevo MET-, lo que se antoja muy adecuado porque tanto esta obra como su autor Leonard Bernstein, se puede decir que “son Nueva York” y simbolizan como nadie la gran manzana. La eléctrica dirección de Yannick Nézet-Séguin demostró que va a por todas como nuevo director titular designado del Met. A continuación, y después de un video protagonizado por la grandísima soprano Leontyne Price, protagonista de la apertura de la nueva sala de Lincoln Center y la interpretación de un coro de la ópera inaugural de Samuel Barber Antony and Cleopatra, hizo su entrada, cómo no, Plácido Domingo quien detenta todos los galones para encabezar el elenco vocal, con sus 850 representaciones en el MET y que no ha faltado a ninguna Gala desde la dedicada a Rudolf Bing en 1972. Su interpretación del aria de Gerard “Nemico della patria” de Andrea Chénier, con perceptibles problemas de aire, destacó sobretodo, por la entrega del cantante y esa veteranía, que le permite echar toda la carne en el asador en el clímax de la pieza. Ante las ovaciones de un público que le adora, el ya mítico artista madrileño se agachó a besar el escenario semigenuflexo. El polaco Piotr Beczala ofreció una bien delineada aria de Rodolfo de Luisa Miller, que contrastó con la muy discreta interpretación subsiguiente, -con un italiano pésimo- por parte de Michael Volle del aria del Conde de Le nozze di Figaro y que dio paso a a la desenvuelta, tanto en lo escénico como en lo vocal, Pretty Yende que completó un chispeante y teatral dúo de Don Pasquale junto al siempre correcto Mariusz Kwiecien como Dottore Malatesta. Kristine Opolaïs, esplendorosa, con el fascinante vestido de Tosca de la producción de Zeffirelli se mostró superada por la escritura del papel, en un “Vissi d’arte” expuesto con un centro falto de carne, de redondez, un registro grave desguarnecido y un agudo muy esforzado, abierto y sin punta. A continuación, llegó otro momento intenso de la velada a cargo de René Pape en una emotiva interpretación acompañado por Armiliato de la escena de la alucinación de Boris Godunov.

   Un tanto apurado en la zona alta, pero con un centro bien colocado aún sano y de grato color, expuso una muy interesante asunción del atormentado protagonista de esta obra maestra de Mussorgski. Una espectacular recreación de la buhardilla del mítico montaje de La bohème de Franco Zeffirelli, en lo que fue todo un alarde técnico, enmarcó la intepretación de la escena final del acto primero de la genial ópera pucciniana por parte de una Sonya Yoncheva de estupendo material, timbrado, corposo, esmaltado, aunque falto de remate técnico, que se deja notar tanto en los ascensos al agudo, como en la ausencia de notas filadas y reguladores dinámicos. De todos modos, notable su prestación frente a la deficiente del Rodolfo de Joseph Calleja con su vocecita caprina totalmente empotrada en la nariz. Joyce di Donato en una sentida intepretación del aria de Charlotte “Va! Laisse couler mes larmes” de Werther y el aria de Papageno de un Michael Volle más entonado cantando en alemán, enmarcaron un video sobre los murales de Marc Chagall que engalanan los fontales del teatro. Susan Graham acompañada de Mathew Polenzani ofreció su exquisita Reina Dido de Les Troyens con la interpretación del sublime dúo “Nuit d’ivresse” sobre la evocación del montaje ideado por Francesca Zambello para la monumental ópera de Berlioz. La gran veterana Dolora Zajick con el centro agujereado aún fue capaz de ofrecer sonidos restallantes en los extremos de la tesitura en “Acerba voluttà, dolce tortura” de la Princesa de Bouillon de Adriana Lecouvreur en el marco del espectacular decorado y exuberante vestido de la producción de Nathaniel Merrill originaria de 1963.

   Un video con el comienzo de las obras de Lincoln Center en 1959 y el entonces presidente Eisenhower dando la primera palada de tierra con el discurso correspondiente en el que ensalzaba la importancia de la cultura (no parece descaminado adivinar con ello un “mensaje” al actual presidente Donald Trump que estaba estos días en Nueva York con el consiguiente despliegue policial) dio paso a los dos últimos fragmentos de la primera parte de la Gala. Una aplaudísima aria de los nueve does agudos de La fille du regiment de Gaetano Donizetti por parte de un expansivo y resuelto en la zona alta Javier Camarena y, a continuación, el que constituyó en opinión del que sucribe el momento cumbre del evento, la intensísima y vibrante interpretación, con ese carisma arrollador, por parte de Anna Netrebko de la escena de salida de Lady Macbeth –Introducción, lectura de la carta, aria y cabaletta a dos vueltas- que con un vibrante acompañamiento de Nézet-Séguin y una espectacular puesta en escena inspirada en la producción de Adrian Noble de 2007, -con la diva de espaldas en la escalera durante la introducción, ataviada un espectacular vestido con capa-, la rusa se puede decir que  “acabó con el cuadro” y al final de la pieza y ante las estruendosas ovaciones del público, se autoimpuso la corona como diciendo “Aquí la reina de la lírica actual soy yo”.

