Crítica del concierto ofrecido por la Orquesta de Cámara Gallega, bajo la dirección de Rogelio Groba Otero, con el pianista Pablo Diago Busto como solista
Homenaje anual a Rogelio Groba
Por Pablo Sánchez Quinteiro
La Coruña, 1-II-2026. Teatro Colón. Orquesta de Cámara Gallega. Dirección: Rogelio Groba Otero. Piano: Pablo Diago Busto
Convertido ya en una cita imprescindible del calendario musical gallego, el concierto anual de homenaje a Rogelio Groba vuelve a demostrar hasta qué punto la figura del compositor ponteareano (1930-2022) se ha asentado como uno de los grandes referentes de la creación musical en Galicia durante el último medio siglo. No se trata únicamente de una celebración conmemorativa, sino de un ejercicio casi musicológico. Una labor de recuperación y revitalización de un catálogo amplísimo, diverso y todavía insuficientemente explorado, que sigue revelando nuevas facetas con cada audición.
A ello se suma un elemento de especial valor simbólico y artístico: la continuidad generacional encarnada en la Orquesta de Cámara Gallega, dirigida por su hijo Rogelio Groba Otero, que asume aquí un doble papel —director y concertino— con una naturalidad que va más allá del vínculo paterno-filial para situarse en el terreno de la convicción estética y el conocimiento profundo del lenguaje del compositor.
Este año el homenaje se vio enriquecido por la reciente aparición de un libro dedicado a la figura y la obra de Groba, firmado por Javier Vizoso, jefe de prensa de la Orquesta Sinfónica de Galicia y uno de los grandes conocedores de la música gallega de las últimas décadas. Una novedad editorial de gran relevancia que merecerá, sin duda, una atención específica en futuras reseñas. Mientras tanto, el concierto sirvió una vez más como una muestra elocuente de la extraordinaria versatilidad creativa del compositor, a través de cuatro obras que transitan por mundos sonoros deliberadamente contrastados.
Ante un Teatro Colón abarrotado -a pesar del tiempo inclemente- la noche se abrió con la breve Danza del alba. Esta se benefició de una dirección clara y funcional por parte de Rogelio Groba, quien optó por un pulso firme y sin retórica añadida. La homofonía rítmica, motor de la pieza, fue construida de forma compacta y bien articulada, con una cuerda empastada y un ataque enormemente preciso. Tras ella, y sin mayor preámbulo disfrutamos del plato fuerte de la noche; la Sinfonía nº 6 del compositor. El Allegro inicial destacó por el trabajo de color y empaste de la cuerda, especialmente en los registros graves, densos pero nunca pesados. Groba manejó a la perfección las pausas que articulan la introducción, convirtiéndolas en verdaderos elementos estructurales y no en simples cortes respiratorios. El contrastante segundo tema, de aire naíf y resonancias folklóricas, fue presentado con una naturalidad deliberada, sin caricatura ni acento pintoresco, lo que reforzó precisamente su carácter atemporal. A pesar de los reducidos medios orquestales que pide el compositor es evidente que se trata de una gran obra, de aliento sinfónico, por la riqueza de su inspiración y la imaginativa escritura orquestal. Técnicamente, resultó especialmente notable la claridad en la polifonía, con unos planos sonoros muy bien jerarquizados y un control del balance que permitió seguir el entramado interno sin esfuerzo. La recapitulación recuperó la energía inicial con solidez, desembocando en una coda expansiva y luminosa, bien sostenida desde el podio.
El hermoso Andante breve se benefició de una gestión muy cuidada del fraseo, especialmente en la cuerda grave, que introdujo la melodía inicial con un sonido concentrado y expresivo, sin exceso de vibrato. Tras ella, los violines adquirieron protagonismo, desplegando una línea cantabile bien sostenida, con modulaciones expuestas con claridad. La alternancia entre secciones —una de ellas de raíz folklórica, tamizada por un lenguaje más expresionista— se resolvió con coherencia, evitando rupturas bruscas de clima. El Allegro final exige precisión rítmica y energía sostenida. La orquesta respondió a la perfección, con impulso y claridad, afrontando sin titubeos la sección más disonante, bien integrada en el discurso general. Groba no relajó la tensión en ningún momento, manteniendo el pulso hasta la conclusión, lo que confirió al movimiento un carácter afirmativo y bien trabado.
