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Opinión: 'La hegemonía de la costumbre'. Por Juan José Silguero

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6 de septiembre de 2018

   Por Juan José Silguero
No entiendo por qué la gente se asusta de las nuevas ideas. A mí me asustan las viejas.
   J. Cage

   He observado que aquellos que gustan de lo fácil, de lo accesible, de lo rápido, no suelen tener tanto interés en su propio desarrollo como en la simple satisfacción de sus sentidos.

   Son los mismos que mantienen los mismos gustos durante treinta años o más; las mismas opiniones, las mismas convicciones... y que, además, se enorgullecen de ello.

   La canción del verano triunfa porque no supone esfuerzo de ningún tipo. Los programas basura son líderes de audiencia, porque sus seguidores llegan cansados del trabajo a casa, y lo último que les apetece es pensar. El ser humano es perezoso por naturaleza. Esta triste envoltura nuestra, de hecho, es lo más acomodaticio que hay, y, por algún incomprensible motivo, aquel que escucha o que ve lo mismo escuchado o visto ya mil veces, experimenta un placer familiar y morboso, como el que reconoce a un conocido en una aglomeración de gente y se precipita hacia él, exultante.

   De mismo modo, se puede decir que hay dos tipos de melómanos: uno que aspira únicamente al placer, y otro al que semejante marco se le queda estrecho enseguida, íntimamente promovido de un insaciable deseo de crecimiento.

   Pero también de artistas, por cierto, esos seres inconformistas a los que el horizonte habitual se les suele quedar pequeño aún antes que a los demás.

   No obstante, hace ya mucho tiempo que esto no sucede… animados, como se encuentran, por unos intereses que nada tienen que ver con su rutilante profesión, y que se materializa una y otra vez en el mismo menú, un menú que conocemos ya todos de memoria.

   Pero es que, a su vez, la sociedad en la que se desarrollan sus vidas ejerce su presión, tal y como ha sucedido siempre. Y resulta que precisamente aquellos que acostumbran a variar de opinión o de gustos con frecuencia, aquellos que no se mantienen fieles a inflexibles principios año tras año, aquellos, en definitiva, que no demuestran una línea de conducta y de pensamiento común y uniforme, no suelen estar demasiado bien vistos por los demás.

   Seres caprichosos, los llaman, volubles... indignos de confianza en cualquier caso, y, por lo tanto, de escaso valor para la obra común.

   Para quien así piensa y siente, esto es, para la inmensa mayoría, todo lo nuevo no solo es sospechoso sino naturalmente inferior, pues su incómoda actividad supone, por definición, un inquietante interrogante ante todo lo establecido y lo ya consensuado, ante todo aquello que, en mayor o menor medida, les ofrece una seguridad regular y asequible, haciendo tambalear lo que más valoran: sus arraigadas creencias.

   Así, en las escasas ocasiones en las que se dedican a escuchar (sin escuchar) a cualquier autor contemporáneo, lo suelen hacer con una descreída sonrisa en la cara, y su afianzado vehículo bien aparcado en la puerta, con el motor encendido, preparado para salir pitando en cualquier momento.

   Los dioses habituales del Olimpo Musical conducen ese vehículo.

   Pero resulta que la misma esencia de la inteligencia, del crecimiento, es la duda. La flexibilidad, la permeabilidad… todo lo que nos insta a encontrar nuevos caminos, todo aquello que nos obliga a recorrer nuevos itinerarios.

   Solo unos pocos se reconocen permanentemente perdidos...

   Otros, en cambio, la mayoría, desplazan sus vidas sobre raíles de acero.

   Y son estos últimos los que no se cansan de escuchar a Chopin y su amanerado rubato una y otra vez, los que disfrutan como enanos con esa música tan encantadora como es la música española (encantadora, pero nada más), o dicen conmoverse hasta la médula con la más pueril bagatela de Tchaikovski.

   Esas personas, secretamente, o no tan secretamente, aborrecen todo lo nuevo, y antes preferirían quemarlo todo, sin conocerlo, que dilapidar un solo valsecito de Chopin.