   La segunda parte comenzó de manera espectacular con la entrada de los invitados de Tannhäuser en incandescente interpretación del coro y la orquesta de la casa bajo la dirección de Nézet-Seguin en el marco recreado de la producción de Otto Schenck con decorados de Günther Schneider-Siemssen. Después de un video en el que se describía la tan curiosa como cómica manera en que se diseñaron las famosas lámparas del MET, Pretty Yende y Eric Owens ofrecieron una genuina versión del maravilloso duo “Bess, you is my woman now” de Porgy and Bess de Gershwin. Una bellísima Elina Garança ataviada con un vestido de ensueño encarnó a Dalila (papel que afrontará próximamente en el MET como sucedía con muchas de las interpretaciones ofrecidas) y cantó impecablemente el “Mon coeur s’ouvre à ta voix” y aunque, indudablemente, es una estupenda cantante sin problema vocal ni técnico alguno, le faltó algo de incisividad en el fraseo y crear una atmósfera de mayor sensualidad y seducción. Seguramente el momento más bajo de toda la velada lo constituyó el dúo de Filippo y el Gran Inquisidor de Don Carlo con un Günther Groissböck engoladísimo, idiomáticamente extraño, y con la sensación de colocar cada sonido en un sitio y un James Morris totalmente finiquitado, prácticamente inaudible.

   Vittorio Grigolo interpretó el “Adiós a la vida” de Tosca y el aria de Romeo (sutituyendo en este caso a Juan Diego Flórez, indispuesto) de Gounod con una voz tenoril bella y soleada y unos acentos ardorosos, encendidos, quizá demasiado, si se tiene en cuenta, además, el pobre respaldo técnico con el que cuenta, dando la sensación de estar, a veces, ante un aficionado o un crossover. Una pena, dada la calidad del instrumento. Alarmante el estado vocal que presentó Diana Damrau en la escena de Violetta del acto primero de La traviata. Con el conocedor acompañamiento de Marco Armiliato y la colaboración del discreto, pero fiable, Mathew Polenzani en el interno, pudo escucharse un registro agudo abierto, agrio, estridente, con notas cercanas al grito como un sobreagudo conclusivo inadmisible. La soprano alemana intentó compensar todo ello, además de una coloratura pobre, con una correcta línea canora y buen legato -todo hay que decirlo- en el cantabile “Ah forse lui” y mediante extraños gestos y jadeos varios, que ni aportan nada dramáticamente por resultar postizos, ni tienen nada que ver, por supuesto, con el canto. El barroco tuvo su sitio en el evento mediante el Giulio Cesare de Händel y el bellísimo y conmovedor dúo de Cornelia y Sesto “Son nata a lagrimar” en el que destacaron la contundencia en centro y grave de Stephanie Blythe y la prestación del experto contratenor David Daniels, que durante años fue el más destacado representante norteamericano de dicha cuerda. El serbio Zeljko Lucic ofreció también un fragmento de un papel que afrontará próximamente en la casa, el Yago de Otello. Su credo resultó un tanto deslucido por su timbre gris y porque Nézet-Seguin le echó encima todo un tsunami orquestal. Emotivo el momento en que, por sorpresa, el General Manager del MET Peter Gelb anunció la presencia de Dimitri Hvorostovsky, que con las huellas de la terrible enfermedad contra la que está luchando bravamente, interpretó una meritoria, dadas las circunstancias, “Cortigiani” de Rigoletto. El repertorio contemporáneo estuvo representando por la ópera estrenada en 2004 en Londres The Tempest de Thomas Adès que llegó al MET en 2012 con un montaje de Robin Lepage. El fragmento “What was before” fue recreado por Isabel Leonard (voz sana y bien emitida, pero cantante monótona), Ben Bliss (tenor ligero de aseado canto) y Dwayne Croft. A continuación, subió la temperatura emocional en la sala con la entrada de James Levine, “Musical director Emeritus” de la casa introducida por varios videos de su actividad, ensayos, conversaciones… Su mal estado físico actual, con una movilidad muy reducida que le obliga a ir en silla de ruedas y con un podio especialmente adaptado, no le impidió recibir las estruendosas ovaciones del público del MET y demostrar su tradicional mimo como acompañante ante Renée Fleming que recordó sus primeros pasos en la casa con el “Porgi amor” de Le nozze di Figaro y en el dúo de Thaïs en el que Plácido Domingo se sumó a la diva norteamericana. Al final de esta pieza el público dejó unos segundos sin aplaudir, seguramente porque creía que aún no había terminado el fragmento. Asimismo, Levine recordó su afinidad Verdiana en el fabuloso terceto de I Lombardi alla prima crociata “Qual voluttá trascorrere” con la introducción previa del interludio con el solo de violín en el que se lució el concertino de la magnífica orquesta del MET David Chan.

   En este estupendo fragmento producto del genio del Verdi temprano destacó una espléndida Angela Meade por encima del siempre entregado Michael Fabiano y un descolocado Gunther Groissböck. Los dos primeros protagonizarán próximamente esta ópera en la casa. Rossini estuvo bien representado en el evento con la buena factura que dotó Joyce di Donato al aria “Bel raggio lusinghier” de Semiramide. A continuación regresó al escenario el vendaval Anna Netrebko que con un espectacular kimono interpretó “Un bel dì vedremo” de Madama Butterfly con sus altas calidades, aunque es una página en la que deberá profundizar en cuanto a fraseo y acentos. Después de casi 5 horas, la Gala llegó a su conclusión con el final del acto II de Aida en el que Latonia MooreYusif Eyvazov, Dolora Zajick, Zeljko Lucic, James Morris y Sava Vemic se unieron a la orquesta y coro del MET bajo la dirección de Levine en un fin de fiesta espectacular en el que no faltó el confeti y la proyección, muy emotiva y acompañada de aplausos del público, de las fotos de muchos de los grandes artistas que han engalanado el escenario del Metropolitan Opera de Nueva York en Lincoln Center durante estos 50 años. Un placer volver a disfrutar de la caótica fascinación de la Gran Manzana, de un teatro como el MET y de una de esas grandes galas que jalonan su historia.

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