Codalario
Está viendo:

Opinión: «La hora que sigue a la última hora». Por Juan José Silguero

  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter
 
4 de febrero de 2020

La hora que sigue a la última hora

Por Juan José Silguero

   Aquel que quiere permanentemente “llegar más alto” tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? Pero ¿por qué también tenemos vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

     M. Kundera

   Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti.

     F. Nietzsche

   En los bosques escandinavos habita un pequeño animal cuyo comportamiento desconcierta a los estudiosos. Es el lemming, y cada año, con exquisita puntualidad, se alinea uno detrás de otro y decide arrojarse al vacío por voluntad propia, extinguiéndose por miles. Nadie entiende a qué responde tan curioso comportamiento, pero lo que es seguro es que gracias a él se mantiene el equilibrio del ecosistema. En caso contrario, este pequeño roedor agotaría los recursos del bosque en poco tiempo.

   Pues bien, sobre nuestros escenarios pulula un animal parecido. No es tan numeroso, ni tan casquivano… pero es igual de inconsciente, y su función es exactamente la misma que la del lemming de los bosques: mantener el equilibrio social.

   Se despereza, se alinea y se precipita al vacío ante la atónita mirada de su público, quien gusta tanto de contemplar su enajenado comportamiento que incluso paga por ello.

   ¿Qué pasa por su cabeza antes de saltar?

   Nadie lo sabe, comenzando por él mismo. Pero, cuando esto sucede, es cuando da comienzo el concierto.

   Es la hora que sigue a la última hora de un condenado a muerte, tras haber sido indultado… el primer rayo de sol en alta mar tras la tempestad.

   Los que tienen más miedo son los primeros en precipitarse al abismo.

   Por mucho que, exteriormente, la imagen del artista frente a su público pueda parecer tan idílica como la del hombre soltero, la verdad es que sus nervios y su conciencia están siempre a punto de saltar, y solo su instrumento, al que se aferra como a un salvavidas, lo mantiene a flote.

   Su relación con ese abismo que lo contempla es similar a su relación con la muerte: es consciente de su presencia, incluso sabe que se encuentra al acecho… pero opta por fingir indiferencia.

   Lo cierto es que ese pozo que lo observa es superior a sus fuerzas: lo seduce, lo desarma, lo sugestiona como nada en el mundo; lo estimula a la vez que lo seda, lo excita mientras lo adormece… Para él, no existe mayor fuente de autodescubrimiento. El público en sí no le importa tanto como la inagotable fuente de energía que éste le proporciona.

   Un equilibrista sin público jamás se jugaría la vida.

   Quitar la red solo tiene sentido si hay alguien conteniendo el aliento.

   Cuando los demás lo miran se siente capaz de cualquier cosa… lo que lo insta a perfeccionarse. Ese deseo de mostrarse mejor de lo que es, y que tan bien (y tan torpemente) reflejan las redes sociales es uno de nuestros más arraigados instintos, y no nos diferencia gran cosa del resto de animales. No es falsedad, sino una inocente y hermosa declaración de intenciones. ¿Actúa con hipocresía el pavo real cuando despliega su espectacular cola ante su pareja? Ese instinto es lo que precisamente nos impele a ser mejores.

   Tener público, o pensar en el público, no es vivir una mentira, sino perseguir un ideal.

   Y es sabido que los ideales no se alcanzan nunca.

   Así, el artista, el más fuerte y el más frágil de los animales, deambula por la cuerda floja con la inconsciente osadía del funambulista ante la atónita mirada de su público, quien lo contempla y se agita sobre su butaca, incómodo, como si el futuro trascendente se encontrase precisamente en sus manos, como si se decidiese en ese preciso momento; allí mismo, frente a sus ojos.

   En efecto, así es.

   El artista es un suicida radiante.

   Aquel que se atreve a llegar tan lejos se encuentra en un estado sublime.

   No es seguro que esté despierto; se ignora su último propósito, y tampoco importa demasiado.

   Está hechizado… y su público lo está con él.

   Solo con el amor sucede lo mismo.

   Pero el único que puede caerse es él. Y su caída, al igual que su gloria, suele ser estrepitosa.

   El verdadero artista, en realidad, ignora lo que va a suceder en el siguiente minuto tanto como el mismo público. O todavía más. Así que opta por seguir bailando.

   El futuro siempre es un secreto. También para él.

   A cambio, el oro que arrastra a su orilla justifica ampliamente todos sus temores y todos sus sacrificios. Y también los del público.

   Pues… ¿Quién no desea contemplar todo eso?

   Ante semejante visión el espectador se arrellana todavía más en su butaca, como un sádico voyeur, igual que en el antiguo circo romano, y no parece preocuparse gran cosa ante la insoportable tensión que el artista sostiene, y que es precisamente lo que lo empuja a comportarse como un kamikaze.

   Parpadea, se alinea, y salta… una y otra vez, hasta que el vértigo desaparece.

   Lo que subyace tras ese salto es solo belleza.

   Por todo esto, y mucho más… estad atentos, contened el aliento, no perdáis un solo detalle. Frente a vosotros comparece el artista, la más rutilante manifestación del ser humano, y habéis sido los elegidos para poder contemplarlo. Quizás comprendáis, con un poco de suerte, que quien así actúa ama y padece más que nadie, pero que no por eso vuestra seguridad es diferente que si fuerais vosotros los que se debaten en ese mar, entre la lluvia y el viento, sosteniendo una escota mojada en lugar de un erudito programa de mano.

Autor:Juan José Silguero
  • Comparte en Facebook
  • Comparte en Twitter

Compartir

Publicidad

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico