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Crítica: Pablo González y Ana María Valderrama con la Orquesta Nacional de España

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Autor: Óscar del Saz
21 de marzo de 2022

La violinista española Ana María Valderrama y el director Pablo González, en la temporada del Auditorio Nacional de España con obras de Mahler, Wieniawski y Núñez Hierro

Ana María Valderrama con la OCNE

El triunfo de lo colectivo

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 18-III-2022. Auditorio Nacional de Música. Sinfónico 15. Obras de Nuria Núñez Hierro (1980), Henryk Wieniawski  (1835-1880) y Gustav Mahler (1860-1911). Ana María Valderrama, violín. Orquesta Nacional de España (ONE). Pablo González, director.

   En sus habituales tríadas de conciertos en viernes-sábado-domingo (nosotros preferimos, sin duda, el viernes día de la premiere, donde la adrenalina es más efusiva y se puede apreciar en ella la realidad de la preparación, y si el trabajo de los ensayos ha sido el adecuado o se han quedado cortos), nos convoca la Orquesta Nacional de España a asistir a un estreno (encargo de la OCNE), Unvollendete Wege (Caminos inconclusos) de la compositora jerezana, formada en Alemania, Nuria Núñez Hierro (recientemente ganadora del Premio Reina Sofía de Composición Musical 2021); a un debut, el de la joven violinista de consolidada carrera Ana María Valderrama (desde que ganara el Concurso Internacional de Violín Pablo Sarasate en 2011), así como a presenciar el trabajo del director Pablo González al frente de la Nacional, con esos cruces entre directores españoles y distintas orquestas, que tanto nos gusta admirar. Ójala se produjeran con más frecuencia. 

   El nexo de unión entre las tres obras programadas -la ya citada, el Concierto para violín n.º 2 en re menor, op. 22, del polaco Wieniawski y la Sinfonía n.º 1 en re mayor «Titán», de Mahler- podría estar tanto en las itinerancias vitales, individuales o colectivas, como en el análisis de la dicotomía entre «lo individual» y «lo colectivo», para hacernos reflexionar sobre hacia dónde caminamos, por quién nos dejamos guiar, o -la realidad de la guerra nos lo está demostrando actualmente- que basta una sola persona con poder para desbaratar todo lo que hemos ido construyendo de forma colectiva y que, por ende, nos lleguemos a sentir perdidos. 

   Afortunadamente, las tres obras apuntan a animarnos a salvaguardar esa esperanza que nunca debemos perder y a trabajar por el bien común. Fue un placer emocionante comprobar que la OCNE volvió a recuperar su plantilla completa sobre el escenario -sin pantallas de metacrilato-, rindiendo un homenaje a las víctimas de la Guerra de Ucrania interpretando, al inicio -se hará en todas las citas de este fin de semana-, la muy apropiada Aria de la Suite orquestal núm. 3 en re mayor, BWV 1068 de Johann Sebastian Bach. QUE LA ARMONIA REINE ENTRE LAS NACIONES, rezaban los letreros de la sala mientras se interpretaba esta pieza.

   Unvollendete Wege (Caminos inconclusos), según su compositora, «gira en torno al concepto de cartografía, entendida como el mapa sobre el que se desenvuelven los movimientos e itinerancias individuales, donde lo trazado de antemano puede haber perdido su validez». En esa parábola, la orquesta simula un enjambre de abejas -un «superorganismo» inteligente- donde se juega con las texturas, los clusters, y el timbre de instrumentos inusuales -como el kazoo- u otros transformados -se construyeron 15 cajas de música para la ocasión, se utilizaron recipientes de aluminio como sordina para los instrumentos de metal, se añadió papel de aluminio en las cuerdas de violonchelos y contrabajos, los músicos mascullaron sonidos ininteligibles, etc.-, añadiendo también sonidos, que no llegan a ser totalmente melódicos, que parecen indicar una dirección espacial o sensitiva.

   Nosotros siempre nos enfrentamos a una obra de estreno sin haber leído nada sobre la misma -salvo el título-, si bien siempre nos documentamos sobre el corpus compositivo del autor. Creemos que debe hacerse así porque cualquier explicación previa puede condicionarnos, y también porque pensamos que toda composición musical debe contener intrínsecamente -además de la estética- un lenguaje y un mensaje sonoro que lleve a remover algo en nuestro interior, entendiendo que siempre habrá músicas más o menos empatizadas con la sensibilidad de cada uno. Hemos de decir que de la escucha de la obra que nos ocupa no se desprende directamente nada de lo que se ha comentado arriba, y queda a la imaginación de cada uno lo que representa aquello que escucha. Sí podemos resaltar en ella su riqueza tímbrica y de creación de singulares texturas -de cada instrumento y del conjunto-, y una muy interesante atmósfera envolvente, así como su inteligente capacidad para transformarlas, de modo que es verdad que producen nuevas y distintas reacciones -inquietantes, relajantes, inesperadas- a nuevos sonidos (si no desconocidos, sí originales). 

   En todo caso, esta composición no utiliza la orquestación en el sentido más tradicional del término, ni tampoco juega claramente con la rítmica ni con la melodía, resultando el discurso sonoro en una sucesión -«collage»- de sonidos de nuevo cuño, imbricados con otros de instrumentos más tradicionales que aparecen y desaparecen de forma compleja, emitidos sobre un sustrato textural de penetrante «perfume» que, a nuestro entender, explota de forma novedosa las posibilidades de toda la orquesta sinfónica -verdad es que quizá cada vez queden menos cosas nuevas que ofrecer-, con ahínco en la sección de percusión -con ejercicio activo y muy propio-, y destacaron de forma manifiesta sonidos libados de la «esencia» de cada instrumento. Nuria Núñez recogió los aplausos del estreno de su obra desde el escenario, a resultas de una lectura muy bien escanciada por parte de Pablo González, y que entendemos fue del agrado de la mayoría del público asistente.

