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Opinión: 'Los guardianes del tiempo'. Por Juan José Silguero

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30 de mayo de 2018

Los guardianes del tiempo

  Por Juan José Silguero
Esta fuerza asombrosa no entorpece la graciosa flexibilidad de los movimientos, que combinan una infantil soltura con un poder titánico. Al contrario, la sorprendente belleza de esos movimientos proviene de esa fuerza misma. La verdadera fuerza nunca impide la belleza o la armonía; con frecuencia la otorga. Y en todo lo que tiene una belleza imponente, la fuerza tiene mucho que ver con la magia.

   H. Melville

   Fuerza…

   La cita de Melville hace alusión a la prodigiosa ballena, pero podría aplicarse a cualquier otra excelsa manifestación de la naturaleza, y hay muchas.

   El artista es solo una más de ellas.

   Existe un hermoso proverbio sueco que reza: “Una alegría compartida se transforma en doble alegría; una pena compartida, en media pena”.

   El ser humano, esa obra maestra de la naturaleza, termina siempre de completarse por manos ajenas. Y nada tiene tanta consistencia como la conjunción de dos debilidades que se apoyan la una en la otra.

   Nada hay que no se pueda hacer ante la atenta mirada del ser amado.

   Así, todo aquello que consideramos bueno, virtuoso o sublime –y que no son sino los cimientos de esa misma fuerza–, no puede depender nunca de un solo ente sino de muchos, resultado conjunto de una serie de resultados circunstanciales que dan lugar a eso que llamamos “lo extraordinario”.

   Nadie tan débil como el egocéntrico –y el mundo del arte está lleno de ellos–.

   Nadie tan frágil como el solitario.

   Pues bien, en el mundo de la música, esa “obra común” aparece representada por el soberbio protagonismo de una figura capaz de aglutinar mediante la simple fuerza de su obcecación –o de su estupidez, según se mire– la insaciable vanidad de un incalculable número de “secundarios”.

   Es el “concertista virtuoso”.

   Pero la coreografía de los dedos, sin una escrupulosa justificación interna, puede llegar a ser tan grotesca como Sokolov bailando el Swish Swish.

   Frente al instrumento, la naturalidad, la plasticidad, acostumbran a ser entendidas como premisa ideal de la fuerza, paradigma ineludible de lo portentoso, último eslabón de ese extraño compuesto de repetición y artificio que acostumbramos a llamar “maestría instrumental”.

   Pero…

   ¿Tiene algún sentido que esa “naturalidad” provenga del más arduo trabajo?

   Los niños, o los animales, que nada saben del trabajo férreo al que nos condenamos los artistas, se desenvuelven en todas sus actividades con una soltura envidiable. La interpretación profesional, en cambio, parece incluir casi indefectiblemente una especie de “sometimiento”, tanto ajeno como propio. Y no hablo aquí de ese sometimiento “voluntario”, por así decir, que es natural y que acontece de ordinario (como tan a menudo sucede con el amor, por ejemplo). Sino de ese otro que implica una supremacía impuesta (y autoimpuesta), una autoridad dominante, un control, en suma, y el doblegamiento forzoso de una de las partes.

   En cambio, si hay algo que caracteriza a los más grandes artistas, es esa genuina, casi infantil impresión de “sencillez…”.

   Decía Chopin: “La última cosa es la simplicidad. Después de haber agotado todas las dificultades, después de haber interpretado una inmensa cantidad de notas y notas, es la simplicidad la que surge con todo su encanto, como el último sello del arte. Todo el que quiera llegar a esto desde un principio, no lo conseguirá; no puede empezarse por el final”.

   Podríamos establecer, por lo tanto, que ese arduo trabajo –meticuloso, obsesivo en muchos casos– solo resulta eficaz amalgamado con la más completa distensión física; y hasta es posible que no exista una sola actividad humana en la que la tensión corporal sea beneficiosa. Y que todo esto acontece, además, de un modo proporcional a su grado de dificultad, de forma que cuanto más virtuosístico es el pasaje en cuestión, mayor es la necesidad de relajación.

