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[C]rítica: Pablo Heras-Casado dirige «El oro del Rhin» de Wagner en el Teatro Real

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22 de enero de 2019

Arranca el segundo Anillo de la historia del Real

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 19-I-2019. Teatro Real. Das Rheingold-El oro del Rhin (Richard Wagner) Greer Grimsley (Wotan), Sarah Connolly (Fricka), Samuel Youn (Alberich), Joseph Kaiser (Loge), Albert Pesendorfer (Fasolt), Alexander Tsymbaliuk (Fafner), Raimund Nolte (Donner), David Butt Philip (Froh), Sophie Bevan (Freia), Mikeldi Atxalandabaso (Mime), Ronnita Miller (Erda), Isabella Gaudí (Woglinde), María Miró (Wellgunde), Claudia Huckle (Flosshilde). Orquesta titular del Teatro Real (Sinfónica de Madrid). Dirección musical: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Robert Carsen.

   Comienza una nueva Tetralogía wagneriana en el Teatro Real, la segunda desde la reapertura, después de la ofrecida entre los años 2002 y 2004 con producción de Willy Decker y dirección musical de Peter Schneider. Si bien se mantiene la cuenta pendiente de ofrecerla en ciclos completos, algo que marca la «mayoría de edad» de un teatro.  


   Hay que destacar ante todo, que la orquesta, con sus limitaciones en cuanto a transparencia y refinamiento tímbrico, se encuentra a mejor nivel que hace 14 años y completó una buena actuación en este Oro del Rhin, prólogo de El anillo del nibelungo. Dos filas del patio de butacas tuvieron que dejar sitio para ampliar el foso, en el que se instalaron, inclusive, las 4 arpas previstas. En cuanto a Pablo Heras-Casado hay que valorarle el trabajo con la orquesta y que «sacó adelante» una obra nada fácil, pero como siempre, una gestualidad enérgica y algunos buenos pasajes aislados, no esconden la sensación de falta de concepto musical y la incapacidad de elaborar un discurso orquestal coherente y bien organizado. Algún momento apreciable, con energía y tensión teatral (la bajada al Nibelheim, la maldición de Alberich…), dentro de una labor irregular, deslavazada, con una irreprimible querencia al ruido como pudo comprobarse en una entrada de los Dioses en el Walhalla, más bien borrosa y con más efectismo que verdadera grandiosidad.

   El elenco tuvo algunos elementos interesantes, dentro de la grisura general. A destacar entre lo positivo, el Alberich de Samuel Youn, que con un material de suficiente sonoridad, compuso un elfo apropiadamente torvo y siniestro, siempre intencionado en acentos y culminando en una maldición vibrante, vehemente y con fuerza teatral. Buena la pareja de gigantes compuesta por el Fasolt de Albert Persendorfer (que sustituía a un indispuesto Ain Ainger y que supo aunar la rudeza intrínseca de su personaje con la expresión del amor sincero que profesa por Freia) y el Fafner de Alexander Tsymbalyuk, ambos impecables en lo vocal y lo interpretativo.


