Crítica de José Amador Morales de la ópera Orlando de Haendel en el Palau de les Arts de Valencia
Inolvidable Orlando
Por José Amador Morales
Valencia, 22-III-2026. Palau Les Arts. Georg Friedrich Haendel: Orlando, ópera en tres actos con libreto anónimo basado en el de “L’Orlando, ovvero La gelosa pazzia” de Carlo Sigismondo Capece y en el poema épico “Orlando furioso” de Ludovico Ariosto. Aude Extrémo (Orlando), Ana Maria Labin (Angelica), Yuriy Mynenko (Medoro), Alina Wunderlin (Dorinda), Edward Jowle (Zoroastro). Les Musiciens du Louvre. Marc Minkowski, dirección musical. Versión concierto.
Tras el éxito de Giulio Cesare in Egitto, Mark Minkowski ha cerrado un intenso mes en el Palau Les Arts con el que se ha reafirmado como una de las referencias indiscutibles en la interpretación haendeliana. En esta ocasión lo ha hecho con una versión concertística de Orlando al frente de Les Musiciens du Louvre, el conjunto instrumental que él mismo fundara en 1982.
Orlando, título que inauguró la presencia de la ópera barroca en el coliseo valenciano hace casi dos décadas, ocupa un lugar singular en el catálogo de Georg Friedrich Händel desde su estreno en 1733 en el King’s Theatre de Londres. Inspirada en episodios del “Orlando furioso” de Ludovico Ariosto, inaugura el grupo de óperas que el compositor dedicaría a este universo caballeresco como Ariodante y Alcina. Aunque formalmente se asocia a la ópera seria, Orlando introduce una notable flexibilidad dramática y musical que anticipa, en cierto modo, una sensibilidad más moderna. Frente al rígido esquema de alternancia entre recitativo y aria da capo, la partitura presenta episodios de continuidad teatral, sobre todo en la célebre escena de locura del protagonista donde la música parece plegarse con mayor libertad, siguiendo el impulso dramático de los versos.
La lectura propuesta por Marc Minkowski al frente de Les Musiciens du Louvre subrayó con claridad ese carácter teatral de la partitura sin necesidad de aparato escénico alguno, salvo unas atinadas entradas y salidas de los cantantes así como la presencia de un actor que enfatizaba de manera simbólica el carácter de cada escena. Desde la obertura Minkowski optó por tempi vivos y articulaciones precisas evitando cualquier pesadez retórica. Con respecto a su reciente versión de Giulio Cesare, volvimos a comprobar la misma intensidad expresiva y riqueza tímbrica, aspectos a los que aquí sumó una capacidad para trascender los pasajes más introspectivos con una lectura ciertamente contemplativa e intimista, espoleada por la prestación de Les Musiciens du Louvre en estado de gracia; prueba de ello es la flexibilidad y ligereza de la cuerda y el color incisivo con el que maderas y trompas contribuyeron no poco a reforzar la tensión dramática. Bajo la batuta del director francés, los recitativos acompañados – particularmente en la gran escena de locura de Orlando – revelaron una notable atención a los contrastes dinámicos, los silencios y las modulaciones repentinas, siempre de forma natural y sin caer en la frivolidad del puro efecto.
En el apartado vocal, el reparto fue de gran altura comenzando por la protagonista de la velada, la contralto Aude Extrémo. Su Orlando destacó por un timbre oscuro y denso, no especialmente grato pero muy expresivo per se, con una proyección contundente y una extremada homogeneidad a lo largo de los diversos registros, salvo cierta resonancia mate en el registro grave extremo. Todo ello lo comprobamos en momentos tan icónicos de la partitura como el célebre “Fammi combattere”, afrontado con firme coloratura y brillante articulación, o de la escena de la locura, donde alternó furia contenida con frases de gran intuición expresiva, integrando con fluidez los recitativos en el discurso dramático impulsado desde la dirección. Como Angelica, Ana Maria Labin también convenció con una bella y rotunda voz a la que dotó de una línea de canto elegante y refinada. En arias como “Non potrà dirmi ingrata” la soprano rumano-suiza desplegó un cuidado fraseo, con gran sentido expresivo del legato, destacando en los momentos líricos, donde la calidad tímbrica de su voz encontraba su mejor acomodo.
El contratenor Yuriy Mynenko ofreció un Medoro de canto delicado, volumen aceptable y timbre interesante, a excepción de su tendencia a forzar la emisión en los extremos de la tesitura, resultando sonidos un tanto desabridos. No obstante, logró su personal y justa cuota del éxito global y, en escenas como “Verdi piante, erbette liete”, logró imponer un hermoso fraseo perfectamente arropado por el límpido acompañamiento orquestal. Por su parte, Alina Wunderlin ofreció una Dorinda encantadora de desenvuelta naturalidad, precisión cristalina y evidente facilidad en el sobreagudo. La soprano frankfurtense, con una materia prima liviana pero de innegable punta tímbrica, brilló en arias como “Amore è qual vento” por la agilidad y claridad en la articulación, cualidades que reforzaban el carácter espontáneo del personaje. Finalmente, el bajo-barítono (más barítono que bajo) Edward Jowle imprimió una suerte de autoridad serena a Zoroastro, con una emisión sólida y fraseo noble. El cantante británico resultó más convincente en los recitativos, donde estas virtudes eran más evidentes, que en las arias donde el sonido, claro y mate de partida, se estrangulaba y perdía ostensiblemente volumen a medida que descendía hacia el registro más grave. No obstante Jowle terminó por convencer en una actuación de innegable musicalidad y precisión estilística.
Fotos: Miguel Lorenzo
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