   Pues bien, resulta que aquí nos encontramos con dos tipos de intérpretes (y de personas): los que gustan de estudiar en instrumentos fáciles, dóciles, complacientes –tal y como hay quien prefiere amigos fáciles, dóciles y complacientes–; y luego con los otros, los duros, los imperturbables.

   Nada germina en la baldía tierra de la complacencia y la lisonja. Tampoco en la de la autocomplacencia, por cierto, ni en la magnanimidad excesiva, ni en la pasión desaforada. La vertiginosa impresión de un poder titánico, en el caso del supervirtuoso, suele echar por tierra la naturaleza franca y generosa de la pasión, como un monarca enloquecido que devasta su propio reino. Ese es el mayor peligro de la autocomplacencia de hecho, que se comporta siempre como el autócrata que en realidad es: con bárbara temeridad.

   Achúcarro solía referirse a tres tipos de pianos: el aliado, el enemigo y el traidor. Pero lo cierto es que, sea cual sea el instrumento en cuestión, siempre hay, al menos, dos formas de enfrentarse a él, especialmente en público: rebelarse y empeñarse en reproducir a toda costa lo que uno traía planificado desde casa, o bien, tratar de adaptarse, ser capaz de desprenderse de todo prejuicio, y hasta atreverse a decir:

   “Bien, no es exactamente lo que esperaba… pero puede que se trate de algo mejor. Veamos adónde conduce esto”.

   Como en tantas cosas en la vida, una simple cuestión de valor.

   Me gusta repetir a los alumnos: “Cuando tengáis un problema, un imprevisto, una dificultad… bendecidla. Porque de ahí va a salir un nuevo aprendizaje, a costa, eso sí, del más duro trabajo”.

   No obstante, en la dirección equivocada, la obcecación solo conduce a la perpetuación de todos los defectos.

   Y es en ese momento, y por simple prudencia, cuando tantos se dedican a “estudiar despacio”.

   Es cierto que la lentitud te convierte en Mátrix, esquivando las balas. Te permite ver con más detalle, y… ¿a qué artista no le obsesiona el detalle? Cualquiera desearía poder congelar el tiempo a voluntad, y moldear esa realidad artística sin prisas, tal y como a menudo desearíamos poder detenerlo para contestar lo más adecuado.

   Además, el metrónomo estresa mucho. Es el sonido del tiempo que pasa… y nada resulta más imperioso.

   La máquina te grita que desperdicias la vida.

   Pero el tiempo no se detiene, siempre avanza en un sentido o en otro. La capacidad de moldear esa maraña de minutos y segundos a su antojo y en tiempo real es el privilegio del genio.

   En cambio, la mayoría se empeña en tratar de encapsular la obra con lentitud, lo que realmente parece tan absurdo como un atleta entrenándose para correr los cien metros lisos a cámara lenta. Así pasa, que cuando realmente llega el momento trascendente, lo más habitual es que le coja repitiendo un pasaje.

   Esa corriente es demasiado regular… demasiado constante. Cada ola se parece demasiado a la anterior.

   Decía Shakespeare: “En las cosas humanas hay una marea que, si se la toma a tiempo, conduce a la fortuna. Para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas”.

   Hay un cierto sabor a muerte en el estudio tedioso… y una abominable impresión de desesperanza.

   ¡Ver! ¡Ver! Ése es el anhelo del marinero, como lo es del resto de la ciega humanidad, clamaba Conrad.

   Pero no se ve más por ir más lento.

   Entre tanto, el artista, ubicado en lo más alto del escenario, dirige su mirada hacia el temible agujero negro… y no ve nada. Ni falta que le hace. Ignora incluso que cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti; como tampoco le interesa lo más mínimo esa milenaria inclinación del mundo hacia la belleza, que nunca acostumbra a mirar, sino solo a ser mirada.

   No es la casualidad lo que reúne a su público frente a él…

   También ellos ansían poder mirar así algún día, desde tan imperturbable pedestal; allí, donde habita y gobierna el que sabe mejor que nadie que todos ellos contemplan, extasiados, algo inexistente.

   Pero el artista no deja rastro tangible alguno… Su esencia se escurre entre los dedos de sus espectadores, como en la sustancia inasible de los sueños.

   Todos ellos contemplan un escenario vacío.

Fotografía: Robert Torres.

Autor:Juan José Silguero
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