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Crítica: Pedro Neves dirige la 'Segunda sinfonía' de Beethoven al frente de la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Beatriz Cancela
30 de enero de 2016

DIVERGENCIAS NO PRESAGIADAS

Por Beatriz Cancela
Santiago. 29/I/16. Auditorio de Galicia. Temporada de la Real Filharmonía de Galicia. Director musical: Pedro Neves. Trompeta: Luis González Martí. Obras de Bach, Cherubini y Beethoven.

   Un programa configurado por tres baluartes de la música como son Cherubini, Bach y Beethoven, inserto en el magnífico momento que vive la Real Filharmonía de Galicia en el año de su vigésimo aniversario y unido al despliegue de medios para su difusión en directo por streaming a través de las redes sociales, propiciaron una máxima expectación en una Sala Brage del Auditorio de Galicia atestada de público; expectativas que finalmente no fueron las presagiadas.

   Pedro Neves abría el concierto con uno de los compositores más representativos del género lírico italiano, Luigi Cherubini (1760-1842) y la obertura L'Hotellerie Portugaise (1798), quizá como un guiño a su tierra. Una obra de sabor eminentemente italiano, elegante, contenida, efectista y de intenso colorido tímbrico, en la que Neves optó por una ejecución estática, lenta y marcada, quizá persiguiendo una mayor solemnidad o ampulosidad. Iniciaba la obra una orquesta en piano con absoluta precisión, donde los violines anticipaban una melodía a la que luego se irían sumando violonchelos y contrabajos y cuyo perfecto engranaje se evidenciaría en un hermoso tutti sobre el que emergería la flauta, alcanzando así un momento de gran intensidad. Con las reiteraciones melódicas y logrando una mayor tensión llegamos al punto final de la obra con la sensación de no haber alcanzado esa culminación ansiada.

   Tras la obertura entró en escena el valenciano Luis González Martí dispuesto a, como condenaba el crítico coetáneo a Bach (1685-1750), J.A. Scheibe, "... [que cantantes e instrumentistas] hagan, con sus gargantas y con sus instrumentos, exactamente lo que él hace con su clave", afrontando muy acertadamente el Concierto para trompeta en re mayor BWV 972 "Nach Vivaldi", con total serenidad y maestría, haciendo gala de la intensa actividad que porta a sus espaldas como intérprete y docente. Las agilidades requeridas así como los drásticos saltos interválicos fueron ejecutados con suma delicadeza por el solista con gran claridad de ejecución e inyectando gran carga expresiva. Técnica y gusto discurrieron parejos en todo momento, aunque de nuevo la lentitud de la batuta provocó la sensación de que el solista era el que tiraba de la orquesta. Por momentos la ligereza de la trompeta divergía con una orquesta pesada, aunque no por ello menos magistral. 

   Y ya en la segunda parte era el momento de la esperada Segunda de Beethoven (1770-1827) finalizada en 1802, año trascendental para el compositor en su evolución personal y profesional. El director luso optó por incidir en el carácter clásico de la obra comenzando con un primer movimiento lento con calculados momentos de tensión, llamando especialmente la atención la meticulosidad en los cambios de contrastes de intensidad llegando a rozar lo artificioso. Por su parte, el segundo resultó ser un movimiento amable, con cambios sutiles bajo un ritmo lento, lo que otorgó cierta homogeneidad y quietud al conjunto; mientras que en el Scherzo, ya de por sí más enérgico, destacan los cortes pronunciados entre secciones, interrumpiendo el discurso quizá para dar mayor efectividad e incidiendo en esa sensación de ansiar el Allegro molto final. De hecho, en el último movimiento es donde pudo evidenciarse cierta sintonía y conciliación entre director y orquesta: un movimiento decidido, dramático por momentos y de agitación extrema en otros, contrastados con pasajes de gran belleza y lirismo que culmina en la gran eclosión final.

   Por su parte la orquesta no hizo más que reafirmar su pericia y arte. En todo momento mantuvo su identidad y equilibrio, una consistencia y una compenetración admirables; al igual que los solistas, tan escrupulosos y precisos como nos tienen acostumbrados. En definitiva, resultó ser un ambicioso -además de corto- programa regido por la mesura y la contención, y donde se echó en falta la sintonía entre director, solista y orquesta.

Fotografía: Facebook Real Filharmonía de Galicia

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