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Crítica: Pat Metheny cierra la temporada 16/17 del Ciclo Jazz del CNDM

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31 de mayo de 2017

 (RE) CONOCIENDO A PAT METHENY

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 28-V-2017. Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Auditorio Nacional de Música. Sala Sinfónica. Ciclo Jazz. An evening with Pat Metheny: Pat Metheny (guitarra), Gwilym Simcock (piano y teclados), Linda Oh (contrabajo y bajo eléctrico) y Antonio Sánchez (batería).

   Finaliza la presente temporada del Ciclo Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). En la última cita de la serie se abrieron las puertas de la Sala Sinfónica del auditorio madrileño para pasar una noche con Pat Metheny y con el cuarteto con el que estos días el guitarrista ha estado tocando, además de en la capital, en Barcelona y San Sebastián. Si algún despistado, aficionado o no,  no conocía todavía la música de este incansable sesentón –quién lo diría–, de este maestro y figura preeminente y seguramente más visible de la guitarra actual, el pasado domingo tuvo ocasión de ponerse al día, porque las más de dos horas y media de concierto dieron para mucho. Mejor dicho: dieron para todo, para conocer a Pat Metheny pero, sobre todo, para reconocer la grandiosidad de quien puede escribir solito un capítulo de la historia de la música.

   Desafortunadamente, el espacio no hizo justicia al ímpetu, la fuerza y el arrojo de la banda. Las entradas llevaban meses agotadas y la Sala Sinfónica, como era de esperar, estaba a rebosar. No obstante, la solución acústica del recinto madrileño no benefició –más bien todo lo contrario– a la música, al universo tan particular de Pat Metheny cuyo sonido, en más ocasiones de las debidas, quedó confundido en una maraña ininteligible. Aun así, con mayor o menor neblina, el sonido, personal, intransferible y atemporal del guitarrista resulta inconfundible como el de pocos desde el primer acorde. Y todo pese a llevar prácticamente cuatro décadas sobre los escenarios –literalmente, porque el norteamericano no para de dar conciertos a lo largo y ancho del mundo–, y haberse acercado prácticamente a todas las músicas existentes contagiándose de ellas. Sea en el registro que sea y con las galas que sea, Pat Metheny, su eterna camiseta a rayas, esa melena de igual apariencia desde la noche de los tiempos y su sonrisa infinita resultan tan inconfundibles como su sonido

   El norteamericano no se presentó con el Pat Metheny Group o la Unity Band. Del cuarteto «original» únicamente compareció el mexicano Antonio Sánchez a la batería. No obstante, con la agrupación original o sin ella, el resultado y la propuesta de toda cosa que Metheny lidera no dista excesivamente de la inspiración original. El guitarrista sabe rodearse –y esto ocurrió el domingo con Linda Oh al contrabajo y Gwilym Simcock al piano– de músicos que comparten su pulso musical, la idea metheniana primaria, a saber: heterogénea, trepidante, puramente impura, pero también frenética, imaginativa y valiente sin dejar de sonar mística en ocasiones.

   La noche comenzó con Metheny en medio de lo que parecía un laboratorio, rodeado de toda clase de guitarras y chismes musicales, de la batería infinita del mexicano, de cables, pantallas y altavoces. Sin embargo, apareció sobre el escenario únicamente él, solo y enfundado en su más preciado tesoro, la Picasso –todo un prodigio organológico, porque el norteamericano también tiene inquietudes de inventor– un artefacto cubista a medio camino entre una guitarra, un arpa, una lira, un salterio y toda una orquesta con el que interpretó «Come and See», una composición atemporal, indefinida y etérea que, seguro, no distaría mucho de los sonidos con que Homero se acompañaba para entonar los hexámetros de la Ilíada. A partir de ahí, lo que se desencadenó fue un verdadero repaso antológico de los grandes temas de la carrera de Pat Metheny, un homenaje y una relectura de sí mismo, un viaje por todas y cada una de sus facetas: desde las propuestas más rock pasando por la inspiración del funk sin olvidar ni sus querencias hacia lo lírico y lo melódico ni la vertiente más experimental y astuta.

   El cuarteto probó nuevas composiciones, no obstante el grueso del concierto lo compusieron los grandes clásicos: «Minuano», «Last Train Home»,  «James», «Phase Dance», «So May it Secretly Begin», «Antonia», «This is not America», «Are You Going With Me?» así como otras melodías imprescindibles de su repertorio como «And I love Her» de Lennon y McCartney. En total, dos horas y media de concierto que bastaron para conocer y reconocer cómo Pat Metheny no sólo brilla como guitarrista agilísimo, de digitación persecutoria, sino también como compositor genial, expeditivo y sensible con un pie dentro y otro fuera de cualquier género que ha atravesado y respirado en compañía de todos y cada uno de los grandes nombres. Sin embargo, su sonido es sólo suyo hasta un punto raramente repetible y se imprime allá donde vaya y toque y con quien toque. Y, precisamente, esto mismo ocurrió y se evidenció el pasado domingo. El guitarrista exploró todas y cada una de las combinaciones instrumentales posibles: a solo interpretando esos popurrís como subtextos de su propio repertorio, con el cuarteto al completo, o a dúo junto al incombustible Antonio Sánchez, dialogando con Gwilym Simcock al piano y los teclados, o enfrentado a una joven y técnicamente impoluta contrabajista Linda Oh.

   Pat Metheny, prolífico por naturaleza y en todos los sentidos musicales (como compositor, como colaborador y también editando y grabando) cabría en cualquier espacio, en cualquier ciclo de lo que fuese y lo llenaría siempre. Y, de nuevo, esto mismo también ocurrió el pasado domingo en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional. Sin llegar a desencadenarse el desastre, la acústica del recinto sí entorpeció, sin embargo, la propuesta sagaz y el horror vacui que musicalmente plantea el cuarteto, enmarañando el frenesí inagotable del guitarrista, la digitación impoluta, ágil y certera de Linda Oh o el acompañamiento de Simcock que, en ocasiones, apenas se intuía. Aun así, la noche madrileña con Pat Metheny dio para mucho: para que los neófitos conocieran al guitarrista, para que los incondicionales lo reconocieran una vez más o, simplemente, para levantar a todos los asistentes que se acercaron a la última cita del Ciclo Jazz del CNDM 16/17.

Autor:Juan Carlos Justiniano
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