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Opinión: «Diamantes en el barro». Por Juan José Silguero

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Autor: Juan José Silguero
5 de agosto de 2021

Diamantes en el barro

Por Juan José Silguero

   A fin de cuentas, eres lo que eres. Aunque te pongas pelucas de millones de rizos, y calces los pies con suelas de una vara, siempre serás lo que eres.

     J. W. Goethe

    Existe una premisa pedagógica muy extendida según la cual el profesor más duro, el «hueso», aquel que resulta más difícil –a menudo imposible– de satisfacer, y se muestra invariablemente crítico y desdeñoso, el profesor que más suspende, es, precisamente por todo eso, mejor que otros, referencia inequívoca de probidad y exigencia e indiscutible amo y guardián de un tarro de las esencias que solo conoce él, y que custodia con el ceño fruncido.

   Solo que es justo al revés.

   Decía un tal Leonardo da Vinci que «igual que la comida tomada sin apetito se torna indigesta, el estudio sin deseo gasta la memoria, por no retener las cosas ingeridas». El verdadero aprendizaje, ese que germina y perdura para siempre, no proviene del temor sino de la alegría; no es hijo del desánimo ni del malestar, ni mucho menos de la tiranía o la mala hostia, sino de la confianza, el cariño y el respeto. Y así como retenemos los acontecimientos más significativos de nuestras vidas según su relación con nuestras pasiones –como emocionantes imprevistos de un viaje largamente aguardado–, los conocimientos que perduran en nuestro ánimo también son aquellos que más se relacionan con nuestra emoción humana.

   Nuestra percepción funciona así, y tratar de imponer los conocimientos al alumno por la fuerza es tan absurdo como tratar de enamorarse de alguien mediante un simple esfuerzo de voluntad.

   Ya no digamos en los estudios artísticos.

   Todos nos movemos mediante el mismo motor: el de las ilusiones. ¿Por qué motivo el joven –entusiasta, curioso, impetuoso por naturaleza– habría de ser diferente? Surtidlo de ilusión, y el resto llegará solo. La ilusión enciende todos los receptores, y los agudiza al máximo de su capacidad. La alegría asegura su permanencia.

   El mejor maestro, al igual que el mejor padre, es aquel que logra que sus alumnos amen lo que hacen.

   Pero resulta que el profesor más incapaz de empatizar con sus alumnos, aquel que no se siente útil frente al estudiante mediocre, y hasta lo evita abiertamente; ese que no sirve para la tarea educativa ni casi para la humana, es bendecido por todos con la etiqueta de «el profesor exigente». A ese profesor, en virtud de un prestigio mal entendido e injusto, se le permite y hasta se le insta a dar clase solo a «los buenos», como si su insondable sabiduría fuese un desperdicio puesta al servicio de los alumnos vulgares, esto es, de los más necesitados.

   También es el más respetado por cierto, como el vecino malencarado y grosero al que todos temen, lo que contribuye todavía más a preservar ese supuesto privilegio que consiste en elegir a los alumnos que prefiere.

   Un maestro digno de ese nombre nunca abandonará a un alumno necesitado. Y el único motivo por el que estos iluminados (mediocres encubiertos en la mayoría de los casos) solo eligen a los alumnos «buenos» no es otro que la vanidad, esa desaforada vanidad que campa a sus anchas en el estrambótico mundo del arte, y que se materializa de un modo ridículo en paseos dignos por los pasillos de los conservatorios, visos de superioridad respecto a sus propios compañeros y orgullosas referencias a sus alumnos en las reuniones departamentales, a esos alumnos que, en realidad, ya funcionan solos.

   De lo único que hace gala el profesor que más suspende es de su incapacidad docente, dado que ni siquiera es capaz de lograr que sus alumnos aprueben. Esos supuestos maestros no curan, solo encauzan, y recogen a cambio sus inmerecidos laureles. Pues, al igual que sucede con los médicos, cuyas mejores virtudes solo pueden ponerse de manifiesto en los casos más difíciles e ingratos, la aptitud de un maestro solo debería medirse en función de su capacidad para sacar adelante a los peores alumnos.