   Estimable, asimismo, Sophie Bevan que aportó a su Freia timbre fresco y lozano con notas altas penetrantes y luminosas, lo que corresponde a la Diosa de la juventud, que cultiva en su huerto las manzanas de oro que permiten a los Dioses mantenerse eternamente jóvenes. Mikeldi Atxalandabaso parece haber encontrado definitivamente su sitio en papeles de tenor comprimario, antagonista y característico (para los que hay abundante e interesante repertorio) y confirió relieve a su Mime con ese timbre siempre penetrante y un irreprochable compromiso dramático. Interesante en lo vocal la Erda de Ronnita Miller, que exhibió una voz de calidad, homogénea y bien emitida, aunque faltó misterio a su intervención, resultando poco inquietante su advertencia a Wotan, en calidad de Wala, la Diosa madre de la Naturaleza. No puedo terminar de resaltar la parte positiva del elenco vocal sin destacar, como se merece, la voz bella y cremosa de la joven soprano María Miró, la mejor de las tres hijas del Rhin. Entrando ya de lleno en la parte gris del reparto, comenzar por David Butt Philip (Froh) y Raimund Nolte (Donner), que con sus timbres paupérrimos y descoloridos interpretaron dos Dioses insignificantes bajo cualquier punto de vista. Pocas veces podrá escucharse un «Heda Hedo» tan pobretón, capaz como mucho, de crear una tormenta en un vaso de agua y no sólo porque el montaje escénico sustituya su golpe de martillo por un swing con palo de golf. Al igual que pasó con su Brangania en el Liceo de Barcelona, Sarah Connolly, especialista en repertorio barroco, se encontró fuera de juego en una Fricka sin voz, ni impostación, ni acentos. Incomprensible esta senda wagneriana que ha emprendido. Un personaje tan fundamental como el astuto y taimado Loge, Dios del fuego, encontró un intérprete insuficiente en el tenor Joseph Kaiser, voz pequeña y sin liberar, si quieren de timbre grato, pero insuficiente, al igual que sus acentos en una creación plana e impersonal. Y el Dios supremo, Wotan, gran protagonista de toda la tetralogía y al que –a pesar de todo lo que quieran contarnos los directores de escena para justificar sus ocurrencias-  Wagner confiere una indudable grandeza. En esta ocasión arruinada, en primer lugar porque la puesta en escena nos lo presenta como un miserable general tirano de República bananera y en segundo lugar, por la falta de carisma y personalidad de Greer Grimsley, que tampoco en lo vocal, justito de robustez y amplitud y con una franja aguda oscilante, confirió la adecuada enjundia al Dios principal.


   Profeso admiración a Robert Carsen al que, junto a producciones fallidas, le he visto algunas fabulosas, memorables. Por citar algunas, La mujer sin sombra en Viena, Diálogos de carmelitas y Katia Kabanova vistas en el Real. Sin embargo, lo presenciado en este prólogo del Anillo del Nibelungo no permite más que unas breves líneas. Ya sabemos que la monumental creación wagneriana ha servido para casi todo tipo de «mensaje» y dramaturgia. Vamos, que ha podido verse casi todo escénicamente en una de las mayores y más ambiciosas creaciones artísticas de la cultura universal. Efectivamente, la parábola de la alteración de la naturaleza, genuinamente pura, por la ambición de poder que lleva a la civilización a su autodestrucción ha sido campo abonado para la imaginación de los registas, aunque en esta ocasión la del Sr. Carsen parece seca a la espera de lo que nos deparen las restantes jornadas. Se nos habla de un mundo contaminado y nauseabundo, en el que la corrupción moral va acompañada del colapso ecológico, pero esto sólo se aprecia en la primera escena, en la que durante la introducción orquestal vemos cada vez más gente arrojando porquería a un minúsculo Rhin, convertido en una especie de albañal en el que las ondinas son tres mugrientas indigentes que deambulan por el vertedero. Como ya nos hemos acostumbrado a la fealdad, no hay problema, pero es que esto no dura mucho. A partir de la segunda escena, ni rastro de esa idea que parece ser la principal del montaje y se acabó lo que se daba. Sólo destacar una eficaz y solvente dirección de actores como corresponde a un director de escena de la experiencia y categoría de Carsen y también algunos momentos realmente ridículos, como las dos transformaciones de Alberich con el yelmo mágico, realmente pobres. La primera, incluso, es imitación de La fura dels baus, que en lo de poner a mucha gente arrastrándose o reptando por el suelo no tiene rival. Sonrojante también el golpe de martillo de Donner convertido, como ya se ha indicado, en un golpe con palo de golf. En fin, los Dioses convertidos en unos ociosos y despreocupados burgueses (algo ya muy requetevisto), que rodean a un Wotan caracterizado como trasnochado general golpista al que respalda un ejército (nos sorprenderíamos si en una producción actual no salen metralletas), que les acompaña en la entrada en el Walhalla. A la espera de lo que nos deparen los próximos capítulos de este montaje, de momento, escaso interés.

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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