Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro del concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica Vigo 430 en Lugo, con Catherina Lee como solista y bajo la dirección de Javier Fajardo
De alto voltaje
Por Pablo Sánchez Quinteiro
Lugo, 21-III-2026. Círculo de las Artes. Temporada de la Sociedad Filarmónica de Lugo. Orquesta Sinfónica Vigo 430. Catherina Lee, violín. Javier Fajardo, director. Max Bruch: Concierto para violín núm. 1. Brahms: Sinfonía nº 4 en mi menor, Op. 98
Si asumimos que no todos los conciertos responden al mismo nivel de ambición, entre la oferta que conforma la temporada de la Sociedad Filarmónica de Lugo, el celebrado el pasado sábado en el Salón Regio del Círculo de las Artes pertenece a los que elevan el nivel de compromiso interpretativo. La Filarmónica apostó por una propuesta joven y de alto voltaje, confiando en la Orquesta Vigo 430 y el director viveirense Javier Fajardo, para afrontar un programa que exige madurez, cohesión y una idea musical definida: el Concierto para violín nº 1 de Max Bruch y la Sinfonía nº 4 de Johannes Brahms.
La Cuarta de Brahms no admite medias tintas: su densidad estructural, su escritura contrapuntística y su exigencia en la construcción del discurso la convierten en una de las piedras de toque del repertorio sinfónico. Del mismo modo, el concierto de Bruch, aunque más agradecido en su recepción, plantea un equilibrio delicado entre lirismo y arquitectura formal. En manos de una orquesta semiprofesional, de plantilla variable y mayoritariamente joven, el riesgo era evidente. Precisamente por ello, el magnífico resultado conseguido por Fajardo y sus músicos adquirió un especial significado.
La Vigo 430, adaptada a las dimensiones del Salón Regio, presentó un orgánico moderado pero eficaz -una veintena de violines, seis violas, seis violonchelos y tres contrabajos- que lejos de comprometer el resultado sonoro, favoreció una lectura clara y bien articulada. De hecho, la acústica del recinto, íntima y directa, permite un grado de definición y disfrute auditivo poco habitual, con una sensación de inmersión difícil de alcanzar en grandes salas de conciertos. Por añadidura, como es habitual en los conciertos orquestales de la Filarmónica, la proximidad entre el público y los músicos es máxima: la orquesta no se concentra en el fondo del escenario, sino que se sitúa mayoritariamente en la primera línea del patio de butacas, apenas a un par de metros del público. Creo que, sin exagerar, sólo en Lugo es posible una experiencia de esta cercanía e inmediatez sonora, que me trae a la memoria las crónicas de veladas míticas como la primera audición privada de la Eroica de Beethoven en el palacio del príncipe Lobkowitz en Viena, eventos en los que la música se concebía y se escuchaba a escasísimos metros del oyente.
El centro de gravedad del concierto estuvo, sin duda, en la Cuarta de Brahms. Desde el inicio, Javier Fajardo planteó una lectura basada en la transparencia y la fluidez, evitando deliberadamente la tentación de densificar el sonido. El Allegro non troppo avanzó con tempi ágiles, bien sostenidos, permitiendo que la estructura respirase y que los motivos se articularan con claridad. Fajardo moldeó con mimo el fraseo, mostrando en todo momento una voluntad de “decir algo”, de ir más allá de las notas. El cuidadoso tratamiento del rubato por parte de la cuerda, fue la mejor prueba de la implicación recíproca de los músicos. Desde el podio, este fue modelado con lucidez, imprimiendo sutiles cambios de tensión y una recuperación natural del tempo que evitaba cualquier sensación de afectación. Las dinámicas, cuidadosamente graduadas y la claridad del entramado contrapuntístico resultaron uno de los mayores logros de la interpretación. Violas y segundos violines mantuvieron una presencia audible y definida, y, si bien hubo ciertas asperezas en los tutti, estas resultaron comprensibles en un conjunto que se reinventa en cada concierto y dispone de un tiempo de ensayo necesariamente limitado. La madera, por su parte, se integró con naturalidad en el tejido orquestal, sin sobresalir de forma artificiosa, pero aportando color y relieve en los momentos clave.
En el Andante moderato, quizás el movimiento más expuesto para los músicos, la orquesta respondió con seguridad notable: los pasajes más delicados se resolvieron con precisión, y la sonoridad, sin perder profundidad, se mantuvo controlada. La concepción de Fajardo fue expansiva, con gravedad, muy reflexiva. Las maderas mostraron oficio en su crucial episodio, antes de la sección central, aunque se echó en falta un mayor relieve y definición.
