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Crítica: Pablo Heras-Casado dirige 'Die soldaten' ('Los soldados') de Bernd Alois Zimmermann en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
24 de mayo de 2018

Doctorado para el Teatro Real

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 22-V-2018, Teatro Real. Die Soldaten Los Soldados (Bernd Alois Zimmermann). Susanne Elmark (Marie), Leigh Melrose (Stolzius), Iris Vermillion (madre de Stolzius), Pavel Daniluk (Wesener), Julia Riley (Charlotte), Uwe Stickert (Desportes), Hanna Schwarz (madre anciana de Wesener), Wolfgang Newerla (Mary), Noëmi Nadelmann (La condesa de la Roche), Nicky Spence (Pirzel), Germán Olvera (Eisenhardt), Rafael Fingerlos (Haudy). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Calixto Bieito. Responsable de la reposición: Barbora Horáková

   Escribía mi compañero y amigo Pedro J. Lapeña rey en su magnifico artículo “Ante el estreno en España de Die Soldaten. Por qué no te lo debes perder” publicado en esta misma revista, que con la programación de la ópera de Zimmermann el Teatro Real alcanzaría su “doctorado”. Pues bien, así ha sido y con la mayor de las dignidades

   Con su ópera Die Soldaten, Bernd Alois Zimmermann (1918-1970) da una vuelta de tuerca al concepto tan germánico (Richard Wagner se considera su principal impulsor, aunque en otras latitudes se caminaba hacia algo parecido desde otros presupuestos y con lenguaje propio), de “Obra de arte total” (Gesamtkunstwerk), lo que tiene como consecuencia una creación casi irrepresentable por su enorme complejidad. Los directores musicales Günter Wand y Wolfgang Sawallisch así lo consideraron en su día y la Opera de Colonia canceló el estreno de la obra que había encargado, que tras diversas modificaciones con renuncias por parte del autor, pero también nuevos avances en su propuesta radical, no se produjo hasta 1965 con dirección de Michael Gielen.

   Una orquesta de más de 120 músicos, instrumentos poco habituales especialmente en la abundantísima percusión, lenguaje dodecafónico, serialista, presencia de jazz y otras músicas populares que se fusionan con fórmulas tradicionales, escritura vocal de enorme dificultad,multitud de personajes, superposición de escenas simultáneas, ruptura de la unidad de espacio, tiempo y acción (ya presente en el texto de Jakob Lenz en que se basa la ópera), elementos técnicos como pantallas para proyecciones, grabaciones, altavoces…

   Las posturas que tildan de excesivamente pretenciosa y grandilocuente esa creación, incluso se afirma que da la sensación de que el autor no quería que se representase dadas las colosales dificultades que introdujo a propósito, se combinan con el entusiasmo desmesurado de quienes la califican “la ópera más importante del siglo XX” o la fundamental. En opinión del que suscribe la ambición artística y libertad creadora, el afán por evolucionar, la imaginación desbordante son siempre elementos valorables, aunque puedan conllevar excesos, y en este caso han dado lugar a una ópera que uno calificaría de “irresistiblemente impresionante”. Por otro lado, los que encumbran Die Soldaten de manera entusiasta y con tintes de exclusividad parecen olvidar que obras de Puccini, Strauss, Janacek, Britten, Shostakovich, Prokofiev, Schoenberg, Messiaen…, por no hablar de Alban Berg y sus óperas Wozzeck y Lulú, claros antecedentes de la composición que nos ocupa e indudables influencias de Zimmermann, trufan la creación operística del siglo XX de obras maestras y que la excelsitud se puede lograr desde muy distintas posturas artísticas.

   Lo que resulta innegable es el carácter de acontecimiento de estas representaciones de Die Soldaten en el Teatro Real que constituyen su estreno en España. El operófilo tendrá muy pocas opciones en su vida de poder ver esta obra, imaginen lo que supone que no se había programado aún en España y tener esta oportunidad que brinda el coliseo de la Plaza de Oriente.

   La producción de Calixto Bieito, original de la Opernhaus de Zürich y la Komische Oper de Berlín, demuestra que el burgalés es una gran hombre de teatro cuando quiere y no se enfanga, como tantas veces, en la provocación gratuita, el sexo a granel venga o no a cuento y en la escatología. La orquesta, que por sus dimensiones, no cabe en el foso, se coloca en unos andamios al fondo del escenario, lo cual es un problema que obliga a amplificar una de las orquestaciones más mastodónticas que puedan existir y que algunos instrumentos ni se oigan. Cierto es, que sacar el montaje del Teatro Real como ocurrió en el Sant François de Messiaen que programó Gerard Mortier también habría acarreado polémica y hubiera sido una solución muy cuestionada como ocurrió en la referida ocasión. Peliagudo asunto, sin duda. Los artistas se desenvuelven, por tanto, en la parte que ocupa el foso con lo que se acrecienta la inmediatez con el público, el montaje subraya la caracterización de los mismos, contiene un movimiento escénico muy bien trabajado y aprovecha las pantallas que prevé el propio autor, añadiendo alguna más, para el uso de proyecciones adecuadas y que ayudan para seguir la trama y, sobretodo, las escenas simultáneas. En definitiva, una puesta en escena que potencia esa alegoría que encierra la obra del horror en que se sumió Europa en el siglo XX, con dos terribles y destructivas conflagaraciones bélicas más las consecuencias de la guerra fría. Bieito se muestra sorprendentemente mesurado en las escenas sexuales (felaciones y violación de Marie), enfatizando la corrupción moral –expresada como inevitable- de los militares y resaltando esa cruda expresión de la más absoluta desesperanza, del sufrimimento sin escapatoria, del horror más descarnado que deja a uno totalmente estremecido, si bien se prescinde de la imagen de la explosión atómica (el hongo nuclear) prevista por Zimmermann para el final.

