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Crítica: Oleg Caetani y la Orquesta Now en el Rose Theatre de Nueva York

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
22 de mayo de 2017

SCHUBERT y SHOSTAKOVICH DE ALTO NIVEL

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. 5-V-2017. Rose Theatre, Jazz at Lincoln Center. The Orchestra Now.Director musical, Oleg Caetani. Sinfonía nº 3 en re mayor, D.200 de Franz Schubert. Sinfonía de cámara nº 1, Op. 9 de ArnoldSchonberg. Sinfonía n°15, Op. 141 de DmitriShostakovich.

   El concierto del pasado 5 de mayo en el Rose Theatre del Lincoln Center tenía grandes atractivos. El programa en sí es de los que a alguna orquesta de nivel le da temblores. Si las obras de Schonberg y de Shostakovich son de enorme complejidad para casi todos los músicos de la orquesta, que quedan comprometidos en multitud de ocasiones, la “aparentemente” sencilla Sinfonía en re mayor de Schubert, es de las que deja expuesta a la orquesta entera.

   El segundo atractivo era el reencuentro con Oleg Caetani, el excelente director italiano. Tras una amplia carrera -hace 37 años que el arriba firmante le escuchó debutar con la Orquesta Sinfónica de la RTVE, estrenando en España la 6ª Sinfonía de Dmitri Shostakovich cuando aún se anunciaba con el apellido de su padre- por todo el mundo, que se ha focalizado principalmente en Alemania, Italia y Australia, algunos no entendemos que no esté mejor considerado en el orbe musical. Y lo entendemos todavía menos, tras ver lo que fue capaz de sacar de una orquesta de jóvenes, que cada día toca mejor, pero que evidentemente, aún está lejos de alcanzar el nivel de una orquesta profesional.

   Con buen criterio, el director cambió el orden inicialmente previsto en la primera parte, y comenzó por la Sinfonía nº 3 en re mayor, D.200 de Franz Schubert. La interpretación fue excelente. Desde la majestuosidad que imprimió a la introducción del movimiento inicial, a la clarividencia con que definió tanto el Allegretto como el Menuetto, herederos de la tradición clásica, pero con el ardor romántico que el vienés ya demuestra a sus 18 años recién cumplidos, la interpretación tuvo una lógica aplastante, resaltando los innumerables detalles y con una tensión contagiosa. Los jóvenes músicos de la orquesta, galvanizados por la batuta del veterano director, dieron lo mejor de sí mismo, sobre todo unas cuerdas cálidas y unas maderas – especialmente flauta, clarinete y fagot – vivas y agiles. En el Presto vivace conclusivo la orquesta estuvo sublime, y las miradas y sonrisas de complicidad entre músicos y director nos indicaron lo que ambos estaban disfrutando.

   El nivel lógicamente bajó en la Sinfonía de cámara nº 1, Op. 9 de Arnold Schonberg, obra de extrema dificultad, primer intento serio de romper la atonalidad, que fue objeto de gran controversiadesde su estreno en Viena en febrero de 1907. Compuesta para una formación de cuarteto de cuerda a los que se suman maderas y trompas, exige el máximo de todos los intérpretes. En la versión, perfectamente planteada por la batuta, los músicos trataron de dar el do de pecho, pero hubo momentos en que les vieron sus límites actuales. En cualquier caso, no debe significar ningún borrón, sino un acicate para seguir mejorando.

   Tras el descanso, tuvimos el canto del cisne sinfónico de Dmitri Shostakovich. La Sinfonía n°15, Op. 141 compuesta en 1971, a sus 64 años, cuando el empeoramiento físico del compositor ya era evidente – un segundo infarto y su dolencia crónica de brazos y piernas le obligaba a pasar largas temporadas en el hospital – es su última obra para gran orquesta. Sus seis últimas serán ya para diversas formaciones de cámara, incluyendo sus dos últimos cuartetos y su estremecedora Sonata para viola. La obra refleja el tema de la  muerte. Sus continuas referencias a obras del pasado como el Guillermo Tell rossiniano o el leitmotiv wagneriano del destino, parecen evocar un repaso a toda una vida, cuando presiente cercana su propia muerte.

   Oleg Caetani propuso una versión clarividente de la obra. El Allegretto inicial, preludio alegre de lo que nos espera –el propio compositor lo definió como una tienda de juguetes en que tras cerrar, éstos toman vida, y algunos musicólogos lo han visto como una vuelta a la infancia- fue luminoso con los músicos siguiendo su alegre batuta. El contraste con las armonías más oscuras que vienen a continuación fueron notables.

   El segundo movimiento fue estremecedor. La cuerda sonó densa y profunda, con especial mención para el excelente solo del violonchelo. El Allegretto posterior fue muy bien delineado aunque hubo algunos desajustes en maderas que nos dejaron una sensación agridulce. El movimiento lento final, donde contrasta por una parteel uso de la celesta representando la eternidad “a la manera de Gustav Mahler”, con los temas de la violencia y la muerte por otro – utiliza el motivo wagneriano que anuncia la muerte de La walquiria -, fue interpretado con el equilibrio justo de claridad y tensión que requiere, terminando la obra de manera admirable. De nuevo las miradas de complicidad entre director y músicos nos indicaron que Caetani había quedado más satisfecho de esta interpretación que de la anterior de Schonberg.

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