   Esta actitud infantil ha terminado degenerando, como tan a menudo sucede en España, en situaciones intolerables. En las pruebas de acceso al Superior, por ejemplo, este tipo de profesor encabeza un tribunal en el que todos los años sucede algo que desconcierta a todos: se oferta un determinado número de plazas para una especialidad, pero al final entran muchos menos alumnos. La explicación siempre es la misma, «falta de nivel», y dada la naturaleza subjetiva del asunto, la protesta del alumno no tiene cabida (al fin y al cabo, ¿qué podría argumentar? ¿Que están todos equivocados? ¿Que él en realidad sabe tocar muy bien? Ni siquiera se hacen grabaciones de estas pruebas), así que no le queda otra que marcharse por donde ha venido.

   Más allá de la flagrante estupidez que esto supone para ellos mismos, o para sus colegas que aún no trabajan (si son ellos los que impiden a los estudiantes acceder a su carrera, su extinción está casi garantizada), el hecho es que todos los años se quedan en la calle cientos de alumnos gracias al influjo de cuatro cretinos acomplejados.

   Cientos de alumnos que lo único que pretendían era poder seguir estudiando.

   Pues bien, una de las costumbres más normalizadas entre los aspirantes que sí entran, es la de recibir clases particulares previas precisamente con los iluminados (a noventa pavos la hora, eso sí, precio de amigo), de forma que los más holgados económicamente puedan entablar relación con ellos y hasta hacerles la rosca como mejor proceda, dos cosas a las que, como todo el mundo sabe, esta especie es particularmente sensible.

   A eso se le llama «clases de preparación al superior».

   Y es una vergüenza.

   Pero ya no por el hecho de que puedan gozar de unos ingresos extra en una profesión ya de por sí bien pagada, sobre todo teniendo en cuenta que ambas partes están de acuerdo en ello (tradicionalmente, cuanto menor es el talento del alumno, tanto más se empeña en pagar). Lo que es inadmisible, lo que es intolerable es que esto se haya convertido en la llave de acceso a los estudios superiores.

   Porque resulta que hay un tipo de alumno al que todo esto asquea, y que, por eso mismo, se niega a pasar por ese aro de inmundicia. Ese alumno no conoce a nadie, no tiene contactos y no sabe nada de las triquiñuelas de los trileros. Su única aspiración, incomprensiblemente, es la de mejorar en su instrumento, perfeccionar su técnica, ampliar su personalidad artística, progresar. Todo su afán se reduce a eso, y lo único que pretende es poder dedicarse a la música con toda la perseverancia, seriedad y concentración que le sea posible. Y, a pesar de las interminables dificultades –la oposición familiar, la escasez de medios, el desdén generalizado hacia una carrera que consta de catorce cursos...–, decide enfocar su vida entera en torno a una profesión que se dibuja en el horizonte de un modo cada vez más difuminado.

   Ese alumno... no tiene nada que hacer en el mundo de la música.

   Se presentará dos o tres veces más a sus pruebas de acceso, y se terminará dedicando a cualquier otra cosa.

   Esto sucede todos los años.

   No cerréis las puertas a esos alumnos. No desdeñéis a quien decide que no existe nada en el mundo más digno que ser artista. No contribuyáis a su extravío en el tumultuoso mar del arte con tal de poner el cazo, sabiendo, como sabéis, que ese alumno debería daros lecciones a vosotros. Y los otros, los «infravalorados», aquellos que en realidad solo aspiráis a ocupar el lugar de los iluminados, no miréis hacia otro lado. Porque hacerlo también es fruto de una decisión, una «acción», cuyas consecuencias morales conocéis de sobra. Al fin y al cabo la corrupción siempre parte del mismo lugar, de la primera injusticia, y del primer silencio.

   Haced justo al revés: abrazad a esos alumnos; defendedlos, potenciadlos.

   El devenir de toda una sociedad depende de ello, y también parte del mismo lugar: del aula. Y toda la fuerza de su influjo, todo aquello que llamamos «cultura», su legado y hasta su razón de ser tiene lugar en el preciso momento en que nos decidimos a ayudar a alumno que más lo necesita. Todo lo demás –la proyección personal, el legítimo impulso de crecer, de tratar de ser cada vez mejor, más noble, más consecuente, mejor– desaparece en el preciso momento en que toleramos que el alumno más necesitado sea arrinconado por los medradores.

   No... no hagáis eso.

   La conciencia de toda una sociedad, esto es, su cultura, depende de ello.

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