Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto ofrecido por la Orquesta Filarmónica Eslovaca en Ibermúsica, bajo la direccion de Daniel Raiskin y con Alexandra Conunova como violinista
Personalidad y pasión al violín
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 4-III-2026, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Noche en el monte pelado (Modest Músorgski). Concierto para violín (Aram Khachaturian). Alexandra Conunova, violín. Cuadros de una exposición (Modest Músorgski/orquestación Maurice Ravel). Filarmónica Eslovaca: Daniel Raiskin.
Este concierto del ciclo Ibermúsica permitía culminar la serie de magníficos violinistas que se han subido al escenario del Auditorio Nacional en los últimos días. A continuación de Sergei Khachatryan y Daniel Lozakovivh, le llegaba el turno a Alexandra Conunova que se enfrentó al poco interpretado, pero no por ello menos maravilloso, concierto de Aram Khachaturian (1903-1978) escrito para el grandioso David Oistrakh y que cuenta con una orquestación espléndida, plena de colorido, aires exóticos y orientales, que hunden sus raíces en el folklore armenio. Una pena que este concierto se interprete tan escasamente. Cierto que su dificultad es máxima, pero ello tiene más que ver con el conservadurismo de los programadores y un público que, al parecer, quiere escuchar siempre las mismas obras.
No conocía a la Conunova, pero la impresión fue excelente. Desde los primeros acordes, llenos de energía, un sonido de gran caudal y generosa presencia se adueñó de la sala, al igual que la garra y personalidad de la artista moldava. Un fraseo tan variado como incisivo y una expresividad felina, siempre vibrante, se sumó a una gran factura técnica como demostró la deslumbrante cadencia situada en el centro del primer movimiento. Conunova se integró en la atmósfera de misterio que abre el segundo capítulo y desgranó un lirismo envolvente, ensoñador, con un sonido aterciopelado, intenso y fluido, por parte de una violinista siempre expresiva, personal, entregada y tan elocuente como apasionada. La intensidad se tornó cuasi indómita en el arrollador e impetuoso torbellino del tercer movimiento en el que la violinista moldava abordó con fiereza y las indispensables técnica y dominio del arco los vertiginosos pasajes imbuidos de la furia rítmica de las danzas folklóricas armenias. Los vítores y ovaciones del público tuvieron como premio una sorprendente propina anunciada en impecable español por la propia Conunova. A recomendación de un amigo español, según explicó, interpretó con garbo un arreglo realizado por ella misma en el tren, del pasacalle de los nardos de Las Leandras de Francisco Alonso. El público acompañó a la violinista, primero con el canto y luego con palmas.
La Filarmónica eslovaca es una agrupación con sede en la capital Bratislava fundada en 1949 y que tuvo como primer titular al mítico Václav Talich. Se trata de una buena orquesta, no excelsa, pero sí más que solvente y con adecuada afinidad con esta música eslava. Orquesta y batuta, su director invitado permanente Daniel Raiskin, pusieron de relieve la fascinante orquestación de Khachaturian, además de colaborar apropiadamente con la solista.
Previamente y como pórtico del evento, ofrecieron La noche en el monte pelado de Modest Mussorski (1839-1881), que se interpreta habitualmente con la orquestación de Rimsky-Korsakov. La orquesta guiada por la batuta competente de Raiskin tocó bien la obra y completó una correcta versión, a la que no faltó energía y pulso. Eso sí, ayuna de las variadas y acentuadas atmósferas filoexpresionistas que contiene la composición,
Inspirada en diez pinturas y dibujos presentes en una exposición póstuma de su amigo Viktot Kartmann, Mussorski creó Cuadros para una exposición, una suite para piano. Maurice Ravel (1875-1937), uno de los más grandes orquestadores de la historia, realizó en 1922 una deslumbrante orquestación, que consagró la obra en las salas de concierto.
Daniel Raiskin y una entregada filarmónica eslovaca firmaron una interpretación más que correcta, que puso de relieve con suficiencia las tímbricas y detalles de la orquestación de Ravel, mediante una cuerda bien empastada y maderas eficaces. Una interpretación más solvente que inspirada y más redonda y compacta, que contrastada.
Un entusiasta Raiskin al frente de una orquesta devota regalaron la Danza eslava número 8 de Antonín Dvorák.
Fotos: Rafa Martín
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