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Crítica: Christian Gerhaher protagoniza una nueva producción de L'Orfeo de Monteverdi en Múnich.

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Autor: Alejandro Martínez
27 de julio de 2014

LAS FLORES DEL MAL

Por Alejandro Martinez

25/07/2014 Müncher Opernfestspiele: Prinzregententheater. Monteverdi: L´Orfeo. Christian Gerhaher, Anna Virovlansky, Anna Bonitatibus, Angela Brower, Andrea Mastroni, Andrew Harris, Mauro Peter y otros. Monteverdi-Continuo-Ensemble y miembros de la Bayerische Staatsorchester. Coro Zürcher Singakademie. Ivor Bolton, dir. musical. David Bösch, dir. de escena.

   Permítanme tomar prestado el título del conocido poemario de Baudelarie, aunque no haya ciertamente una conexión directa entre lo visto en Múnich y los versos del poeta francés, ya que la imagen misma de esas flores trágicas, marchitas y dolientes que presidían la representación de Orfeo que nos ocupa resumen la tragedia de Orfeo de forma estremecedora. Quizá no sean exactamente las flores del mal, sino más bien la flores del dolor, de un amor periclitado, de una esperanza acaso desvanecida, aunque no extinta. El Orfeo de Monteverdi es no sólo una piedra angular en la historia de la ópera como género sino que permanece todavía hoy como una recreación sobrecogedora del mito clásico en cuestión. Un mito clásico que en realidad es tal precisamente por su indiscutible vigencia, como esta producción demuestra.

   En alguna ocasión hemos dado a entender ya en estas páginas que no hay, a nuestro juicio, puestas en escena clásicas y modernas sino simplemente buenas y malas. Pues bien, avanzando en esa idea, podríamos añadir que esas, las buenas y las malas, son simplemente las que emocionan y las que no lo hacen. Y este Orfeo moteverdiano que nos ocupa emociona gracias a la suma de tres factores importantes: la valía de la propia música, que es colosal; el buen hacer de su protagonista, Christian Gerhaher; y la espléndida propuesta escénica de David Bösch. Recientemente nos referimos en estas páginas a la sensible labor de Pina Bausch para otro Orfeo, el de Gluck, visto en el Teatro Real. En esta ocasión, igualmente, la nueva producción firmada por David Bösch es todo un acierto, trasladando el entorno pastoral tracio de la primera escena a un marco hippie de los años setenta (a 1974, más exactamente). En esa suerte de comuna se ambienta el reciente enlace entre Orfeo y Eurídice, con logrado derroche de alborozo y diversión. Orfeo es entonces agasajado con una lira como regalo de boda. Ese marco de celebración y desenfreno (con alcohol, música, baile, sexo…), tan bien encarnado por esa camioneta que simboliza de algún modo el gran momento de los contrayentes, se desvanece de un plumazo con el anuncio mismo de la muerte de Euridice. Es entonces cuando el espectador repara con su mirada en esas grandes flores que penden colgantes en mitad del escenario, como desvanecidas, marchitas, perdiendo sus pétalos de un modo acongojante conforme la acción avanza y apagándose definitivamente cuando Orfeo pierde a Euridice por segunda vez. Se resuelve desde ese momento una escenificación totalmente distinta, tanto en la laguna Estigia como en los infiernos, expuestos aquí con austeridad de elementos como un espacio lúgubre, tenebroso y un tanto inquietante.

   La escenografía del primer cuadro regresa de un modo sobrecogedor al final de la representación para presentarnos a Orfeo, ya en la última escena, con un intenso Gerhaher transmutado en un homeless, en un vagabundo que ha perdido toda esperanza y que lamenta su destino hasta el punto de intentar quitarse la vida ante su padre Apolo, aquí presentado como otro vagabundo que dice a Orfeo lo que éste no quiere oír. Para entonces sólo cabe ya el reencuentro, estremecedor, de ambos en la fosa abierta de su tumba, a diferencia, todo hay que decirlo, de lo que marca el libreto. De algún modo Bösch reúne cielo e infierno en la tierra de esa fosa abierta con sus cuerpos. La escena conmueve verdaderamente. La dirección de actores está plagada de intenciones, la caracterización de los personajes es magnífica y hay en toda la representación un sinfín de matices y detalles (esa guirnalda con el “Just Married” que se quiebra en un momento exacto de la representación). Sólo cabe así aplaudir con efusividad la labor de David Bösch junto a Patrick Bannwart (escenografía), Falko Herold (vestuario) y Michael Bauer (iluminación). Una producción a la que auguramos larga vida en Múnich en sus futuras y seguras reposiciones.

   A diferencia de su deslucido enfoque con Alceste en el Teatro Real, encontramos mucho más estimable aquí labor de Ivor Bolton en el foso, a pesar de algunos tiempos un tanto lánguidos, parcos en teatralidad. Excelente desempeño a sus órdenes del Monteverdi-Continuo-Ensemble, completado por miembros de la Bayerische Staatsorchester. Lo mismo cabe decir del buen desempeño, salvo alguna leve falta de empaste, del coro Zürcher Singakademie, muy esforzado también en su buen desempeño escénico.

   Comentario aparte merece la labor de Christian Gerhaher con la complejísima parte de Orfeo. No estamos ante un especialista en este repertorio, pero la honestidad, firmeza y convicción con que desgrana la parte no merecen sino un mayúsculo elogio. Tampoco es un actor grandioso en escena, pero qué duda cabe de que lo que no logra a veces expresar con la voz lo traslada sin duda con su canto. Era ésta su primera encarnación de Orfeo y sin duda podrá madurar en próximas representaciones una encarnación encaminada a ser memorable. Irrelevante, a decir verdad, a su lado la Euridice de Anna Virovlansky, con una emisión destemplada y sin demasiado que ofrecer en su pequeña parte, más allá de un desempeño escénico solvente.

   Algo incómoda encontramos a Anna Bonitatibus, con un vibrato incómodo y oscilante, al margen de su habitual clase y solvencia fraseando en este repertorio. Más lograda en su caso como Proserpina que como Messagiera, a nuestro parecer. Fantástico trabajo de Angela Brower, habitual solista en Múnich, en su doble cometido como Música y Esperanza: una voz redonda, homogénea, bien emitida, desenvuelta en escena; muy convincente, una intérprete francamente completa. Muy buen trabajo también de las voces graves en los comprimarios: Andrew Harris como Plutone y Andrea Mastroni como Caronte. Grandiosa ovación, en cualquier caso, para todo el equipo al finalizar la representación.

   La Staatsoper de Múnich ofrece gratis en streaming la grabación de este orfeo en su portal Staatsoper.de.tv

Fotos: Wilfried Hösl

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