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Crítica: Recital del pianista Pablo  Galdo en Ferrol

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Autor: Pablo Sánchez Quinteiro
29 de septiembre de 2021

El pianista español Pablo Galdo ofrece un recital en el Teatro Jofre de Ferrol, dentro de la primera edición del Festival Internacional de Música Clásica «Ferrol en el Camino». En el programa, obras de Albéniz, Chopin y Liszt.

Pablo Galdo

Equilibrio, elegancia y sensibilidad

Por Pablo Sánchez Quinteiro | @psanquin
Ferrol, 19-IX-2021. Teatro Jofre. Primera edición del Festival Internacional de Música Clásica «Ferrol en el Camino». Pablo Galdo, piano. Obras de Albéniz, Chopin y Liszt.

   A lo largo de su amplia y diversa programación el I Festival Internacional de Música Clásica "Ferrol no Camiño” ha concedido al piano una especial atención, programando ni más ni menos que cinco recitales a cargo de una muy interesante nómina de pianistas en la que, a ilustres nombres consagrados como Daniel Rivera y Cyprien Katsaris, se le suman tres pianistas jóvenes españoles que están protagonizando exitosas carreras internacionales: Juan Pérez Floristán, Josu De Solaun, que cerrará el festival el 30 de septiembre y Pablo Galdo.

   El pianista ferrolano Pablo Galdo, dada su condición de presidente de la Asociación de Música Clásica de Galicia, principal organizador del certamen junto con el ayuntamiento de la ciudad y la Xunta de Galicia, ha tenido que llevar a cabo una intensa labor organizativa. Sin embargo, eso no ha impedido que abordase un exigente programa ante el público de su ciudad. Este giró entre tres nombres estrechamente relacionados: Albéniz, Chopin y Liszt, los cuales son especialidad de algunos de sus ilustres mentores como Zoltan Kocsis, Támás Vásáry o Martha Argerich, y que sin duda influenciaron sus interpretaciones.

   Una amplia selección de las piezas que conforman la Suite española op. 47 de Albéniz abrió el concierto. Fueron interpretaciones equilibradas, en las que la elegancia y la sensibilidad, predominó por encima de la estridencia folklorista. Así, Galdo ofreció una evocadora Granada en la que la mano izquierda, dio vida al tema principal de la obra de forma segura y musical. El chopiniano segundo tema resultó especialmente intimista. La impresionista Cataluña fue interpretada a un tiempo contenido, lo cual permitió disfrutar los mil y un matices que se esconden detrás de la aparentemente sencilla melodía. La más folklórica Sevilla, no cayó en el exhibicionismo gratuito. Fue una interpretación madura y seria, en la que las coplas y las cadencias se sucedieron de forma natural formando un todo cohesionado. Galdo mostró una gran precisión rítmica y un sonido cristalino en los adornos y en los hermosos melismas de octavas. En Cádiz los precisos e idiomáticos rasgueos en la mano izquierda, plenos de garbo, se integraron a la perfección con la línea melódica principal. Cuba recuperó el tono evocador y apasionado de Granada aunque con un carácter más contrastado entre las distintas secciones, mientras que en la célebre Asturias Galdo optó por una interpretación vibrante, a un tiempo extremo en su rapidez, que le confirió un carácter hipnótico. Resultó un tanto sorprendente el personal quasi andante final, muy impulsivo. En su conjunto fue una excelente serie que se completó posteriormente, en la primera de las propinas, con una Castilla vibrante y desenfadada que hizo las delicias del público.

   De Chopin, Galdo ofreció tres intimistas valses; los op. 69 nº 1 y 2 y el op. posth. B.150. En el Vals del adiós, Galdo, optó por un tempi que se alineó con los rápidos en la obra, pero en el que la música fluyó con naturalidad, de una forma relajada, casi sin esfuerzo. En el op. 69 nº 2 igualmente a un tempi vivo, destacó el cuidado de Galdo con los graves que en muchas ocasiones quedan apagados ante la melodía principal y sin embargo, son fundamentales para crear la atmósfera de la obra. El Vals en la menor puso un hermoso punto final a esta sección del concierto, dando paso a dos piezas más amplias de Liszt, ambas pertenecientes a su vertiente pianística más dramática: la Rapsodia húngara nº 5 y Funerailles. Ambas encajan a la perfección en la aproximación al piano de Galdo, siempre noble y trascendente, independientemente del carácter de la pieza. Asimismo, ambas suponen una confluencia de los lenguajes de Chopin y Liszt, siendo por tanto una muy coherente culminación al concierto. En la Rapsodia húngara Galdo enfatizó con maestría el carácter elegíaco y heroico de la música, pero también construyó a la perfección las secciones nostálgicas, evocadoras de la marcha fúnebre de Chopin. En Funerailles, Galdo desplegó una poderosa e impactante introducción. Ésta dio paso a una introspectiva marcha fúnebre, con unas dinámicas perfectamente graduadas y la máxima atención a los matices. Fue una verdadera transfiguración el paso a la sección lacrimosa, como igualmente resultó soberbia la abrumadora marcha guerrera con las exigentes octavas en la mano izquierda perfectamente delineadas. Sin duda, en la inspirada interpretación de Galdo, flotaba el espíritu de la conocida interpretación de Zoltan Kocsis. La conclusión, fue una cuidada síntesis musical en la que los marcados staccatto que ponen punto final a la pieza arrancaron los entusiastas aplausos de un Teatro Jofre prácticamente lleno, dentro de los límites que la pandemia impuso. Aplausos que también sin duda iban dirigidos hacia la labor que Galdo está desempeñando en pro de la vida musical de su ciudad y por extensión de Galicia. En agradecimiento dos propinas que supieron a poco; la citada Castilla y la Sarabanda de la Suite francesa nº 4 de Bach, pero que constituyeron un hermoso hasta luego.

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