   Durante el siglo XIX, el virtuosismo, con legítimos sucesores de Paganini -en su calidad de virtuosos y, a la vez, compositores-, como lo fue el polaco Henryk Wieniawski, que fue niño prodigio con ocho años y fuera después estrecho colaborador del gran Arthur Rubinstein y coetáneo y amigo de Pablo Sarasate (al que dedicó esta obra), fue uno de los pocos virtuosos cuyo arte compositivo compitió de poder a poder con su deslumbrante técnica. Es el Concierto para violín n.º 2 en re menor, op. 22 una muestra absoluta de ello, de equilibradas melodías que el violín negocia con las distintas secciones de la orquesta, donde virtuosismo y magia interpretativa han de darse la mano, como así hizo en su versión la asombrosa, poderosa y encandiladora solista Ana María Valderrama. La artista próximamente grabará dos discos: uno con el Concierto de Yuste, de Eduardo Grau, para el sello Naxos; y otro con música en torno a Federico García Lorca, con el pianista francés David Kadouch.

   Pero además de escucharla hay que verla, con esas danzas pivotantes de tronco y brazos, en torno al instrumento, donde vimos desgastar literalmente el arco -observamos que tuvo que retirar hilachas del mismo durante la ejecución-, en un apasionamiento que además supo relativizar perfectamente para diferenciar las partes de Allegro moderato y Romance, dotando al sonido de su instrumento de excelente ampulosidad, elegancia y volumen, así como administró muy adecuadamente los cantábile de violín solista de muchos quilates. 

   Y en el final, marcado como Allegro moderato, à la Zingara, echó el resto con su preciso virtuosismo a la zíngara en todo lo alto. Destacamos de su lectura el rico lirismo, lleno de colores, y su capacidad para comunicar con el público y transmitirle la misma pasión que ella misma estuvo experimentando en cada momento. De igual forma, supo entenderse a la perfección con el maestro González que la llevó en volandas con una química entre ambos que dio un fantástico resultado para éste su debut, siendo muy aplaudida y braveada por el público. Por ello, no pudo por menos que conceder una preciosa y difícil propina -Let’s be happy, del argentino Giora Feidman (Argentina, 1936)-, pieza de esencia judío-húngara, con un conjunto improvisado con miembros de la orquesta.

   Una de las características principales de la música de Mahler es la búsqueda de la sonoridad en todos sus extremos, tanto en lo vocal -el universo del Lied- como en lo sinfónico, lo que le produjo al principio rechazos reiterados por parte de la crítica. En realidad, ello se correspondió siempre con una actitud ante la vida claramente desestabilizada y un tanto maniática, de búsqueda de una felicidad que le rehuía pero que él perseguía de manera persistente, pero sirvió para desarrollar el camino que se habría de emprender para entender la forma sinfonía desde la perspectiva de los siglos XIX-XX, donde lo individual y lo colectivo se remarca en las muy complejas orquestaciones con las que Mahler construyó habitualmente sus obras.

Pablo González con la OCNE

   La estupenda versión que nos ofreció Pablo González de la Primera sinfonía del músico bohemio podría corresponderse con el símil de «detallista y a todo color», con tempi verdaderamente interiorizados para corresponder con las indicaciones del compositor -lento, arrastrando; con movimiento vigoroso, pero no demasiado rápido; solemne y mesurado, sin arrastrar; con movimiento tempestuoso-, y en perfecta sintonía con su propio fluir gestual como director, tan vital y espiritual a la vez. Los múltiples contrastes en las dinámicas fueron definitivos para dosificar y rematar adecuadamente los múltiples clímax de que se compone la obra, a la vez que se encargó de «plegar velas» de forma admirable recogiendo todo el volumen y la intensidad desplegada por la Orquesta Nacional que obedeció con determinación todas las indicaciones del maestro.     

   La enorme complejidad de esta obra radica en que contiene tantas facetas distintas como las que ha de albergar la vida humana, también la de la muerte (presente en el tercer movimiento con un carácter trágico-grotesco) y su relación con el Creador -según creencia del propio compositor-, por lo que González también supo discriminar lo importante de lo accesorio, acentuando también rallentandi y accellerandi para señalar «cambios de ciclo» en el discurrir de la partitura, con altos niveles de concentración en todas las secciones, destacando el empaste de las cuerdas y la templanza de los metales, así como la eficacia de los ataques y finales perfectamente secos. El gran final de esta sinfonía expresa el tránsito de las tinieblas a la luz, con temas que se suceden entre lo tempestuoso, lo dramático, el apasionamiento y lo reflexivo. Finalmente, se dibuja el triunfo definitivo del optimismo, en un final lleno de espectacularidad que González convirtió en un espectacular y arrollador delirio sonoro.

   Como señalamos, el triunfo del maestro Pablo González fue notabilísimo, correspondiendo éste haciendo que todas las secciones de la orquesta se fueran levantando por ese trabajo tan bien realizado. También hizo volverse al conjunto orquestal para que pudiera saludar al público que ocupaba los bancos del coro, cosa que nos pareció muy adecuada. Estamos convencidos del triunfo de lo colectivo, tomando como ejemplo el trabajo realizado por una orquesta como pueda ser la Nacional. Al principio reflexionábamos sobre hacia dónde caminamos y por quién nos dejamos guiar. Desde luego, la Orquesta Nacional de España consiguió un triunfo sobresaliente dejándose guiar perfectamente por Pablo González y esperamos que siga siendo invitado a trabajar con este conjunto.

Fotos: Facebook OCNE

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