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«Tiempos difíciles: la compleja relación entre el arte y el poder». Un artículo de Pedro J. Lapeña Rey

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24 de marzo de 2020

«Tiempos difíciles: la compleja relación entre el arte y el poder». Un artículo de Pedro J. Lapeña Rey

Un artículo de Pedro J. Lapeña Rey
No descubro nada si digo que la especie humana se siente en su salsa en su zona de confort, y que cuando nos enfrentamos a lo desconocido, automáticamente tendemos a pensar que estamos en tiempos muy difíciles y a punto de la zozobra. Los grandes avances que en el S.XX ha alcanzado la humanidad, y concretamente en el campo de la medicina, nos han creado la sensación de que estamos por encima del bien y del mal. Seguro que no es la única razón por la que el común de los mortales ha despreciado el riesgo que suponía la expansión del COVID-19, y las críticas llamando alarmistas a los expertos que nos decían que esto iba en serio, pero sin duda ha ayudado.

   Nos encontramos ahora en un segundo estadio. El hecho de palpar la enfermedad alrededor de uno mismo ha terminado por convencer a los más escépticos, y pocos dudan ya de la necesidad de quedarse en casa. Es sin duda otra situación que nos saca de nuestra zona de confort. Es curioso ver cómo muchos de los que entienden como un castigo divino el tener que ir todos los días a trabajar, y que aparentemente ahora que han alcanzado su sueño, descubren que no es tan agradable como pensaban eso de no tener que madrugar y quedarse todo el día en casa. Tampoco descubro nada comentando los cientos de chistes, videos, memes y demás que nos llegan a diario por las redes sociales, y que les reafirman lo complicadísimo y sufrido que es eso de quedarse en casa. Cualquier psicólogo lo explicaría mucho mejor que yo, y seguro que nos podría dar multitud de ejemplos.


   No quiero minimizar en absoluto la gravedad de la situación, sobre todo en lo que se refiere a los directamente afectados por la enfermedad, sus familiares y amigos, los profesionales sanitarios que a diario dan la cara enfrentándose al virus no siempre en condiciones óptimas, y sin olvidarnos de todas las consecuencias económica que de momento vislumbramos pero que más pronto que tarde, nos golpearán de manera inmisericorde.

   Pero para el resto de los mortales, para los que de momento esta crisis solo significa quedarse en casa, es bueno recordar alguno de los momentos históricos difíciles de verdad, lo que sin duda nos ayudará a contextualizar mejor nuestra situación actual. Traigo a colación uno concreto que he puesto como ejemplo en varias conversaciones estos días. Son los llamados años del terror del Régimen Estalinista y más concretamente cómo afectó al mundo de la música.

   La Revolución rusa fue la espoleta de uno de los periodos de mayor intensidad creativa que haya visto la Historia: las Vanguardias rusas. En ellas, y bajo la protección de un personaje tan peculiar como Anatoli Lunacharski, periodista, dramaturgo, crítico de arte, y el hombre fuerte de la cultura soviética tras la Revolución, convivieron y desarrollaron todo su talento artistas de diferentes expresiones y ramas, entre las que encontramos músicos tan distintos como Nikolay Miaskovski, que con 27 sinfonías a sus espaldas es considerado como el padre de la sinfonía soviética; Nikolay Roslavets, modernista furibundo y pionero de la música dodecafónica en Rusia, o Arthur Lourié que poco después huyó a Occidente. A ellos se sumaron varios jóvenes de gran talento como Alexander Mossolov,  Vissarion Shebalin, Gavriil Popov o Dmitri Shostakovich, el único de ellos que perduró entrando en el repertorio de todas las salas de conciertos.


   También encontraron su lugar personajes y músicos singulares como Arseni Avraamov, el peculiar apóstol de la música ultra cromática y autor de la Sinfonía de las Sirenas con la que el 7 de noviembre de 1922, celebró el quinto aniversario de la Revolución, convirtiendo Bakú, la capital de Azerbaiyán, en una orquesta en la que entre otros instrumentos utilizó dos baterías de artillería o las sirenas de niebla de la flota soviética del Mar Caspio. O el físico e ingeniero Léon Theremin que desarrolló el theremín, uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos que se pudo fabricar de manera industrial.

   Pero todo esto terminó de manera abrupta en la primera mitad de los años 30, cuando Stalin corta de raíz todas las vanguardias y a través de Andréi Zhdánov, su ideólogo y mano derecha, que llegó a ser su consuegro, estableció la que sería la única estética soviética posible: el realismo socialista.  El arte y la música debían mostrar la belleza de la sociedad y servir de propaganda de los logros que alcanza la patria, a través de un lenguaje simple y accesible, que impactara en las grandes masas de antiguos campesinos que eran los nuevos habitantes de las ciudades.