La Soatiña (Sonatina) para piano y orquesta permitió apreciar una faceta más íntima de la producción concertística del autor en la que constituyó un aspecto crucial el equilibrio entre solista y conjunto. En el Allegretto inicial, Pablo Diago Busto abordó el ostinato del piano con contención y regularidad, evitando cualquier tentación de convertirlo en elemento protagonista. Esa discreción favoreció que la melodía de las cuerdas creciera con naturalidad, integrándose progresivamente el piano en el tejido orquestal. La dirección cuidó especialmente los crescendi, bien graduados y nunca forzados. La evocación de los primeros pasos de un bebé, tal como explicó Rogelio al público, en alocución al público -tan entrañable como siempre-, fue una explicación tan eficaz como honesta, que iluminó el carácter del movimiento sin necesidad de subrayados emocionales. El Moderato puso de relieve el buen gusto del solista, con una sonoridad clara, fraseo sencillo y una pulsación flexible que reforzó el carácter de canto de cuna. No es una música de gran exigencia técnica, pero sí de sensibilidad, y aquí la interpretación supo evitar la blandura, manteniendo siempre una línea clara y comunicativa. En el Allegro vivace, evocador de las travesuras –“falcatruadas”- del bebé, Groba despliega en consonancia un rítmico e incisivo, que exigió al diálogo entre piano y orquesta un mayor nervio. La escritura exige precisión y agilidad, y ambos elementos respondieron con soltura, subrayando los contrastes internos sin perder cohesión. El Allegro final, brillante síntesis de la obra, fue conducido con un sentido claro de dirección, proyectando el discurso hacia adelante con naturalidad, sin subrayados innecesarios. Esta interpretación nos dejó sensaciones incluso más satisfactorias que las experimentadas en una lectura anterior de la obra, apenas dos años atrás.
La noche culminó con el Concerto en arcos para piano y orquesta de cuerda. Este supuso un cambio radical de atmósfera y planteó los mayores retos interpretativos del programa. Desde el Allegro impetuoso inicial, la cuerda asumió un papel protagonista y exigente, con violines inquietantes, tensos, en ocasiones al borde del paroxismo. La dirección optó por un enfoque seco y directo, sin buscar redondear un lenguaje que es deliberadamente áspero. El piano, lejos de asumir un rol solista tradicional, se integró como elemento percusivo, contribuyendo a la atmósfera opresiva más que al lucimiento individual. El expresionista discurso concluyó en un clímax final de gran impacto sonoro, el cual fue sostenido con convicción y coherencia, provocando un silencio elocuente antes de los aplausos, primero contenidos y luego más decididos. El Andante–Scherzo–Andante exigió un control muy fino de los tiempos y de la tensión interna. Los acordes iniciales del piano, solitarios y casi desolados fueron expuestos con sobriedad, dejando espacio al silencio. La entrada del concertino y las cuerdas construyó una atmósfera enrarecida, de un lenguaje aún más vanguardista. El Scherzo central introdujo un sarcasmo mordaz, con ecos claros de un Shostakovich irónico, bien subrayado por una articulación incisiva y un carácter casi grotesco. El Presto e molto dinamico final fue un auténtico tour de force para la cuerda. De clara impronta bartokiana, se impuso como un aluvión sonoro, con una energía rítmica sostenida y una escritura percusiva muy exigente. El piano apareció en breves aforismos, incisivos, reforzando el carácter sincopado del conjunto. El clímax final, intenso y sin concesiones, cerró el concierto con contundencia.
No hubo propina. Lo cual era previsible tras un programa tan largo y exigente. La interpretación había alcanzado un grado de intensidad que hacía innecesario cualquier añadido.
Este nuevo homenaje a Rogelio Groba confirmó no solo la vigencia de su música, sino la necesidad de seguir revisitando su catálogo con mirada abierta y sin prejuicios estilísticos. La Orquesta de Cámara Gallega, bajo la dirección comprometida y lúcida de Rogelio Groba Otero, reafirmó a Groba como un creador de múltiples voces, capaz de transitar desde la luminosidad primaria al desgarro expresionista con la máxima honestidad artística.
Fotos: PSQ
Compartir