   Y eso es precisamente lo más sorprendente de todo: que no lo conocen. Y, aun así, se animan a decretar su mala calidad sin complejo alguno, lo que resulta tan absurdo e imposible como emitir un juicio de valor sobre un vino siendo abstemio.

   Su esencia íntima, lo más valioso, se les escapa así entre los dedos como si fuera mercurio, aún antes de haber tenido la oportunidad de manifestarse.

   Por otro lado, resulta desmoralizante el nulo esfuerzo por parte de los organizadores de conciertos, de las casas discográficas, de la crítica musical, por cambiar o reorientar mínimamente esta situación que, en realidad, es conocida por todos desde hace tiempo, sino nada más que en llenarse los bolsillos con el estúpido gusto conformista de un público que solo aspira al estólido placer de siempre, un placer que, digámoslo de una vez, proviene de la más patente ignorancia.

   Pues es ignorante quien solo escucha a Schumann y se cierra en banda a conocer a los autores de su tiempo... y se atreve a establecer, además, que "la música contemporánea no vale nada" sin tan siquiera molestarse en escucharla, mientras aguarda con impaciencia el final del recital para mendigar su habitual puñado de propinas, como esas personas a las que en realidad no les gusta el fútbol pero celebran con entusiasmo la llegada de la tanda de penaltis.

   No pasa nada, dicen otros, es una opción válida. Mejor esto que dedicarse a escuchar reggaeton.

   Concedido.

   Pero es una opción ignorante.

   Lo más gracioso de todo es que muchos de ellos se consideran a sí mismos "personas cultas" por su "gran afición a la música clásica", aunque luego no escuchen (ni conozcan) mucho más allá del concierto de año nuevo.

   Se tiende a creer que este panorama ha sido siempre más o menos así, y que los mismos descreídos que en su momento tildaron a Beethoven de demente, por ejemplo, son los que ahora lo veneran. Solo que esto no es así.

   Si un instrumentista reconocido, supongamos, pretende ofrecer un recital integrado únicamente por obras contemporáneas, no encontrará más que dificultades, cuando no directamente la imposibilidad de llevarlo a cabo. Si insiste en ello, y hasta logra llevar a cabo su solitario objetivo –ya sea en función de su prestigio o el despiste de sus organizadores– su fracaso está asegurado. Pero si además se obceca en repetir su gesta en diferentes auditorios, puede estar bien seguro de que su agenda de conciertos variará mucho en las próximas temporadas.

   Este panorama da lugar, como no puede ser de otra forma, a la rueda de hámster a la que me refiero: conciertos soporíferos, discos clonados, clichés repetidos una y otra vez...

   Y es en este momento, y desde hace ya muchos años, cuando se opta por perfeccionar el medio del modo más absurdo posible, esto es, haciendo el camino cada vez más enrevesado, aunque sea el mismo. O bien, todo lo contrario, tratando de volver a los "orígenes" del modo que sea: instrumentos originales (incluidos los de abominable calidad), vestimentas y peinados de época, artistas que charlan con el público como se supone que se hacía antes... Y, últimamente, lo que se lleva son los conciertos iluminados con velas.

   Pero siempre Chopin.

   Y qué duda cabe que el próximo paso consistirá en usar un perfume diferente para cada compositor.

   ¿Qué cabe esperar de esto?

   Algo evidente, el mundo de la llamada "Música Clásica" es cada día más manido y aburrido, incluso para sus propios acólitos.

   Ojeo la programación que nos aguarda en Madrid este año… y me aburro de antemano.

   Esto es responsabilidad de los organizadores, como ya lo he dicho, pero también (sobre todo) de los propios artistas, quienes en realidad carecen de licencia para rehuir su responsabilidad.

   Pues hay una responsabilidad ética, consecuente, introspectiva, que sobrevuela por encima de miserables y pasajeros intereses, contactos importantes o sustanciosos contratos; una imposición de la conciencia más bien, humilde pero severa, una distinción moral… que recibe el nombre de integridad artística. Y su evasión no solo supone una traición para el devenir de la cultura en general, nada menos, sino también para la honestidad del propio artista, quien cada día que pasa parece más ajeno a esa condición que siempre le ha distinguido de los demás de un modo innegociable: su amor propio. Su amor propio artístico.