   El asesinato de un jerarca soviético en diciembre de 1934 fue la excusa perfecta para que Stalin acusara de antisoviéticos a centenares de miles de personas, entre ellos a casi todos los bolcheviques que habían tenido un papel de relieve en la Revolución de octubre o en los gobiernos de Lenin. En los 3 años que van de 1936 a 1939, «La Gran Purga» significó el exilio para 40.000 ciudadanos, la condena a trabajos forzados en el Gulag sin ninguna garantía legal para más de un millón, y la ejecución para otros 700.000.


   En ese orden de cosas, cualquier denuncia podía ser fatal. Nikolay Roslavets pagó con la prohibición de su música en las salas de conciertos y en los archivos oficiales, y con la eliminación de su nombre de la lista de compositores soviéticos. Alexander Mossolov pasó más de 7 años en el Gulag. Gavriil Popov o Nikolay Miaskovski escondieron partituras que pudieran calificarse de formalismo.

   Stalin fue aún más cruel y despiadado con los artistas que eran glorias nacionales. Nadie, y por supuesto ninguno de ellos estaba por encima del pueblo, o mejor dicho de él mismo. Los casos más flagrantes fueron el del gran revolucionario del teatro y de la ópera, Vsévolod Meyerhold, o el de los literatos Boris Pilniak, Isaak Bábel o Titsián Tabidze enormemente populares en esos días, y que fueron asesinados. Boris Pasternak o Mijaíl Bulgákov fueron silenciados de raíz.

   El mítico cineasta Sergei M. Eisenstein y las dos figuras más reputadas del mundo de la música, Serguéi Prokófiev y Dmitri Shostakovich, no se libraron de los problemas.

   Serguéi Prokófiev, el único compositor que vivió a caballo entre la Rusia soviética y Occidente, volvió a su país buscando un reconocimiento del público que entendía le faltaba en Europa o en los EE. UU. Su felicidad inicial se fue pronto al traste con la retirada del pasaporte en 1938 y por tanto, con la fuente de ingresos que le suponían sus giras americanas. Fue respetado durante los años de la 2ª Guerra Mundial, pero tras la nueva embestida del Régimen en 1948, su primera mujer, la española Lina Codina fue acusada de espionaje y condenada a veinte años de trabajos forzosos, de los que solo se libró tras la Amnistía general otorgada tras la muerte de Stalin.


   Dmitri Shostakovich, ya famoso internacionalmente en esos años, cae en desgracia cuando Stalin y Zhdánov acuden a una nueva producción de Lady Macbeth de Mtsensk en el Bolshoi, y su indignación se traslada a la opinión pública a través del tristemente famoso artículo «Caos en lugar de música», donde la destroza sin piedad describiendo todos los defectos: melodías imposibles de memorizar; sonidos estridentes, disonantes y caóticos; y realismo cruel, descarado, que muestra lo peor de la sociedad. Ejemplo de música claramente «formalista», típica del gusto obsceno y degradado de la sociedad burguesa.

   En esos momentos, un ataque así no solo significaba cortar de raíz la carrera musical del músico joven más popular de la Unión Soviética, sino que equivalía a una sentencia de muerte. Esta llegó cuando le llaman a la Casa Grande del Ministerio del Interior para que denuncie a su amigo, el general Mijaíl Tujachevski, uno de los militares de mayor prestigio del país, participante destacado en la Revolución de octubre y Mariscal de la Unión Soviética. Ante su negativa le dan un día para pensar o se atendrá a las consecuencias. Afortunadamente para él, el oficial que iba a depurarle ya no está. Había sido detenido esa misma noche.

   Serguéi Mijáilovich Eisenstein es considerado el padre del lenguaje cinematográfico tal y como lo entendemos hoy en día. Alumno aventajado del anteriormente mencionado Vsévolod Meyerhold, aplicó al cine todo lo que aprendió de su maestro en el teatro. Utilizó la edición como el medio más efectivo para manipular las emociones del público. Al igual que Prokofiev, también trabajó a caballo entre la Rusia soviética, Europa, México o Hollywood. Stalin nunca se atrevió a eliminarle, pero no perdió ocasión para censurar todo lo que hizo desde su regreso a la Unión Soviética hasta 1938. Rodó Alexander Nevsky rodeado de comisarios políticos, y le censuraron las partes segunda y tercera de Iván el terrible, antes de morir de un ataque al corazón cuando de nuevo, los jerarcas soviéticos se le echaron encima en 1948 con el tristemente famoso Decreto Zhdanov.

   Podríamos seguir y no parar, pero el objetivo no es desarrollar este tema hasta el final, sino hacernos reflexionar sobre lo que son tiempos difíciles de verdad, donde tu vida o tu obra pende de un hilo que a veces se rompe, y lo que no dejan de ser momentos incómodos. Momentos molestos, aburridos, que nos vuelven a sacar de nuestra zona de confort, pero que no dejan de ser eso. No nos olvidemos que para quienes realmente son duros y difíciles son para los enfermos y sus familias. El resto, toquemos madera, lo podremos superar.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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