El giocoso tercer movimiento aportó el necesario contraste, con un carácter más decidido y un impulso rítmico firme, muy bien encauzado por la batuta. Pero fue en el Allegro energico e passionato donde la interpretación alcanzó su punto más incandescente y personal. La passacaglia fue construida con sentido arquitectónico y progresión interna, destacando especialmente los solos de violonchelo y el diálogo entre violas y primeros violines, resueltos con equilibrio y musicalidad. Pero lo más llamativo fue el tempo atípicamente vertiginoso que llevó a la orquesta a un límite de tensión constante y confirió a la interpretación un carácter más próximo a la tocata que a la pasacaglia, desdibujando en parte su arquitectura tradicional en favor de una lectura de trazo urgente y vehemente. La concepción de Fajardo de este referencial movimiento resultó abiertamente dramática, casi airada, con una energía áspera y combativa que abrió en mi mente conexiones inesperadas: por ejemplo, con el arranque de La valquiria, en principio tan ajena al universo brahmsiano, pero que encaja con naturalidad en una concepción tan radical. El contraste fue máximo con la evocadora cita de la “Renana” de Schumann, en este caso homenaje intencionado.
No es fácil encontrar un parangón discográfico de una versión tan incisiva y mordaz de este movimiento, pero me remitiría a la grabación de Sir Simon Rattle con la Filarmónica de Berlín. En medio de esta densidad, merece especial relieve el solo de flauta, uno de los grandes momentos del repertorio sinfónico, resuelto con musicalidad y control en medio de un momento dominado por la tensión y el impulso. Fue defendido por una solista, cuyo nombre lamento no poder consignar. Me temo que la página web de la Vigo 430 no detalla los músicos que intervienen en cada programa. Una omisión que sería deseable corregir, no solo por la merecida proyección individual de los intérpretes, sino también -desde un punto de vista más práctico- para que estas participaciones puedan figurar en sus currícula. El citado solo fue sólo un detalle en una aportación colectiva excelente, muy beneficiada de que la obra hubiera sido interpretada el día anterior en Vigo. Siempre una segunda ejecución en concierto permite una mayor soltura y que los músicos, liberados de la tensión del estreno, puedan profundizar en matices y dinámicas.
En el podio, Javier Fajardo confirmó las expectativas que su trayectoria venía apuntando, pero que hasta el momento no había podido reseñar. Su dirección, clara en el gesto y rigurosa en la intención, se caracterizó por su expresividad, un control constante del balance y una cuidada gradación dinámica. Supo además adaptarse a las características de la formación, potenciando sus virtudes sin exponer innecesariamente sus límites. En un repertorio como este, y con una orquesta semiprofesional, mostró una excelente comunicación con la orquesta y una gran ambición interpretativa. Es desde luego, un nombre a seguir muy de cerca en el panorama orquestal de nuestro país.
La primera parte del concierto nos ofreció el Concierto para violín nº1 de Bruch, con la participación de la joven violinista australiana Catherina Lee, formada en Londres. Su interpretación se apoyó en un sonido cálido y muy bien proyectado, con un fraseo cuidado que puso en valor el carácter lírico de la obra. En su mano los pasajes más cantábiles fluyeron con naturalidad, mientras que los episodios de mayor exigencia técnica se resolvieron con limpieza y control, sin caer en el efectismo. La relación con la orquesta fue fluida, muy bien integrada en el discurso global, sin desajustes entre la solista y el conjunto. El merecidísimo aplauso fue respondido con una propina nada trivial. L’Aurore, de la Sonata nº 5 de Eugène Ysaÿe, Lee exhibió seguridad y control máximo del arco y del sonido en lo que fue un despliegue de armónicos y fragmentos suspendidos. La emergencia de la luz que cierra la obra fue un broche de oro a una magnífica primera parte.
En resumen, fue una velada de la Filarmónica que, de principio a fin, no solo cumplió con las expectativas, sino que las superó con holgura. Pero más allá del resultado, lo verdaderamente significativo fue la constatación de que una formación joven, con una dirección sólida y una clara voluntad artística, puede afrontar repertorios de máxima exigencia con garantías reales. La Orquesta Vigo 430 no solo confirmó su crecimiento, sino que se perfila como un proyecto a seguir con atención. En este contexto, la dirección de Javier Fajardo se reveló como uno de los grandes activos de la noche, evidenciando hasta qué punto un trabajo continuado desde una dirección estable, comprometido y con visión sería determinante para consolidar y proyectar el desarrollo de un conjunto que muestra enorme potencial y ambición, y que tan necesario resulta para el sur de Galicia.
Fotos: PSQ
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