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Crítica: Óliver Díaz sustituye a Jesús López Cobos en la temporada de la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Codalario
17 de abril de 2018

Variedad y acierto

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 13-IV-2018. Auditorio de Valladolid, Sala sinfónica. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Composiciones originales para piano y orquesta de Chano Domínguez, Sinfonía Nº2, op. 132 La montaña misteriosa de Alan Hovhaness y Rodeo de Aaron Copland. Solista: Chano Domínguez. Director: Óliver Díaz.

   Era el primer concierto en el que Jesús López Cobos no iba a estar presente. Así que antes del comienzo, con el escenario a oscuros y totalmente vacío, se recordó su fallecimiento y la figura del director emérito de la OSCyL, algo que el público recibió primero con silencio y luego con aplausos.

   Será complicado olvidar la figura y la huella que ha dejado el director toresano y así lo reconocía en una entrevista realizada a este medio Óliver Díaz, el director que tomó el relevo para este concierto del maestro.

   Se respetó íntegramente el programa, que por cierto se caracterizaba por ser muy heterogéneo, con una primera parte y una segunda totalmente diferentes. Óliver Díaz dirigió con clarividencia, planteando con un sentido muy nítido lo que quería en cada momento.

   La primera parte estuvo dedicada en su totalidad a obras de Chano Domínguez orquestadas por él mismo, a excepción de la última De Cai a New Orleans, que fuera en su día un encargo de Wynton Marsalis.

   Chano Domínguez y su manera de ver la música a través de los ojos del jazz y del flamenco. Más allá de la indudable corrección de los arreglos para orquesta y de si le favorece la orquesta o su mundo funciona mejor en formaciones camerísticas, destacó formidablemente el Chano Domínguez pianista, el músico capaz de tocar palos bien diferentes, darle vueltas a ritmos diversos y que estos encajen, liberarse en las cadencias, sacar adelante una melodía, provocar una digresión con respecto a la orquesta y volver luego a fusionarse. Junto a él resultó excelente la labor de Pablo Martín, contrabajo, y Michael Olivera, batería. De hecho tuvieron un gran éxito.

   En la segunda parte se produjo un cambio absoluto, pues la Sinfonía Nº2, La montaña misteriosa de Hovhaness es todo lo contrario a lo escuchado anteriormente. De hecho actuó como una sacudida en relación a lo anteriormente escuchado y lo extrovertido se conviertió en algo que precisa una profunda interiorización. Óliver Díaz y la orquesta incidieron en el carácter místico, de pura reflexión, en donde se produce un crescendo continuo para continuar con un decrescendo hasta concluir, como si la música fuera un anhelo, un deseo de consecución de algo inalcanzable e intangible dentro de un ámbito casi religioso. Díaz mantuvo en todo momento esa intensidad que muchas veces no nace de un forte y que se encuentra en un piano, en un detalle imperceptible y dejó que los instrumentos solistas se recrearan en sus intervenciones, en sus diálogos, mientras dominaba la claridad del sonido y una intención que parecía pedir una continua reflexión.

   Otro cambio brusco para adentrarse en un mundo bien diferente, el del ballet Rodeo de Copland. Desde luego orquesta y director demostraron que podían cambiar de registro sin que se resintiera el resultado. Y Copland sonó con su colorido y su rítmica apabullante, que parte de elementos descriptivos y canciones populares y por mor del compositor se convierte en la banda sonora del lejano oeste, con una música plena de recursos a los que supo enfrentarse con acierto tanto la OSCyL como el director. Y en esa vorágine sonora hubo tiempo para la melancolía y la tristeza en Corral nocturne, para que al final triunfara el amor en una orgía de timbres y colores, de cambios rítmicos, que quizá pudieron sonar incluso más contrastados. Pero sería injusto darle a eso demasiada importancia y no reseñar la flexibilidad de la OSCyL, la capacidad de cada una de sus secciones, con unos metales cumpliendo su exigente papel y un director capaz de imponer unos criterios claros e imbuir al espectador de una música pujante, llena de efectos, basada en una historia de amor previsible que Copland la hace grande.

Foto: OSCyL

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