   Por eso es tan peligroso el triunfo temprano (concursos...), por eso es tan nocivo el éxito, y todo aquello que se deriva, en definitiva, de la acción de los proyectos comerciales, la actividad de las casas discográficas o el marketing.

   A un artista de verdad no le interesa todo eso, y solo debe aspirar a desarrollar su labor con la mayor concentración y la mayor intensidad posibles, desde ese lugar sagrado e impoluto al que se accede a través del más recóndito de los senderos: el de la duda sobre la propia capacidad.

   No hay artistas satisfechos de sí mismos.

   La simbiosis compositor-interprete hace ya mucho que se ha perdido. Y ahora, el compositor de turno se dedica básicamente a mendigar al interprete-súper estrella para que estrene la menor y más corta de sus obras.

   Divos, los llaman… a esos meros intermediarios.

   Algunos crueles pescadores venezolanos muestran una deleznable diversión: cuando, ocasionalmente, pescan un tiburón, gustan de abrirlo en canal y devolverlo vivo al agua. Entonces el animal, al olor de la sangre y de sus propias vísceras, ataca por puro instinto, comiéndose de ese modo a sí mismo ante la hilaridad de sus torturadores.

   Pues bien, la costumbre es una misma cosa.

   Todo esto, como es natural, también afecta a la crítica, que a lo único que aspira ya es a mirar con lupa hasta la más tenue inflexión dinámica, hasta el más leve desplazamiento métrico, hasta el más sutil aderezo de los platos de siempre.

   Pero eso no es lo que arrebata, lo que desconcierta, lo que condiciona el mundo.

   Es un programa esquilmado hasta la saciedad, en un afán por exprimir hasta la última gota de un elixir que se agotó hace ya mucho, y que solo revela estancamiento y pereza, como la enésima redifusión del Gran Hermano. El progreso se asocia así a otras manifestaciones supuestamente “culturales” (como la tecnología), donde al menos sí que suceden cosas nuevas.

   Alentad todo lo novedoso… promoved a los nuevos compositores, estad abiertos ante lo aparentemente estrafalario. Porque el progreso real siempre ha procedido del mismo lugar, y tantas veces ha habido que lamentar la miseria de los grandes creadores del pasado y su consecuente desazón, esa miseria del alma. Valorad todo lo nuevo, lo exótico, incluso lo absurdo, todo aquello, en suma, que tanto perturba al cómodo prejuicio y hace tambalear los más sólidos principios, aunque solo sea porque no existe mayor fuente de crecimiento que lo que nos mueve de un lugar habitual a otro desconocido, mediante ese ilusionante deseo de "ser más" en la vida.

   Es duro hacerlo. Supone desobedecernos a nosotros mismos de algún modo, y realmente no hay nada más difícil de conseguir. Pero su influjo y su magia transforma el macilento escenario habitual en un lugar nuevo, emocionante, urgente, por el que vale la pena vivir, y hasta podría dar sentido algún día (quién sabe) al mero hecho de acudir a ese estrambótico lugar llamado "auditorio", un sentido del que, a día de hoy, carece.

   Tal y como sucede siempre que alguien se desprende de un prejuicio bien arraigado, de pronto todo cambia, incluso aquello que creía conocer bien, sorprendiendo a su beneficiario.

   Observad las fotografías de los grandes artistas del pasado... Contemplad la dignidad que habita en esos rostros, la rectitud, la honradez feroz, la distinción moral de un Sofronitsky, de una Nikoláyeva, de un Richter... Todos ellos dieron a conocer incansablemente la música de sus contemporáneos, y hasta los hicieron célebres en muchos casos.

   Y después contemplad a Lang Lang... o al Rodhes.

   Una obra de arte debería justificarse en cada una de sus notas, tanto como el artista honesto no debería dar ni una sola de ellas sin una profunda convicción interna, la misma que expone y declama a los cuatro vientos los motivos que lo han llevado a subirse a un escenario.

   Todos aquellos que carecen de esos motivos, sencillamente, sobran.

   Y créanme cuando les digo que esos motivos no tienen nada que ver con el dinero.

Autor:Juan José Silguero
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