   En cuanto a la dirección musical de Pablo Heras-Casado, al que “dobla” Vladimir Junyent delante del escenario y por tanto a la vista de los cantantes, uno prefiere valorar lo positivo, es decir que sacó adelante con toda dignidad una obra tan complicada, que obtuvo un buen rendimiento de la orquesta, que con sus carencias, firmó una meritoria actuación y, aunque la tensión fue alterna, no se puede negar la gran fuerza teatral y sobrecogedora emoción que tuvieron los minutos finales en plena comunión con el montaje. Bien es verdad que uno, aún consciente de las dificultades para ello, hubiera agradecido mayores matices, tímbricas y paleta de colores e incluso aceptando, es preciso insistir, lo complicado que resulta con esta partitura, intentar conseguir un mayor grado de limpieza, claridad en la exposición, contrastes y diferenciación de planos orquestales, no un mero sonido amorfo y que tiende al ruido. Pero hay que valorar como se merece un sólido capítulo musical, que junto al buen montaje y un gran reparto contribuyo al gran éxito de este estreno en España de tan insólita creación.

   Efectivamente, el estupendo reparto estuvo encabezado por la espléndida Marie de Susanne Elmark de alta nota en lo vocal y realmente fabulosa en lo interpretativo en perfecta imbricación con la puesta en escena. No pudo estar mejor expresada la historia de esta muchacha, que se llama igual que la protagonista de Wozzeck -ópera con la que tanta relación tiene Die Soldaten-,que pretende ascender socialmente merced a sus encantos femeninos y termina cayendo en la más absoluta degradación y humillación personal. Un hundimiento absoluto en la que termina brutalmente violada por el empleado de uno de sus amantes, Desportes, se convierte en prostituta de la soldadesca y llega a pedir limosna a su propio padre, que ni siquiera la reconoce. Elmark con una envidiable figura y las adecuadas dosis de sensualidad, logró sortear las enormes dificultades de su escritura vocal, especialmente los sobreagudos y esos tremendos saltos interválicos. Desguarnecida en el grave y con un timbre no especialmente dotado, sí, pero impecable musicalmente y con un esfuerzo tremendo en escena combinado con un gran talento dramático selló una fabulosa encarnación de la infortunada Marie. Ninguno de los presentes podrá olvidar ese momento con Elmark-Marie en el centro del escenario ensangrentada, cual cristo crucificado, mártir o mesías redentor.

   Bien secundada se encontró la soprano danesa por el Stolzius de Leigh Melrose, notable como cantante y actor, como ya había demostrado hace un mes en Gloriana de Britten. El papel de Desportes parece encerrar en uno los tres tenores de Wozzeck, escénica y argumentalmente es el Tambor mayor y vocalmente una mezcla de El Capitán y Andrés, con una escritura trufada de agudos y sobreagudos que Uwe Sticker supo resolver con solvencia y buen compromiso interpretativo. El mismo que demostró Julia Riley como Charlotte, hermana de la protagonista, Iris Vermillion como sufriente Madre de Stolzius y Noëmi Nadelmann como Condesa de la Roche, intensísima dramáticamente en su gran escena con Marie del final del acto tercero, aunque, bien es verdad, que un tanto desabrida en lo vocal. Rotundo y resonante el Wesener del bajo Pavel Daniliuk y realmente memorable la intervención de la gran Hanna Schwarz, veteranísima cantante que conserva todo su magnetismo escénico y fue capaz de emitir unas notas abisales de gran impacto (la primera pareció venir de ultratumba) en una perturbadora creación de la anciana madre de Wesener, que comparece achacosa con gotero y anticipa la tremenda caída y degradación que sufrirá su nieta. En fin, Nicky Spence, Germán Olvera, Rafael Fingerlos, Wolfgang Newerla, Albert Casals, Francisco Vas, Gerardo López, Antonio Lozano… todos merecen mención por su esfuerzo vocal y escénico. Cierto que hubo deserciones durante la obra y muchas más en el descanso, pero no tantas y el público que permaneció hasta el final aplaudió generosamente.

Foto: Javier del Real

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