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Crítica: Pablo Heras-Casado y Javier Perianes, con la Filarmónica de Múnich en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
16 de febrero de 2018

Se impuso la tradición

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 13-II-2018, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Sinfonía nº 50, Hob. I/50 (Joseph Haydn); Concierto para piano nº 3 sz. 119 (Bela Bartók); Sinfonía nº 7, Op. 70 (Anton Dvorák). Javier Perianes, piano. Münchner Philarmoniker. Director: Pablo Heras-Casado.

   Un programa variado con obras representativas de tres siglos (XVIII, XIX y XX) y la presencia de dos de los artistas españoles con más proyección internacional junto a una orquesta de la categoría de la Filarmónica de Munich, protagonizaba este concierto de martes y 13 del ciclo Ibermúsica. El mismo forma parte de una gira por diversas ciudades españolas que servirá, asimismo, de presentación del registro que han realizado ambos para el sello Harmonia mundi, que incluye el concierto para piano número 3 y el concierto para orquesta, es decir, las dos últimas obras compuestas por Bela Bartók. Ejemplares del referido disco fueron firmados por Pablo Heras Casado y Javier Perianes en el descanso del concierto.

   La tradición de esta orquesta (que junto a la Sinfónica de la Radio Bávara y la Estatal de Baviera, que ocupa el foso de la Opera, forman la excelsa trinidad de orquestas muniquesas) se encardina en el gran sinfonismo romántico, especialmente el germánico, con un sonido poderoso y macizo, pero también cuida la flexibilidad y su capacidad para enfrentarse a otros repertorios. De este modo, en versión reducida, la agrupación muniquesa -en esta ocasión sin la presencia de ninguno de sus dos concertinos principales Sreten Krstic y Lorenz Nasturica- se enfrentó a Haydn, compositor clave del clasicismo, demostrando ligereza, texturas diáfanas y sonido pulido en la Sinfonía nº 50. Eso sí, la batuta de Heras no pasó de correcta, más bien monótona, sin variedad, ni matices, ni contrastes, por lo que todo quedó en una obra bien tocada, un bonito sonido, pero una interpretación anodina.

   No se puede discutir la profesionalidad y musicalidad innata de Javier Perianes, pero una obra como el tercer concierto para piano de Bela Bartok  (su última obra, que completó su alumno Tibor Serly) y su copiosa orquestación y exigencias rítmicas, no parece la más adecuada para sus medios, en cuanto a sonido y técnica. Su sonido -limitado en cuanto caudal, brillo, riqueza y presencia- resultó engullido por la orquesta en muchos momentos. No ayudó tampoco la dirección de Heras-Casado, más bien ruidosa y emborronada, sin rastro de los primorosos colores de la orquestación de Bartók, por mucho que hubiera acoplamiento entre ambos intérpretes. Apenas a destacar algunas frases bien delineadas, especialmente en el recogido segundo movimiento (adagio religioso) y en las que Perianes pudo lucir su sensibilidad, que también quedó de manifiesto en la propina chopiniana (Mazurka Op. 17 nº 4),que le permitió lucir sus cualidades.

   Afortunadamente, el concierto fue a más en la segunda parte con una Séptima de Dvorák en la que se impuso la honda tradición de la orquesta, ideal para el gran sinfonismo romántico centroeuropeo y una mayor afinidad, asimismo, por parte de Heras Casado con este repertorio. Concurrió, al menos, una mayor claridad y organización, aparecieron los contrastes, la tensión y un concepto musical más clarividente y definido. Con ese gesto sin batuta que parece un extraño molinillo expuso con cierta tensión primer y cuarto movimiento, la bellísima melodía del Poco Adagio y el vibrante scherzo con ecos de danza nacional bohemia. La magnífica orquesta lució sus calidades con esa cuerda ancha, densa, de sonido redondo y compacto, marca de la casa, unas maderas espléndidas y unos metales tan seguros como brillantes. Aunque fue evidente la mejoría de la segunda parte, el que suscribe sigue teniendo la  la sensación de que Pablo Heras Casado es un director un tanto sobrevalorado frente a otras batutas españolas de su misma franja de edad. Sin embargo, su importante carrera internacional ahí está y uno se alegra infinito cuando un músico español triunfa de esa forma. El futuro dirá la última palabra.

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